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domingo, 9 de septiembre de 2012

EL HILO ROJO: PARTE 12

Parte 12: Los muertos nunca duermen
Rose se sobresaltó cuando la puerta se cerró a sus espaldas, pero se cuidó bien de demostrarlo. Ajeno a ella, su particular anfitrión hizo un ademan para que lo siguiera y dándole la espalda echó a andar con paso elegante por el cementerio. Sin un segundo de demora la muchacha se apresuró a trotar tras él.
Era noche cerrada. La luz en el camposanto era escasa y debía apresurar el paso para no perder de vista la esbelta espalda del vampiro. A medida que sus ojos se acostumbraban a la oscuridad Rose comenzó a distinguir las siluetas de las lápidas, las flores secas que las adornaban y los altos cipreses que aquí y allá bordeaban en camino, un bonito sendero pavimentado en piedra que abría la marcha colina arriba entre arbustos y rosales. De vez en cuando una vieja estatua o una pequeña fuente amenizaba la vista. Era un lugar agradable para dar un paseo... a la luz del día y en compañía viva a ser posible.
Pese a todo su acopio de valor y raciocinio, Rose no podía dejar de sentir cada vello de su cuerpo erizarse en alarma. La magia allí era poderosa y antigua, tan vieja como los huesos que reposaban bajo tierra o incluso más. Y aunque sutil palpitaba en cada uno de los objetos allí presentes: en sus piedras y en sus rocas, en las lápidas, los árboles, las flores e incluso las estatuas. Se enredaba sinuosa en torno a los vivos, cómo queriendo arrastrarlos a su sino, queriendo desvelar el misterio de su vida. Y Rose era la única mortal presente y viviente en los dominios de aquella magia ancestral. Creía recordar que aquel cementerio se remontaba a una época previa a la fundación de la ciudad, cuando los nativos salvajes de aquellas tierras habían enterrado a sus muertos bajo itinolitos. Imaginó a todos aquellos espíritus furiosos y confusos, los que habían sido masacrados por los invasores que habían construido la ciudad, removiéndose en sus tumbas por la injusticia. Si lo pensaba su ciudad había sido erigida sobre un baño de sangre. Aquello siempre atraía muchas malas vibraciones. Tal vez por ello había tal número de criaturas sobrenaturales pululando por sus calles, la vieja magia de la sangre y la justicia era un imán poderoso. No pudo evitar estremecerse.
-¿Frío?- inquirió Amaury volviéndose hacia ella con una ceja enarcada, sin duda malinterpretando su temblor. Se movía por el cementerio como por su propia casa y Rose se preguntó cuántas veces habría estado allí- No te preocupes, ya casi estamos.
 No se molestó en contradecirle. Prefería que pensara que se estremecía de frío y no de miedo. En vez de eso alzó la vista y observó los alrededores con renovada atención. Habían llegado a la parte más señorial del cementerio, donde se erguían los grandes panteones familiares de las familias adineradas y poderosas de la ciudad. Algunas parecían antiguas, se remontaban a la fundación del primer pueblo y estaban construidas en piedra adornadas por imponentes estatuas variadas: las había con ángeles, vírgenes y santos y también los que habían elegido unas figuras más paganas en general mitológicas como esfinges o caballos alados. Pero todas estaban bien cuidadas y resultaban innegablemente hermosas, se alzaban ante el visitante como grandes señoras de tiempos antiguos que guardaran celosas los secretos de sus muertos. Rose se sintió sobrecogida ante su poderosa y trabajada belleza.
A medida que se adentraban más y más los mausoleos se iban volviendo más antiguos, algo descuidados incluso, algo más sencillos, pero no menos sobrecogedores en absoluto. Amaury se detuvo frente a una cripta de piedra gris, cuadrada y sin apenas adornos, por cuyos muros desnudos había comenzado a trepar una espesa mata de hiedra verde oscura, gruesa y fuerte por el paso de los años. Rose se detuvo tras él sobresaltada y alzó los ojos para contemplar la misteriosa construcción. Se sintió trasladada a un mundo mágico como los que habitan en las leyendas célticas y los cuentos de hadas. 
-Aquí es- repuso Amaury con suavidad pero con un tono que no dejaba lugar a réplica.
-¿Aquí?- repitió algo confusa. ¿Qué diablos iban a hacer en una cripta que parecía abandonada hace al menos un siglo a medianoche? Sintió que el vello de su cuerpo se erizaba, allí la magia era aún más antigua y poderosa, parecía manar de cada resquicio entre las piedras casi como si llorara. Miró a su anfitrión con cierta aprehensión. Puede que aquello no fuera tan buena idea después de todo.
-En efecto, hemos llegado.- el inmortal sonrió apaciguador y con una elegante floritura de mano la pesada puerta de la cripta se echó a un lado dejando una abertura cuadrada en la roca, casi como una herida.
- Adelante, Rose, no tengas miedo. Sabes que nunca te haría daño.
Rose se estremeció ante la familiaridad con que pronunciaba su nombre. ¿Nunca la haría daño? ¿Lo sabía? Pensándolo bien... ¿qué sabía de Amaury en realidad?
- Adelante-insistió el vampiro- Alguien está esperando para conocerte.
¿Alguien más quería conocerla? ¿Quién?- Rose pensó- ¿Tal vez el cuarto guardián al que no conocía? Una extraña emoción burbujeó en su interior. Quería conocerlo, quería saber la verdad sobre si misma. ¿Por qué tenía el don de ver lo sobrenatural? ¿Por qué había cuatro vampiros a su cargo? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Las mil preguntas sin respuesta martilleaban en su cabeza, las preguntas que se había hecho desde que tenía uso de razón y que nadie jamás había contestado. Esa duda existencial con la que cargamos todos los seres humanos pero que en Rose era más poderosa que nunca. ¿Quién soy?
Pero si iba a conocer al último de sus guardianes... ¿por qué a espaldas de Cecil y Marcus? ¿Por qué no debían enterarse sus padrastros? ¿Había alguna razón por la que no debiera conocerlo? ¿Alguna razón peligrosa?- murmuró una vocecita tímidamente en la parte trasera de su conciencia.
-Entra- repitió Amaury y esta vez Rose pudo sentir el poder ancestral en sus palabras. No era una petición sino una orden.
Y de pronto Rose no tuvo ninguna duda de que debía entrar, de que quería entrar... de que deseaba saber con todas sus ansias lo que había allí abajo. 
"Y la curiosidad mató al gato"- sonaron las palabras de Cecil en el fondo de su cabeza pero la parte consciente de su mente se apresuró a apagarlas.
-Con permiso- murmuró la muchacha cohibida a media voz y dando un paso adelante, se agachó y entró.
Dentro estaba oscuro y olía a humedad, antigüedad y cerrado; como una tumba en la que no ha puesto pie un ser vivo en los últimos trescientos años. Incapaz de ver nada más allá de un palmo de su propia nariz, Rose se apoyó con la pared en busca de una guía. Al instante la apartó al sentir la piedra fría y húmeda recubierta de musgo pegajoso.
Amaury entró tras ella sin reservas y chasqueó los dedos. Al instante se hizo la luz. Decenas de velas colgadas de las paredes se encendieron lanzando un juego de sombras y luces anaranjadas sobre la estancia. Se encontraban en una habitación rectangular completamente vacía y desnuda, cuyos muros de piedra se habían oscurecido por la humedad y el tiempo y estaban recubiertas aquí y allá de musgo oscuro y otras plantaciones menos reconocibles. Las velas continuaban por un hueco en el suelo para descubrir unas empinadas escaleras que parecían haber sido labradas directamente en la roca y descendían al subsuelo.
Amaury tomó una de las velas de la pared y como quién camina por su propia casa lideró el camino escaleras abajo. Tras un breve instante de duda Rose lo siguió. No escuchó el chasquido de la piedra cuando la puerta se cerró a sus espaldas.
-Creía que eso de los vampiros y las criptas no eran más que leyendas urbanas- comentó en parte porque se sentía intrigada y en parte por iniciar una conversación que matara aquel silencio opresor que amenazaba con aplastarla. Cualquier cosa por distraerse de aquella sorda inquietud que comenzaba a trepar como un ejército de hormigas por su espina dorsal.
-Y lo son en general- contestó Amaury sin volverse- Todo eso sobre dormir en ataúdes, vivir en tumbas o en castillos abandonados llenos de murciélagos y telarañas... - el vampiro hizo un ademan como si espantara un insecto particularmente repugnante- es puro cuento inventado por humanos. Piénsalo, pudiendo dormir en mullidas camas de plumas y vivir en cómodas mansiones modernas o grandes apartamento con vistas increíbles a la ciudad... ¿quién querría dormir apretujado e incómodo en un ataúd? Salvo esos neófitos que han sido influenciados demasiados por la cultura mortal y creen que un féretro y una cripta son el último grito vampírico... Las juventudes siempre han estado un poco locas- su voz denotaba cierto desdén amargo pero se volvió seria cuando prosiguió- Claro que tampoco es como si realmente durmiéramos. Tú debes saberlo que los vampiros no necesitamos dormir, no físicamente al menos. Pero a veces necesitamos descansar de nuestras vidas, de nuestras mentes, de nuestra carga moral... es cuando entramos por voluntad propia en ese estado catatónico al que llamamos sueño aunque cualquiera que nos viera nos creería cadáveres. Bueno, técnicamente lo somos. Cadáveres- se encogió de hombros- Algunos "sueños" duran poco, apenas unas horas, unos días, unos meses... años incluso. Pero algunos vampiros muy antiguos, los que han vivido más de lo que su mente es capaz de soportar, entrar en lo que llamamos "el sueño eterno" y pueden estar en ese estado inconsciente durante siglos, algunos dicen que incluso la eternidad. Son generalmente los que se han cansado de vivir pero no pueden morir. Sabes lo difícil que es que muramos, sobre todo si somos poderosos y centenarios. Imagina lo que un vampiro milenario debe acarrear sobre sus espaldas...- Rose se lo imaginó y se estremeció sobrecogida. Siglos y siglos de muerte, de matar y ver morir, de ver cambiar el mundo pero donde las guerras nunca acaban y la naturaleza humana sigue igual. Para un mortal era una idea a partes iguales fascinante como espeluznante- Para esos vampiros que buscan el descanso un mausoleo, un cementerio, una cripta... es un buen lugar porque difícilmente nadie lo molestará allí. Para el resto de nosotros, los que aún tenemos voluntad de vivir, preferimos las múltiples comodidades que ofrece la vida contemporánea.
Pensó en Marcus y Cecil. Nunca les había preguntado por su edad pero calculaba que se remontaba a al menos varios siglos atrás. Para un vampiro era un asunto muy íntimo hablar de su muerte y su vida antes de ella, el tiempo cuando había sido un humano mortal. ¿Se sentirían a veces cansados, atormentados por los años y las vivencias? Estaba segura de que sí, especialmente el siempre protector y serio Marcus. ¿Aunque cuántos secretos podía albergar la sonrisa fácil de Cecil? Aquella sonrisa que no siempre tocaba sus ojos celestes...
-Cuidado con el último tramo de escaleras- comentó Amaury.
Con el corazón retumbando contra su pecho por la emoción y la inquietud de lo que pudiera esperar abajo, Rose casi salto los últimos escalones y se detuvo para contemplar al tiempo que Amaury se hacía a un lado. La empinada escalera terminaba en una pequeña estancia rectangular idéntica a la anterior e igual de desnuda pero a varios metros bajo tierra. Pero ésta no estaba vacía. En su centro un largo sarcófago de mármol descansaba abierto y tenuemente iluminado por la luz danzarina y anaranjada de las velas que colgaban de las paredes de la cripta. El sarcófago era hermoso en su sencillez, sin grandes pretensiones y complicadas estatuas, estaba bien pulido y resplandecía bajo la luz de las velas con un millar de intrincados grabados en una lengua que la joven desconocía.
Atraída por una fuerza extraña Rose dio un paso al frente y luego otro. Cuidadosa, fascinada y casi temerosa, hacia el féretro. Se detuvo a escasos centímetros y se asomó a él. En su interior yacía una mujer, la mujer más hermosa que Rose hubiera visto nunca, una que haría palidecer de envidia a Lucrecia Borgia o la mismísima Elena de Troya y muchas otras que se habían considerado bellezas a los largo de la historia. Alta y esbelta, su piel morena relucía bajo las velas como el mármol de su sarcófago en contraste con la larga melena de rizos rojos que caía como una cascada de fuego sobre sus hombros desnudos. Ni el mismo Miguel Ángel podría haber podido jactarse de esculpir aquel rostro ovalado y hermoso, de pómulos altos y nobles, nariz recta, cejas finas y curvadas sobre sus ojos cerrados de largas y espesas pestañas oscuras y unos labios rojos y jugosos que incluso incitaban a Rose a besar siendo ella misma mujer. Era el tipo de belleza que describen las Odas griegas y que embelesa a los mortales, esa que nunca debería existir en este mundo por peligrosa, la belleza de un inmortal.
Su único atuendo era una sencilla túnica blanca que se abrazaba a sus curvas como una amante celosa y sin mostrar nada dejaba poco a la imaginación. No llevaba joyas, maquillaje ni adornos, ni tan siquiera sandalias, pero tenía el porte de una gran reina, una que pudiera haber regido sobre el mundo entero, una que hubiera podido someter a cualquier hombre con una sola mirada.  Y Rose sospechaba que así habría sido una vez.
-¿Quién es?- preguntó en un susurro ronco, sobrecogida. El poder palpitaba crudo y fuerte bajo la piel de la mujer, dormido pero ansioso, sediento y devastador.
-Mi madre- respondió Amaury a sus espaldas, su la voz áspera por una emoción que rozaba en la más absoluta devoción.
Rose supo que no se refería a su madre biológica, sino a la que lo había convertido en vampiro, la que le había dado su sangre y despertado a la vida eterna. Si es que se le podía llamar vida a la muerte. Era extraña la relación entre un bebedor de sangre y su creador, era un lazo irrompible y poderoso que los ataba durante toda la eternidad el uno al otro. Algunos vampiros odiaban a aquel que los había convertido, lo culpaban de todos sus crímenes y pecados, como la fuente de todas las desgracias y aun así no eran capaces de dejar de adorarlo. Otros los veneraban como a dioses, los amaban como a padres, y a pesar de todo a veces se sentían repugnados por su presencia. Estaba claro que Amaury era del tipo que adoraba incondicionalmente a su madre, hasta la misma destrucción. Era una clase de amor debastador y peligroso donde a menudo los límites y las líneas no eran claras. A veces eran creadores y amantes, otras señores y siervos, otras hijos, amigos, confidentes, esclavos o incluso mascotas. Realmente era una relación más compleja de lo que una joven e inmadura mente mortal pudiera comprender.
-Está... está...- tartamudeó Rose sin encontrar las palabras adecuadas, inclinándose más sobre la mujer hasta que casi pudo tocar su hermoso rostro.
-Está "dormida"- contestó Amaury con suavidad, con una dulzura que no lograba empañar del todo la amargura de su voz- Por eso te he traido aquí, porque tal vez tú puedas ayudarme a despertarla...
-¿Yo?- inquirió Rose sorprendida sin poder apartar la vista fascinada del rostro de la mujer dormida- No lo entiendo... ¿Cómo puedo ayudarte yo?
No sintió al vampiro acercarse, moverse sigiloso a sus espaldas y cerrarse sobre ella.
-Porque madre quería conocerte- musitó. Esta vez más cerca, casi en su oído, pero hipnotizada como estaba por la mujer del sarcófago no se dio cuenta.
-¿A mí?- repitió Rose confusa.
-A alguien como tú- susurró y su aliento acarició la piel de su mejilla e hizo erizarse el vello de su nuca.
Se sobresaltó, de pronto completamente despierta e hizo ademan de volverse al tiempo que comenzaba a exclamar un breve "¿Pero qué..." 
Todo ocurrió tan deprisa que no fue capaz de reaccionar. Aunque de haber podido tampoco hubiera sido capaz de evitarlo. Con una mano férrea el vampiro inmovilizó su rostro y le plantó un beso en los labios, un beso rápido pero rudo y fuerte. Sintió sus labios duros y fríos apretarse contra los suyos, muertos, y su boca entreabrirse para dejar paso a su lengua. No había ni un deje de pasión ni sentimiento en aquellos labios. Aterrorizada con los ojos abiertos de par en par y el corazón a punto de desbocarse contra sus costillas Rose se sintió absolutamente atrapada, incapaz de moverse e impotente, a completa merced del inmortal y aquellos ojos aguamarinas inexpresivos fijos en ella pero que no la miraban. Y en aquella décima de segundo cayó en la cuenta por primera vez de algo, que las sonrisas dulces y paternales de aquel hombre en ningún momento habían alcanzado sus ojos. ¿Cómo no lo había visto antes? Porque era un maestro del engaño, un actor con siglos de experiencia en el arte de la mentira. Los había engañado a todos, incluso a Cecil y Marcus... si tan solo hubiera confiado más en ellos... si tan solo... Pero ahora lo veía claro, con claridad cristalina, aquellos labios gélidos que la besaban, aquellos ojos indiferentes que la miraban sin ver... para Amaury ella no era sino un objeto, un utensilio a utilizar. ¿Pero para qué?
Sintió una breve punzada en el labio cuando un colmillo afilado lo rasgó sin miramientos. Quiso gritar de dolor pero le faltó el aliento y en aquel instante terminó el beso. Pero lejos de soltarla el vampiro la sostuvo por la nuca con fuerza sobrenatural y obligándola a girar, la hizo inclinarse sobre el féretro, sobre la mujer que descansaba en él, tan cerca que casi tocaba su rostro inexpresivo con sus propios labios. Aterrorizada la observó, la inexpresividad con que los muertos descansan por la eternidad, completamente serena y ajena a la lucha que se llevaba a cabo sobre su lecho. Sintió una gota de sangre, cálida y con olor a óxido resbalar desde su labio y con ojos horrorizados la vio caer sobre la mejilla de la pelirroja. Descendió roja y resplandeciente como una lágrima dejando un surco carmesí sobre su piel tersa y perfecta. 
Por un instante que pareció eterno no sucedió nada, absolutamente nada, y todo lo que pudo oír Rose fue el sonido irregular de su propio corazón en la garganta mientras el sabor salado de la sangre llenaba su boca.
-No lo entiendo... - musitó Amaury, su voz sonaba cansada, vieja, rota y vencida- Esto debería funcionar... Estaba seguro de que esto funcionaría...
La garra que la apresaba se volvió más débil y Rose respiró aliviada al verse casi libre. Pero las piernas le temblaban a incapaz de levantarse permaneció durante un instante allí quieta y en shock, medio tendida sobre el sarcófago. Mientras la gota de sangre continuaba su lento descenso hasta los labios y el rostro dormido de la vampiresa continuaba ajeno e inexpresivo. Y mortalmente bello. 
Y entonces abrió los ojos. De par en par. Unos ojos grandes y verdes. Como esmeraldas. Inexpresivos como la muerte. Unos ojos vacíos como los de una muñeca de cristal. Y antes de que Rose pudiera siquiera gritar, la mujer de los ojos muertos se abalanzó sobre ella.


miércoles, 5 de septiembre de 2012

EL HILO ROJO: PARTE 11

Parte 11: En el hogar de los caídos.

Hay algo en los cementerios. Algo que despierta un temor completamente irracional en lo profundo de nuestro subconsciente. Algo que nos hace sentir inquietos, que eriza el vello de nuestra piel y nos hace querer mantenernos lejos de noche. Por supuesto que en pleno siglo XXI cualquier persona racional te diría que no son más que temores infundados por las viejas creencias y el folclore. Pero a menudo olvidamos que el folclore tiene su raíz en la realidad y es una raíz más profunda de lo que creemos. Por poner un ejempo... ¿Por qué tienen muros de piedra los cementerios? ¿Para protegerlos de ladrones de tumbas? ¿Quién querría robar un nicho? No. Los muros no protegen a los muertos del mundo exterior sino que protege al mundo exterior de los muertos. Es una magia vieja y ancestral que retiene en su interior lo que está dentro. Claro que en su mayoría los espíritus no son sino sombras de las personas que fueron, almas apacibles y perdidas. Siempre hay excepciones. Pero el caso es que los espíritus no son los únicos que pueden habitar en un camposanto, muchas otras criaturas pueden buscar cobijo en su interior. Y Rose lo sabía.
Se consideraba una persona sensata, lo suficiente sensata para saber que en realidad visitar un cementerio de noche representaba poco peligro para cualquier mortal y que la mayoría de los temores humanos eran cuentos nacidos de leyendas urbanas. También sabía que ella no era precisamente una persona normal y eso siempre incluía un riesgo extra, especialmente cuando uno iba a introducirse a medianoche y sin permiso en el hogar de una poderosa magia ancestral donde descansaban los muertos.
Pero a pesar de todo allí estaba, pasadas las doce de pie ante la enorme puerta de hierro que representaba la entrada principal al camposanto. Era una noche oscura sin luna ni estrellas y la única luz de la larga calle provenía de una triste farola parpadeante que amenazaba con dejar de funcionar en cualquier momento. Un poco de niebla y unos aullidos y hubiera sido el escenario perfecto para rodar una película de terror- pensó Rose saltando inquieta de un pie al otro mientras aguardaba la llegada de Amaury.
Tal y como el vampiro había prometido no había tenido problema para salir de casa. Fuera lo que fuera el truco que Amaury había utilizado para despistar a sus guardianas había surtido efecto. De hecho Rose se planteaba pedirle la fórmula, después de todo nunca estaba de más guardar algún as en la manga en caso de que necesitara hacer una escapada nocturna. Claro que suponía que la estratagema utilizada por un vampiro centenario probablemente no estuviera al alcanze de una adolescente mortal. Hay cierto poder y sabiduría que tan solo la dan los siglos y siglos de inmortalidad.
Nerviosa, la muchacha se volvió y observó el gran muro de piedra que rodeaba el camposanto. Erigido en lo alto de una colina, el cementerio tenía las dimensiones de un gran parque y había ido tomando gran parte de la ladera también al tiempo que la ciudad se expandía y con ella la necesidad de espacio para sus nichos. Aunque cada vez eran menos los que se enterraban allí, ya que una diminuta parcela de aquel terrenito costaba un pastón. Con todo era un cementerio elegante y bastante señorial por el que bien merecía darse un paseo de día. De noche ya era una cosa distinta.
Un leve click metálico a sus espaldas la hizo sobresaltarse. Se volvió de un salto con el corazón martilléandole fuertemente contra el pecho y casi dispuesta a saltar sobre lo que fuera que hubiera al otro lado. La enorme puerta negra, que hacía un momento permanecía fuertemente cerrada con llave, se abrió con suavidad, sin un solo chirrido,de una forma muy impropia para un film de terror. Debían de mantenerla bien engrasada- el pensamiento asaltó la mente sorprendida de Rose. 
Justo en aquel momento la farola eligió que era un buen momento para apagarse y la joven quedó sumida en la penumbra mientras la puerta continuaba abriéndose aparentemente sin que nadie la empujara, ni siquiera una ráfaga de viento. Y cuando al fin se detuvo sin un solo quejido Rose se encontró frente a frente con unos grandes y resplandecientes ojos aguamarina. Dio un paso atrás y estuvo a punto de gritar, pero en aquel instante volvió la luz y se encontró cara a cara con el endiabladamente bello rostro de un inmortal de cabello rubio repeinado.
-Amaury- saludó Rose, convirtiendo a medio camino su grito de terror en una exclamación de sorpresa.
No pudo evitar sentirse avergonzada de si misma, del miedo irracional que la había asaltado al encontrarse en un cementerio. Como si no supiera mejor, como si no hubiera hecho o visto cosas más sobrenaturales y terroríficas.
Si el vampiro se había percatado de su sobresalto hizo bien en ocultarlo tras una seductora sonrisa. Rose se fijó por primera vez en él al completo. Había cambiado su ropa y ahora vestía un elegante frak negro y unos resplandecientes zapatos de cuero a juego, un atuendo que parecía anticuado, recién salido de una vieja película en blanco y negro, pero a la vez tan impecable como si fuera nuevo. Poco quedaba del afable marinero al que había conocido sentado en el sillón de su sala aquella misma tarde. Ante ella se erguía un noble listo para atender una cena de gala o un baile de etiqueta, pero desde luego fuera de lugar para un tour por el cementerio. 
De pronto Rose se sintió fuera de lugar con su sencilla camiseta blanca, sus vaqueros y sus viejas deportivas y se preguntó que sería aquello que Amaury quería de ella. ¿Por qué reunirse en secreto en el cementerio? ¿Y que pasaba con sus ropas? ¿Se trataba de alguna ocasión especial? ¿Un botellón con los muertos en el cementerio? La idea casi logró provocarle una sonria y si no se sintiera tan nerviosa, expectante y fuera de lugar probablemente una carcajada hubiera traicionado su propia imaginación.
-Buenas noches, Rose- saludó el vampiro con un leve cabeceo mientras sostenía la puerta con elegancia. No quedaba ni rastro de aquella afabilidad paternal de la que había hecho gala aquella tarde. Ahora era pura cortesía, como un distinguido caballero que acompaña a su dama a un baile- Espero no haberte hecho esperar. Me temor que para un inmoral el tiempo deja de tener el mismo sentido después de siglos de deambular por el mundo.
-No, está bien- balbuceó Rose con torpeza- Acabo de llegar- mintió.
Amaury ensanchó su sonrisa y la joven se sintió transportada por ella.
-En ese caso no voy a hacerte esperar ni un segundo que el tiempo mortal es precioso- parecía haber visto claramente a través de su mentira, pero a Rose no le importó, hipnotizada como estaba por el deje aterciopelado de sus palabras- Adelante, mi rosa, esta noche eres mi invitada. Espero que disfrutes de la velada en el hogar de los caidos.
Y con una exquisita floritura se echó un lado para dejarla pasar. Y Rose entró. Y sin que nadie la tocara siquiera la puerta volvió a cerrarse a sus espaldas completamente silenciosa.


martes, 21 de agosto de 2012

EL HILO ROJO: Parte 10

Parte 10: Una visita inesperada

Las agujas del reloj pasaban de las tres y media cuando Rose llegó a casa. Para su sorpresa ningún atractivo vampiro moreno apareció furiosa en la entrada para darle la bienvenida con una reprimenda. Aquello la hizo sentirse incómoda, nerviosa incluso. A la mañana cuando había salido no había visto a los vampiros y ahora tampoco. ¿Había ocurrido algo?

Extraña abrió sigilosa la puerta de entrada y se coló en el recibidor. Por supuesto, que de haber un inmortal dentro todo el cuidado del mundo sería en vano, no por nada tenían los sentidos más desarrollados del mundo animal. No por nada se les decía los depredadores perfectos. Pero Rose no pudo evitarlo, caminar en puntillas a lo largo del corredor con los oídos atentos al mínimo ruido, consciente de que el aleteo nervioso de su corazón la delataba. Escuchó murmullos provenientes del salón y se acercó. Se detuvo antes de llegar a la puerta y observó el largo espejo en la pared del pasillo, estratégicamente situado frente a la sala, por lo que se reflejaba su interior. Lo primero que la llamó la atención fue Cecil. Estaba sentado sobre su sillón de cuero oscuro habitual, el que olía a violetas, pero su postura era extraña. Extraña para tratarse de Cecil es decir. El vampiro nuevo que generalmente se repanchingaba cómodamente en el sillón con poco miramiento por el decoro pero logrando siempre parecer endiabladamente elegante, y atractivo, estaba sentado muy erguido, con las piernas cruzadas y las manos apoyadas sobre el regazo. Parecía salido directamente de un cuadro de época. En el sillón de enfrente Rose tan solo podía ditinguir la espalda completamente recta de Marcus. Ambos estaban vueltos hacia el tercer sillón de la sala y Rose supo instintivamente había alguien más allí con ellos.

Sabiendo que era en vano seguir allí espiando a unos inmortales que indudablemente la habían oído entrar, la muchacha se separó de la pared y con paso más firme y seguro de lo que se sentía en realidad enfiló hasta la salita preguntándose quién era el invitado que hacía sentarse tan educadamente al mismo Cecil. Se detuvo dubitativa en la entrada.

-Pasa Rose, querida-la invitó Marcus amablemente sin volverse- Tenemos un invitado y está deseando conocerte.

Curiosa ante el tipo invitado que quería conocerla Rose obedeció. Marcus se volvió a mirarla con una sonrisa y al hacerlo la joven entrevio al tercer hombre que estaba en la sala. Alto y atlético, se sentaba cómodamente sobre el sillón con los brazos apoyados sobre el reposabrazos. Rondaría los treinta pero su forma de vestir lo hacía parecer mayor: una gorra marinera sobre el pelo rubio tostado cuidadosamente peinado hacia atrás, una cazadora de cuero marrón forrada con pelo blanco en el cuello muy poco apropiada para las altas temperaturas de agosto, unos pantalones beises perfectamente planchados y en los pies unas náuticas azul marino a juego con el pañuelo anudado a la garganta. 

Rose contuvo el aliento porque lo reconoció de inmediato. Lo había visto aquella mañana a través de una ventana. Era el vampiro antiguo y poderoso que tan inquieta la había hecho sentir. Muy poderoso. Pero viendo que se encontraba plácidamente sentado en el salón de su casa y que el siempre sobreprotector Marcus se lo quería  presentar dedujo que era de los suyos. Sus guardianes no harían nada que la pusiera en peligro. Pero no puedo evitar fijarse en la actitud educada y casi reverente de ambos inmortales hacia su misterioso invitado. Tal y como Rose sospechaba era antiguo y poderoso, más antiguo y poderoso aún que sus padres adoptivos. Y sabía por experiencia que aquello era decir mucho.

-Ven, Rose, acércate.- habló el inmortal. Sin moverse, ni siquiera pestañear... sino fuera por el apenas perceptible movimiento de sus labios Rose hubiera creído que se encontraba frente a una estatua particularmente hermosa- No tengas miedo. Déjame verte.

Se sobresaltó al escuchar su nombre pronunciado de forma tan íntima en boca de un extraño pero hizo como le decían y dio un paso al frente y después otro hasta colocarse frente a él. Por el rabillo del ojo vio a Cecil removerse incómodo y dedujo que se debía a que no le gustaba rendir pleitesías a nadie.

- Vaya, vaya, cuánto has crecido- repuso el desconocido con placidez, con el tono que utilizaría un tío particularmente encantador al volver a ver a su sobrina favorita tras muchos años.

Rose enarcó una ceja. ¿Significaba aquello que se habían visto antes? ¿Hace cuánto? Estaba segura de que no olvidaría a un hombre así de atractivo.

- Rose, saluda- intercedió Marcus con suavidad- Éste es Amaury, otro de tus guardianes.

¿Uno de sus guardianes? La joven se giró hacia Amaury con renovado interés. Sabía que cuatro vampiros estaban a su cargo, aunque desconocía las circunstancias o razones. Había sido criada por dos de ellos, Marcus y Cecil habían hecho a partes iguales de padre, madre, amigos, hermanos y confidentes. Nunca había visto a los otros dos, pero allí estaba en carne y hueso otro de ellos, y uno particularmente poderoso. Costaba creer que alguien así hubiera accedido a hacer de niñera de una torpe niña humana. Pero allí estaba y al mirarlo Rose sintió una extraña sensación, un pequeño cosquilleo de emoción en la boca del estómago, como quien conoce por primera vez a un familiar o se encuentra por primera vez con un amigo lejano.

-Es un placer conocerlo- repuso inclinándose en una torpe reverencia, no muy segura de cómo debía uno comportarse con un inmortal de tamaño calibre- Muchas gracias por hacerse cargo de mí.

-Oh, levántate, cielo. No son necesarias tantas cortesías cuando estamos en familia- se apresuró a exclamar el vampiro con un ademán de mano- El placer es mío por ver que mi capullo de rosa ha crecido para ser tan bella dama.

Rose sintió que se sonrojaba y se vio reflejada en los chispeantes ojos aguamarina de Amaury. El bebedor de sangre sonreía paternalmente, pareciendo de todo salvo un peligroso vampiro. 

"No te asustes, no te muevas y escucha atentamente. No dejes que Marcus y Cecil se percaten de esto."

Rose estuvo a punto de saltar al escuchar la voz de Amaury en su mente. Pero era fría y seria, nada que ver con la calidez familiar que había impuesto a sus palabras. Contuvo su instinto de retroceder y observó con un semblante que esperaba fuera inexpresivo como el vampiro se volvía hacia Marcus y le hacía un comentario jocoso sobre lo bien que había criado a su hija. A la vez la voz volvió a hablar en su cerebro.

"Tengo algo que mostrarte. Esta noche sal y encuéntrate conmigo frente al cementerio. Yo me encargaré de que tus guardianes no se enteren, son demasiado sobreprotectores y no estarían de acuerdo pero creo que ya va siendo hora de que descubras algunas cosas sobre ti misma ¿no crees? Estoy seguro de que tienes curiosidad. ¿Me equivoco?"

Sintió que Amaury la observaba atentamente por el rabillo del ojo y Rose estuvo a punto de asentir. Se detuvo al recordar que estaban manteniendo una conversación secreta.

"Sí"-contestó también en su mente no muy segura de si el vampiro la oiría.

El inmortal pareció captar el mensaje porque se giró hacia ella con una enorme sonrisa.

-¡Pero mira qué hora es! Tan tarde y seguro que Rose no ha comido- exclamó otra vez con aquel tono paternal- Vamos, querida, debes de tener hambre.

Y al tiempo que se ponía en pie y le hacía una seña para que abriera la marcha hacia el comedor Rose volvió a oír su voz serena resonar en su cabeza una última vez.

"Confía en mí, no te arrepentirás"


miércoles, 8 de agosto de 2012

My happy ending

I believed in a happy ending,
I thought forever was a must,
that as long I held your hand
no matter how hard the road
I'll reach a happy ending.

We were so young,
we were so naive,
back then we trully believed
that as long as there was love
we'd be...
an unstoppable force!

But love went to waste
and we forgot to stop
just blindly running forward
until there was no more road

...

I trully believed in a happy ending,
I really thought you were my destiny
and now that we are just love dust fading
into sepia colored memories
I wonder where our way went stray.

I no longer believe in a happy ending
now we are both just done pretending
that we are still our inocent old selves.

I learned that you are not my destiny
but still we kept running blindly
'till there was no more road to turn and see,
the  fall was hard and we both kept hurting,
I fell into the pond of solitude
still being by you
I reached out my hand and it was empty

...


I trully believed in a happy ending,
I really thought you were my destiny
and now that we are just love dust fading
into sepia colored memories
I wonder where our way went stray.

Now I know you are not my happy ending
but I'm strong enough to stand up and walk on,
I wonder if I'll be able of loving
but even if I do
I know I'll never love anyone
as much as I loved  you.

You were that kind of unique love
which burns so hot
until everything fades
and now that I'm ashes from yesterday
is time to go stray
and maybe find my own way

A new start point is waiting
I wonder if there'll be a happy ending
but this time I won't depend on others
I'll build myself the road
to my own beautiful happy ending.

I'll be my destiny,
I'll be my happy ending

I'll be my happy ending





martes, 7 de agosto de 2012

Nothing is forever

I like the smell of land on rainy days,
I like to watch rain pour out my window,
I like to see the last ray of sun paint the sky,
I like the shy smile of the moon, among twinkling stars a widow

It's beautiful and yet so sad,
nostalgy drains on my heart,
like the beginning, like the end
dyeing my soul on grey.

Learning that every start
no matter how beautiful it won't last,
just like our love story
nothing is forever.

I like the sound of waves dying on the shore,
I like the flight of a butterfly even knowing it's short,
I like to watch the sun burying in the land
I even like the sound of my heart while breaking apart


It's beautiful and yet so sad,
nostalgy drains on my heart,
like the beginning, like the end
dyeing my soul on grey.

Learning that every start
no matter how beautiful it won't last,
just like our love story
nothing is forever.


And even though we are breaking up
I still like to watch your back
while you are walking away from me

And just like I cry watching the sun set,
hearing the rain pour out my window,
now I cry as I set you free,
and just like today it hurts
I know tomorrow it will be
beautiful memories.


It's beautiful and yet so sad,
nostalgy drains on my heart,
like the beginning, like the end
dyeing my soul on grey.

Learning that every start
no matter how beautiful it won't last,
just like our love story
nothing is forever.


But we were beautiful together!

I like to watch the sun rise
it always brings a smile,
I like the first ray of light
breaking through dark clouds
when rain stops.

I also like the bittersweet
and yet beautiful colors of rainbow
trapped between sun and rainy times.

It's beautiful and yet so happy,
hope drains on my heart,
like the end, like the beinning
dyeing my soul on pink

Learning that every end
no matter how sad it won't last
just like our break up
sometime there'll be a new start


domingo, 5 de agosto de 2012

9.- La Pitonisa, El Gato y Los Dados

-Oh, ¡pero qué tenemos aquí! ¡Qué jovencita tan encantadora!- gorjeó Madame Lau Laurie volviéndose hacia ella. 

Rose contuvo el reflejo de dar un paso atrás cuando sintió la ávida mirada de aquellos enormes ojos clavados en ella. Por suerte pudo controlarse antes de parecer innecesariamente maleducada y cobarde.

-¿Y bien? ¿Qué trae a tan encantadora señorita a Madame La Laurie? -continuó la mujer alegremente ajena a la gran impresión que había causado. Su corpachón y su atuendo de colores chillones parecía llenar toda la estancia- ¿Un amuleto de la suerte? ¿Un talismán protector tal vez? O quizás... - se inclinó hacia ella con cara de circunstancias y bajó la voz a apenas un susurro- ¿Una pócima de amor?

Rose no pudo evitar torcer el gesto al oír estas últimas palabras. Era bien sabido que las pócimas de amor no eran más que un cuento bonito para adolescentes crédulas y desesperadas. No había forma de obligar a una persona a amar a otra, por suerte. Aunque siempre podían venderte una substancia afrodisíaca bajo el nombre de "Pócima de Amor". Gracias a dios generalmente no era más que una fragante agua de rosas.

La muchacha entrecerró los ojos y miró a la mujerona con sospecha. ¿Sería la tal madame un fraude? Aunque era innegable que el borboteo de la magia estaba en el aire, sutil pero sin duda presente. Cosquilleante. 

También era más que posible que fuera una mortal con un poder limitado y se aprovechara de ello para su pequeño negocio añadiendo un poco de timo al asunto. ¿Quién decía que los auténticos vidantes no pudieran ser estafadores? Probablemente tuvieran mucho material del que hacer uso para engañar a la gente.

Madame La Laurie la miraba con sus ojos de mosca y sin perder la sonrisa a espera de que respondiera. Rose titubeó.

-En realidad tengo una pregunta...- comenzó insegura.

Los ojos de la mujer se iluminaron de inmediato.

-Oh, una pregunta, por supuesto.¿Quién no tiene preguntas? Y más a tu edad. Aunque entre tú y yo, a cualquier edad se tienen preguntas. - se golpeó la frente con la palma de la mano como si acabara de caer en la cuenta de algo- Pero, por favor, sígueme por aquí. 


Dubitativa Rose se dejó guiar por la extraña mujerona a través de una cortina de tintineantes cuenta de colores a la trastienda. Tuvo que morderse la lengua para no exclamar. Aquel era exactamente el aspecto que había imaginado tendría la oficina de una pitonisa estafadora. Una lámpara de lava iluminaba tenuemente la habitación con tonos escarlata. Era una pequeña estancia cuadrada con un aroma tan intenso a incienso que Rose se sintió inmediatamente asfixiada. Las paredes estaban adornadas por tantos amuletos, figuras, crucifijos, cartas de tarot y afiches de santos, ángeles, demonios, hadas y demás criaturas míticas que apenas era visible el papel florido de la pared. El suelo estaba cubierto por una suave moqueta granate enterrada bajo decenas de cómodos cojines de colores tan llamativos y dispares como la misma Madame La Laurie. Un tocador repleto de libros y otros objetos extraños al fondo y una pequeña mesa redonda con dos sillas eran los únicos muebles del cuarto. Y sobre la mesa... ¡Por los malditos inmortales!- rose abrió los ojos de par en par incrédula- ¿Era aquello una bola de cristal? ¿Una auténtica bola de cristal? ¿Había quién aún usaba hoy en día una de esas?


-Siéntate, querida- le indicó la mujer, apretando sus hombros con fuerza hasta obligarla a tomar asiento sobre una de las dos únicas sillas de la estancia.


Rose se quedó mirando de hito en hito la bola frente a ella. Trató de concentrarse un momento buscando algún místico secreto en ella pero tan solo vio su propio reflejo. Por supuesto-pensó ahogando una risita- ¿Qué había esperado? Todo el mundo sabía que las bolas no eran más que cuentos para niños.


Por un instante se divirtió imaginándose a la Madame inclinada sobre la bola, concentrándose en vano con sus ya enormes ojos de mosca aumentados por diez. La idea estuvo a punto de hacerla soltar una carcajada.


Mientras, la supuesta adivina- Rose comenzaba a albergar serias dudas respecto a su legitimidad- dio una en torno a la estancia encendiendo velas y aumentando el olor intoxicante del incienso. Rose se tuvo que contener para no toser. 


-¿Quieres algo para beber, querida?- ofreció la mujer regresando junto a ella- ¿Un té quizás?


-No, no quiero nada, gracias- se apresuró a rechazar Rose cohibida. Se sentía tan fuera de lugar en aquella tienda como un pez fuera del agua. ¡Incluso le costaba respirar?


La pitonisa asintió para si, dio un último vistazo a la habitación y aparentemente satisfecha con lo que vio se dejó caer sobre la silla opuesta a Rose con un tintineo de sus múltiples joyas y brazaletes.  De modo que quedaron sentadas frente a frente y la muchacha se vio reflejada en los enormes anteojos de la mujer. La Madame cruzó sus largos dedos sobre la mesa y se inclinó hacia ella, durante un largo instante la joven no pudo apartar la mirada de sus largas uñas pintadas de violeta y naranja. Después volvió a levantar la vista la encontrarse con la empalagosa sonrisa de Madame La Laurie dirigida hacia ella.


-¿Y bien? ¿En qué puedo ayudarte, ...?- la mujer hizo una pausa como si estuviera intentando recordar algo importante.


-Rose- se apresuró a interceder la muchacha.


-Rose- asintió La Laurie para si alegremente como si fuera lo más increíble que hubiera escuchado en toda su vida- Un nombre preciosa, querida. Sin duda ideal para una jovencita tan hermosa y fuerte como tú. Tus padres tienen un gusto excelente.


Rose no se molestó en contradecirla.


-Así que Rosa-continuó la adivina alargando deliberadamente la última sílaba de su nombre- ¿Cuál era esa pregunta? ¿Problemillas amorosos tal vez? ¿Un chico? Generalmente siempre hay un chico. Aunque claro, me cuesta imaginar como una jovencita tan encantadora podría tener problemas de esa índole. ¿Quieres que te eche las cartas? ¿Ver que depara tu futuro?


Rose torció el gesto, ya tenía por su parte bastante en su presente como para preocuparse también con el futuro, mejor dejarlo estar y ya llegaría el momento de enfrentarse a él. Al darse cuenta de la mirada de la Madame se apresuró a recomponer el semblante en una máscara de titubeante curiosidad.


-En realidad esperaba que me ayudara con algo.- explicó dócilmente- El otro día me echaron los dados y ...- omitió deliberadamente quién y en qué circunstancias había ocurrido- y me salió un dado con la cara en blanco. Y me preguntaba que podía significar.


-¿Una cara en blanco?- repitió la pitonisa sin comprender y la nimia esperanza que había mantenido Rose de hallar allí la respuesta se le vino abajo hecha añicos. No tenía ni idea de que estaba hablando.


-Sí, una cara en blanco- insistió Rose sacando el dado del bolsillo y dejándolo caer sobre la mesa para que lo viera.


Madame La Laurie lo tomó delicadamente entre los dedos, con una delicadeza que no parecía acompañar a sus maneras empalagosas, y lo hizo girar despacio sobre su palma mientras lo examinaba. Pasó un instante que a Rose se le hizo eterno hasta que la mujer se aclaró la garganta para hablar. 


-Rose, cielo- su voz sonaba especialmente dulzona, casi como si quisiera disculparse- Parece que estás algo confusa. Este dado no tiene ninguna cara blanca. Pero si lo que buscas es una segunda lectura podría volver a echarte los dados yo misma...


Pero Rose no la escuchaba. Alargó instintivamente la mano y le arrancó el dado de entre los dedos. ¿Pero qué estaba diciendo? Imposible. Ella mismo había visto la cara blanca en el dado junto a su pie. El recuerdo le quemaba en la parte trasera de su memoria. Así que incrédula pasó a examinarlo. Le dio una vuelta. Después otra. Tragó saliva y volvió a intentarlo. Nada. La adivina tenía razón, aquel no era más que un dado corriente de seis caras cuyos puntos iban del uno al seis consecuentemente. No había cara blanca. Lo hizo girar entre sus dedos de nuevo confusa. Pero estaba segura que la había habido aquella tarde junto a su pie... los ojos de la niña... la sombra de la muerte... el recuerdo la hizo estremecerse. ¿Podía haberse equivocado de dado? ¿Podría haberlo intercambiado? Sacudió la cabeza. No, imposible, no había tenido ocasión, ni otro dado con qué confundirlo. Entonces... ¿qué estaba pasando allí? Sintió la frustración crecer en su interior al comprender que una vez más se enfrentaba a lo inexplicable. No le gustaban las preguntas sin respuesta.


Molesta por su infructuosa búsqueda deslizó el dado de vuelta en su bolsillo y comenzó a ponerse en pié. Parecía después de todo que se había equivocado respecto a aquel lugar, aunque aún podía sentir el aleteo de la magia era tan débil que apenas era perceptible y desde luego no emanaba de la madame. Se detuvo a medio camino cuando de pronto una ráfaga de pura magia azotó la habitación. No fue intensa pero tan repentina y hermosa como el aleteo de una mariposa que dejó a Rose desorientada y confusa. Bajó lentamente la mirada hacia Madame La Laurie cuyos enormes ojos desorbitados se habían perdido en el infinito, su rostro repentinamente relajado e inconsistente cubierto por una sonrisa risueña. Si Rose no supiera lo que sabía hubiera creído que la pobre mujer se había vuelto loca, pero la magia se había apoderado de ella.

-Carece de destino quien al destino sostiene entre sus manos pero el destino aún lo tiene a su merced pues es su destino carecer de destino. - habló de pronto la mujer, su voz ahogada y dulce, sus palabras incoherentes- La rosa que muerde con sus espinas el tronco del destino podrá saborear el futuro. ¿Pero puede una rosa presa del destino que carece cambiar las ruedas del mismo?

Madame La Laurie parpadeó de regreso a la realidad y el breve aleteo de magia se esfumó como si nunca hubiera estado allí. La pitonisa recupero la compostura y la miró con una sonrisa empalagosa, como si nada las hubiera interrumpido. A medio camino entre levantarse o volverse a sentar Rose comprendió que la estaba mirando boquiabierta. Se apresuró a cerrar la boca y recuperar la compostura. ¿Qué diablos había sido eso?

-¿Ya te vas, querida?- preguntó la mujerona como si nada las hubiera interrumpido- ¿Seguro que no deseas que te lea la suerte?

-N... no, muchas gracias- tartamudeó Rose aún confusa echando la mano al bolso no muy segura de qué hacer a continuación- Gracias por sus... umm... esfuerzos. No estoy segura de cuánto le debo por sus servicios...

La pitonisa parpadeó tras sus enormes gafas y ensanchó su ya empalagosa sonrisa.

-Por esto nada, querida. Lamento no haber podido ayudarte. Pero asegúrate de volver cuando quieras conocer tu futuro, estaré encantada de ayudarte.

Rose farfulló algo parecido a un gracias y una despedida y antes de que la mujer tuviera tiempo a levantarse dio media vuelta y salió zumbando de allí. Sintió un millón de dudas aletear en el fondo de su conciencia y sintiéndose ligeramente mareada por el repentino golpe de magia necesitaba urgentemente salir de aquel cuarto atestado de incienso, lejos de los ojos de mosca de Madame La Laurie y sus misteriosas palabras que por alguna extraña razón la hacían sentir inquieta, y respirar una bocanada de aire fresco. No se paró a preocuparse de lo que la adivina pudiera pensar de su extraña cliente, bastante rara era ya la situación al completo.

Salió a toda prisa de la tienda y tan solo se detuvo en el patio al sentir la reconfortante calidez del sol. Alzó la vista al cielo azul añil y aspiró una larga bocanada de aire mientras intentaba poner en orden sus ideas. ¿Qué había pasado exactamente? Estaba claro que la pitonisa no era el fraude que aparentaba aunque parecía que ella misma no era consciente de ello. Había escuchado una profecía, una auténtica profecía, aunque no había sacado nada en claro de ello. Había dicho algo de una rosa y el destino. ¿Una rosa? ¿Se refería a ella? Recordó la visita del destino aquella madrugada y se removió inquieta. Y por si fuera poco el dado había demostrado ser un mayor misterio de lo que aparentaba. En vez de respuestas regresaba con más preguntas y un dolor de cabeza. Procedió a acariciarse las sienes para intentar calmar el golpeteo de sus ideas contra el cráneo.

-No te desesperes demasiado con Madame La Laurie- la sorprendió una voz sobre su cabeza.

Rose se giró sobresaltada a tiempo de ver a un chico de aproximadamente su misma edad saltar de encima de una tapia donde había estado tumbado tomando el sol y acercarse a ella. Era de mediana estatura y delgado y se movía con una elegancia no deliberada que la joven no había visto nunca antes un un mortal. Vestía unos ajustados vaqueros negros, una camiseta de manga corta también negra y unas chancletas a juego. Su rostro triangular era atractivo de una manera extraña con su piel pálida, finos labios sonrientes, su pequeña nariz perfectamente recta y las delgadas cejas azabache que coronaban unos redondos y relucientes ojos de color ambar, unos ojos inteligentes y juguetones, unos ojos sin un ápice de humanidad. El cabello oscuro, sedoso y perfectamente liso cortado en tazón le caía sobre la frente como una cortina que separaba el mundo tras sus ojos de la realidad.

-Madame no es una mala mujer- continuó el muchacho caminando hacia ella mientras se relamía los labios. Rose no pudo sino admirar el ademan elegante de su paso felino mientras se acercaba- Es un poco extraña pero a veces tiene sus momentos de lucidez.

Ahora que estaba más cerca Rose reconocía el suave poder de la magia palpitar en él, el mismo poder que había quedado prendido en la tienda de la pitonisa apenas perceptible pero burbujeante. ¿Cómo no lo había sentido antes? Asintió.

-Sí- repuso- Parece haber tenido uno de esos raros momentos de lucidez.

El joven se detuvo y ladeó la cabeza de forma inquisitiva, de pronto parecía interesado.

-¿De verás? Me pregunto que ha dicho. Me hubiera gustado oírlo pero me temo que algunos de esos momentos solo existen para quien debe recibir el mensaje- los ojos ambirinos del muchacho chispearon con sus palabras.

Rose se encogió de hombros.

-Puede que me hubieras sido de ayuda porque no tengo la menor idea de lo que ha querido decir- hundió la espalda apesadumbrada- Y en vez de conseguir respuesta para mi pregunta solo he logrado más preguntas sin respuesta.

El adolescente asintió comprensivo.

-Suele pasar más de lo que nos gustaría. Tristemente con madame más de lo habitual, nunca puedes estar seguro de cuando tendrá uno de esos momentos y cuando lo hace no hay quien lo descifre. Pero tengo curiosidad... ¿cuál es la pregunta que te ha traído hasta aquí? Tal vez pueda ayudarte.

Rose no dudó. Después de todo no perdía nada por intentarlo.

-Hace poco me echaron los dados-explicó omitiendo de nuevo deliberadamente las circunstancias- Y me salió una cara en blanco. Me preguntaba que podría significar.

-Una cara en blanco- repitió el chico repentinamente interesado pasándose la lengua lentamente por los labios. Parecía estar meditando su respuesta- Si te echaron los dados para conocer el destino solo se me ocurre una cosa que la cara blanca pueda significar. - Rose lo miró espectante- la ausencia de destino.

 -¿Es eso posible?- preguntó incrédula- ¿Alguien sin destino?

Esta vez fue el momento de su interlocutor para encogerse de hombros.

-Lo ignoro- contestó con sinceridad, sus ojos ávidos de respuestas- Nunca he conocido ninguno pero eso no significa que no exista.

-¿Entonces todos tenemos un destino?- inquirió frunciendo el ceño. La idea de que su vida hubiera sido decidida desde el momento de su nacimiento por poderes que escapaban a su comprensión nunca le había resultado atractiva.

-No un destino, sino múltiples destinos- la contradijo el joven- Cada persona tiene tantos destinos como decisiones tome y oportunidades tenga. Los caminos que escoja condicionan el final de su destino, pero siempre tiene una gran plano de oportunidades del que no se puede salir. A ese plano de decisiones le llamamos destino, tanto como a la consecuencia final de las acciones.

-¿Significa eso que yo no tengo plano? ¿Y qué pasa entonces?

-No estoy seguro, nunca he conocido a nadie sin plano. Puede que te pierdas o que dibujes tu propio destino. Puede también que robes los puntos en el mapa de otros.

-¿Robar el destino de otro?- Rose se removió con la idea.

Ajeno a ella, como si acabara de perder su interés, el muchacho sacó un bonito lazo rojo del que colgaba un gran cascabel dorado y comenzó a juguetear con él. Rose sonrió al reconocerlo.

-¿Quieres que te lo ponga?- se ofreció.

El chico enarcó una ceja y sonrió.

-¿Lo harías por mí?- pregunto juguetón tendiéndola el lazo.

Rose se apresuró a cogerlo y colándose tras el adolescente procedió anudarlo a su garganta con un bonito lazo.

-¿Puedo preguntar tu nombre?- inquirió Rose con suavidad.

-Por supuesto.

Aguardó y al ver que no adquiría respuesta suspiró exasperada.

-¿Cuál es tu nombre?-insistió mientras alargaba la mano y lo rascaba distraidamente detrás de la oreja.

- He tenido muchos- repuso el chico con un suspiro que sonaba misteriosamente parecido a un ronroneo- Pero últimamente Madame me llama Noir.

Rose no pudo evitar que se le escapara una risita.

-Madame nos es muy original ¿verdad? Y se ve que tiene cierta preferencia por el francés.

-Puede que no sea original pero me ha dado un nombre.

Rose asintió y volvió a acariciar suavemente su oreja hasta que oyó satisfecha otro suspiro parecido a un ronroneo.

-Encantada de conocerte, Noir, y muchas gracias por tu ayuda,. Yo soy Rose.

-Un placer Rose... el que me has dado rascando tras mis orejas. No muchos tienen ese honor.

Rose sonrió y se dispuso a responder cuando una sonoras campanadas repiquetearon sorprendentemente cerca. La muchacha sobresaltada se giró para comprobar la hora en el reloj. ¡Había pasado el mediodía! Debía volver a casa antes de que Marcus empezara a preocuparse en vano porque no había aparecido a desayunar ni a comer.

Se despidió torpemente de Noir y echó a andar callejón abajo sintiendo los relucientes ojos ambarinos del chico fijos en ella. Se volvió una última vez para despedirse con un ademan de mano para encontrar únicamente a un enorme gato negro desperezándose tranquilamente bajo el sol. Cuando subió de un salto a la tapia el enorme cascabel que colgaba de su cuello en un lazo escarlata tintineó. Rose hondeó el brazo hacia él con una sonrisa antes de seguir adelante.


miércoles, 18 de julio de 2012

Notas suspendidas en el tiempo


-Y para terminar el programa de hoy tenemos una petición especial. Un hombre quiere dedicar una canción a su primer amor y desearle que todo le esté yendo bien. Oh, qué romántico ¿verdad?

En la radio comienza a sonar una vieja melodía.

-Oh- exclama la mujer girándose hacia el aparato- Esta canción la compuso para mí.

Sus ojos se iluminan, como si cientos de recuerdos, ilusiones y promesas pendieran de su mirada.

-¿Quién?-pregunta la niña con voz cantarina.

La mujer pierde la vista en el infinito, en un lugar lejano que nadie alcanza, un pequeño paraíso que solo la pertenece a ella, y la pequeña se sienta en una silla muy atenta porque presiente que está a punto de escuchar una gran historia. La mujer tiene ese tipo de mirada.

-Mi primer amor-suspira.

Y sonríe pero parece sonreír al tiempo, al pasado que tan solo habita en sus recuerdos, a un viejo amor, al rostro de alguien que tan solo ella puede ver en su memoria, a una ilusión que como una fotografía nunca envejece ni se empaña. 

Mientras, la música llena la estancia, las notas quedan suspendidas en el aire como motas de polvo a contraluz y acompañan a la voz de la mujer cuando comienza a contar una historia... su historia... por primera vez en muchos años.


Ande

You walk away,
I can see the smile on your face
as you say goodbye
it's shining prettyly inside your eyes,
it's a promise
that I'll be seeing you again.

The rain drops,
the time stops
around a phonecall,
an unknown voice
tells me an unwanted truth.

Inside my heart
something painful breaks with a crack,
I feel the pain
like needles pricking inside shattering glass
and my world just falls apart

My voice responds
but my mind is unable to understand
and it keeps shouting "what?"
and the call breaks
and the phone drops
and the only thing I see
is the smile inside your eyes
drifting away,
saying "I'll see you again"

Andeeee ie
Andeeee ie ie

It can't be true,
It can't be true
that I won't be seeing you


Andeeee ie
Andeeee ie ie

Someone wake me up
before I fall apart,
someone tell me it's not true,
that I'll have you back


Andeeee ie
Andeeee ie ie

It can't be true,
it can't be true,
please someone say it isn't true


Andeeee ie
Andeeee ie ie
Ande ie ie ie ie

I closed my eyes
and look for you in my dreams,
you never came...

Before I wake up
I hear your voice calling for me,
I reach out my hand to touch your face
I open my eyes and you are nowhere
I can only caress the air


Andeeee ie
Andeeee ie ie

It can't be true,
It can't be true
that I won't be seeing you


Andeeee ie
Andeeee ie ie

Someone wake me up
before I fall apart,
someone tell me it's not true,
that I'll have you back


Andeeee ie
Andeeee ie ie

It can't be true,
it can't be true,
please someone say it isn't true


Andeeee ie
Andeeee ie ie

Please wake me up
to the world where you are


Andeeee ie
Andeeee ie ie

Please someone say it isn't true


Andeeee ie
Andeeee ie ie


Ande ie ie ie ie
Ande ie ie ie ie

Please... come back to me...








domingo, 15 de julio de 2012

8.- Madame La Laurie

Ni el fuerte calor de la mañana de verano lograba disipar la sensación fría que la visión del vampiro le había provocado. Un frío que le calaba hasta los huesos.

Hacía tiempo que había dejado atrás el café y a Carl con cara de consternación y llevaba un buen rato dando vueltas por el Casco Antiguo es busca del más diminuto rastro del vampiro. Sobraba decir que su búsqueda había sido del todo infructuosa. No le extrañó. Después de todo los bebedores de sangre eran los reyes del misterio, los secretos y el sigilo. Y más importante aún, tenían decenas de años, a veces incluso milenios, más de experiencia que ella. Pero nunca hacía daño intentarlo.

Se detuvo al final de un callejón que ya había recorrido por segunda vez en una hora y decidió dar finalmente su burdo intento de búsqueda por concluido. A su alrededor la ciudad comenzaba a despertar, las tiendas abrían sus puertas y mostraban sus escaparates y sus habitantes daban los primeros signos de vida. En un rato las calles se desbordarían con jóvenes de vacaciones, niños y turistas.

Barajó sus opciones.

Se debatió un largo instante entre regresar a casa a toda prisa y avisar a sus guardianes del nuevo visitante inesperado (A Marcus le disgustaba el timbre molesto del teléfono y había prohibido el uso de ninguno salvo caso de emergencia y creedme cuando digo que se refería a auténticas y peligrosas situaciones de vida o muerte) o continuar con la misión que la había hecho salir de casa esta mañana y encontrar a algún experto en dados dispuesto a revelarle el misterio de la cara en blanco. Finalmente se decidió por lo segundo.

Que a Marcus no le gustaran los teléfonos no quitaba para que Rose se hubiera agenciado el nuevo IPhone último modelo y Cecil se había asegurado que fuera el más caro, completo y aparatoso de la tienda. Como ya había dicho, ventajas de tener padres ricos. Lo sacó del bolso y se apresuró a hacer una rápida búsqueda por internet. Tras un momento de duda se decidió por teclear las palabras "Azar", "Pitonisa", "Vidente" y "Tarot" en Google junto al nombre de su ciudad. Le sorprendió constatar que había muchas más entradas de las que había esperado. Al parecer las predicciones dudosas del futuro eran un negocio más estable y económico de lo que cabía esperar. Buscó la que estuviera más cerca de allí y se decidió a probar suerte.

Uno pudiera pensar que alguien como Rose, tan extrañamente familiarizada con lo paranormal, estaría más al tanto de los adivinadores y demás charlatanes que hubiera sueltos por la ciudad. Pero nunca se había interesado en esas cosas, quizás por falta de interés o tal vez porque estaba convencida de que más de la mitad era un auténtico engañabobos para clientes crédulos. Y aun si hubiera uno genuino Rose prefería vivir sin conocer su futuro. En su opinión había una muy buena razón porque se decía que la ignorancia era la felicidad. Saber demasiado podía acarrear un sinnúmero de problemas y complicaciones relacionadas. Podía dar fe de ello.

Casi una hora y cinco pitonisas más tarde podía estar segura de que su primera impresión era cierta. Ni siquiera se había molestado en entrar en aquellos pequeños locales mal iluminados repletos de velas perfumadas y cristales... aparte del fuerte olor a incienso no había ni el más mínimo indicio de poder mágico. 

El sexto hizo saltar su detector de lo paranormal en modo de alarma. Alzó la vista del Google Maps por el que se había estado guiando y echó un vistazo alrededor. Se hallaba en el soleado patio trasero de un viejo conglomerado de apartamentos junto al río, en el límite entre la parte antigua de la ciudad y la más nueva. A parte de unos pocos arbustos, un par de bancos de pintura desconchada y una vieja tapia nada llamaba la atención. Haciendo esquina el pequeño establecimiento se distinguía en poco de los que había visitado previamente. Un escaparate de cristal repleto de cristales, cartas de Tarot y amuletos varios sobre fondo de terciopelo y una puerta cubierta por una larga cortina de cuencas de vidrio. Un gran letrero brillante sobre la entraba rezaba: "Madame La Laurie" Pero a pesar de su aspecto algo era diferente. El suave y burbujeante cosquilleo de la magia en el aire. Casi imperceptible pero indudablemente presente.

Echó un último vistazo dudoso al rededor y se decidió a probar suerte. Después de todo ya había llegado hasta allí y no tenía nada que perder. O al menos esperaba no perder nada importante. Sabía que algunos ocultistas gustaban de pedir partes corporales o fluidos humanos a cambio de sus favores. Contuvo un escalofrío y sacudió la idea lejos. "Madame La Laurie" parecía lo suficientemente común y humano para no entrañar grandes peligros para sus órganos. O eso esperaba.

Dio un paso adelante con decisión y abrió la puerta. Al instante el simpático tintineo de unos cascabeles llenó la estancia acompañado por el maullido perezoso de un gato. Apartó con una mano la cortina de cuencas de vidrio y se aventuró al interior. Era un local pequeño y limpio de suelo de azulejo y paredes blancas con estanterías repletas de figuritas, velas, cartas, dados, talismanes y demás artilugios que pudieras esperar encontrar en una tiendita de ocultismo como aquella. Nada aterrador y nada demasiado fuera de lugar. En realidad era un lugar bastante agradable a la vista. Sobre el mostrador de cristal junto a la caja registradora un enorme gato negro se desperezó al verla entrar y se sentó a lamerse debidamente la pata delantera. Sus redondos y brillantes ojos ambarinos la observaron en silencio y Rose se sintió misteriosamente embebida por ellos. Después abrió la boca y volvió a maullar.

-Ya voy, querido, ya voy- anunció una fuerte voz de mujer desde una puerta tras el mostrador- ¿Es un cliente? Deme solo un momento, en seguida estaré con usted.

Como si estuviera satisfecho con la respuesta el gato terminó de lavarse y con agilidad felina saltó al suelo. El enorme cascabel dorado que colgaba de su cuello con una cinta de terciopelo rojo tintineo y Rose no pudo apartar la mirada de él. El animal pasó a su lado como una exhalación, mientras lo hacía sus ojos volvieron a encontrarse un instante y conectaron, la mirada del felino asombrosamente inteligente, y la joven sintió un leve cosquilleo. Después desapareció por entre la cortina de cuencas al exterior y la muchacha lo perdió de vista.

-Ya estoy aquí, ya estoy aquí- Madame La Laurie hizo su aparición por la otra puerta de la tienda, la que suponía que daba al cuarto donde hacía las predicciones.

Era una mujerona ya bien entrada en los cincuenta, bajita y más bien rechoncha. Vestía una larga falda morada y una camisa que parecía haber sido cosida con distintos penachos de tela de colores dispares bajo un chaleco de color escarlata que hacía juego con su despeinada y corta mata de rizos teñidos de un rojo antinatural. Llevaba unas enormes gafas de pasta roja que hacían sus ojos verdes un par de veces más grande de lo que era natural y le daba cierto aspecto de búho. Completaba su atuendo con tantos colgantes, brazaletes, anillos y pulseras que cada vez que hacía un gesto todo su cuerpo comenzaba a tintinear.

Rose no pudo evitar preguntarse si aquel atuendo era parte de su trabajo o si la mujer realmente carecía de gusto para la ropa. Una cosa era segura, Madame La Laurie no dejaba a nadie indiferente. 


sábado, 14 de julio de 2012

7.- Un encuentro

El amanecer despuntaba el horizonte con un misterioso resplandor violáceo cuando Rose salió de casa. Tuvo una sensación extraña. Como si el mundo hubiera dado la vuelta y lo que contemplaba fuera el crepúsculo en vez de la madrugada. El cielo parecía haber sido acuerelado en tonos rosados y lilas por el pincel de la noche, casi como si se resistiera a marcharse y aleteara en el último suspiro de la mañana. Como si el día tocara a su fin en vez de a un comienzo. Como si el mundo empezara a decaer. Era una sensación en verdad extraña.

Por suerte cuando cruzó de puntillas la puerta del jardín  y la cerró con cuidado a sus espaldas ningún vampiro hizo acto de presencia para preguntarle que narices estaba haciendo escapando sigilosa a la madrugada. Si sus padres adoptivos estaban fuera, dormidos o simplemente dejándola hacer lo que le diera la gana no lo sabía y francamente poco le importaba. Tan solo quería salir de allí y regresar a la realidad, sentir que tenía de nuevo en sus manos las riendas de su vida.

Decir que estaban fuera venía a ser un sinónimo de "estar de caza". Aunque Rose nunca lo hubiera visto era perfectamente conciente de en que consistía la dieta de sus guardianes y agradecía en secreto no ser parte de ella. Por otro lado, los vampiros no dormían sino que caían en una especie de estado catatónico cercano a la muerte; profundo, inmóvil y tan frío que uno pudiera confundirlos fácilmente con un cadáver. Ya que no dormían Rose suponía que aquel estado era su única escapatoria cuando les fallaban las fuerzas para seguir adelante. De una cosa estaba segura, no importa lo sigilosa que fuera o intentara ser jamás lograría escabullirse inadvertida a menos que ellos lo permitieran o no estuvieran en casa.

Despidió los pensamientos con una sacudida de cabeza y comprobó la hora en su viejo reloj de pulsera, más por costumbre que por necesidad. Era lo suficientemente temprano para no cruzarse con ningún vecino y no encontrar una tienda abierta. Por suerte aún tenía media hora a pie hasta el centro de la ciudad. Desventajas de vivir en la cima de una colina, en el barrio más rico y caprichoso de la capital. Pero en aquel momento le venía bien. Podía hacer un poco más de tiempo si se demoraba cruzando el parque antes de ir a desayunar a su cafetería favorita, "Lil' Madeleine". Se frotó las manos y sonrió por primera vez en toda la noche. Sonaba como un buen plan.

Rondaban las 8 de la mañana cuando llegó a "Lil'  Madeleine ". Semioculto en la esquina de un estrecho callejón del Casco Antiguo de la ciudad, el pequeño café parecía salido directamente de la pagina de un cuento de hadas. Las grandes macetas desbordantes de hortensias rosas era lo primero que captaba la atención del caminante, como un sorprendente estallido de color en la penumbra de la calle. A través de un gran escaparate podías contemplar el simpático interior de suelo, paredes y techo blancos con molduras florales, cortinones rosas y mesitas y sillitas de madera pálida con cojines estampados que parecía haber cobrado vida de alguna vieja fiesta de té en el patio trasero de la casita de campo de una dama victoriana. Pero lo que cautivaba al espectador era el mostrador repleto de magdalenas de todos los colores y sabores imaginables, tartas, galletas, bizcochos y chucherías varias. Aquel espectáculo dulce era un festín para los sentidos y la razón por la que Rose se pasaba siempre que podía. Para satisfacer su instinto goloso.

Abrió la puerta y el alegre tintineo de una campanilla le dio la bienvenida. Al instante el fuerte aroma a café, chocolate y dulce la envolvió como un viejo amigo al que había echado demasiado en falta.

-Buenos días, Carl- saludó alegremente al chico que pasaba distraídamente un paño por la barra y se dirigió directamente a su lugar habitual, la pequeña mesita junto a la ventana desde donde tenía una vista privilegiada de la calle y el resto del local.

A pesar de la hora temprana un hombre fornido ya sorbía su café enfrascado en la lectura del periódico al  fondo del establecimiento y dos jóvenes con aspecto de turistas charlaban animadamente sobre sus humeantes tazas de chocolate y sus magdalenas a medio comer. A primera vista podían parecer fuera de lugar en aquella cafetería más propia para princesas de Disney pero Rose sabía por experiencia que las delicias de "Lil' Madeleine" atraían a todo tipo de clientela.

Alzó la vista cuando alguien se detuvo a su lado. Carl le sonrió y sus redondos y brillantes ojos de chocolate chispearon. Su rostro redondo y lampiño parecía resistirse a dejar del todo la infancia atrás y su constitución menuda y el gracioso delantal de magdalenas de colores que siempre vestía acentuaban la sensación de encontrarse ante un hombre que aún era niño. Pero Rose sabía a ciencia cierta que Carl era mayor de lo que aparentaba. También sabía que no era del todo humano, aunque no hubiera podido explicar cómo lo sabía ni qué era en realidad. Si alguien le hubiera dicho que poseía sangre feérica o que era el descendiente de un duendecillo del bosque se lo hubiera creído. Lo que sí podía confirmar a ciencia cierta es que tenía una mano asombrosa para crear las bebidas e infusiones más sorprendentes, un viaje mágico para el paladar y los sentidos.

-¿Qué me has traído hoy?- le preguntó echando una miradita curiosa a la bandeja del camarero.

La sonrisa de Carl se ensanchó.

Era un juego que se traían. Cada vez que Rose lo visitaba el muchacho la sorprendía eligiendo un postre y creando una bebida exclusiva para él. Cada día tenía algo nuevo y la joven lo aguardaba expectante como una niña en la mañana de navidad.

- ¡Tachán!

Le presentó sobre la mesa un largo vaso con un espeso líquido blanco con estrías rosas coronado con un montículo de nata y un canuto de barquillo de fresa.

-Como hace calor he creado un refrescante batido de chocolate blanco y frambuesa ideal para empezar el día de forma refrescante- explicó con aquel leve acento que alargaba el final de las palabras que que nunca había podido identificar y Rose sintió como la boca se le hacía agua- el acompañante ideal para este delicioso cupcake de mousse de frambuesa gentileza de nuestro chef  Senji.

El cupcake era una auténtica obra de arte de magdalena y mousse rosa coronada por una pequeña mariposa de azúcar que parecía dispuesta a echar a volar en cualquier instante. Sin más explicaciones hundió la cucharilla en el dulce y se lo llevó a la boca. Dejó que el sabor a frambuesa comenzara a deshacerse en su paladar antes de empezar a masticar lo complementó con un pequeño sorbo de la bebida. Dejó escapar un suspiro satisfecha.

-Excelente. Os habéis vuelto a lucir- exclamó. Carl sonreía abiertamente sin ocultar su orgullo y parecía literalmente flotar- ¿Puedo felicitar también al repostero?

Como si la hubiera oído (lo cuál no era difícil en el pequeño local) Senji asomó la cabeza desde la cocina y asintió en reconocimiento antes de volver a desaparecer. Costaba imaginar a un hombre más opuesto a Carl y más fuera de lugar en "Lil'  Madeleine". Si Carl era menudo y aniñado, Senji era alto, delgado y estoico. Llevaba el lacio cabello oscuro siempre un poco más largo de la cuenta repeinado hacia atrás y habitualmente vestía un monocromático conjunto de zapatos, pantalones y camiseta negra que lo hacía ver inevitablemente ridículo en contraste con el pequeño delantal de flores que siempre se ponía para cocinar. Pero a pesar de su aspecto Senji era el corazón de la cafetería, el increíble creador de todos los postres que adornaban el mostrador y eran la denominación de origen del local.

Rose se llevó una nueva cucharada a la boca y comenzó a pensar como podía describir aquella sensación de frescor y dulzura que se deshacía en su lengua, pero justo en ese instante sonó la campanilla y Carl se apresuró a atender a sus nuevos clientes.

Se recostó en la silla y se dedicó a disfrutar de su desayuno sin prisas mientras contemplaba distraídamente a los transeúntes que iban y venían por el callejón. Aun con su lúgubre aspecto se encontraban en pleno centro de la ciudad, en la zona más antigua, histórica y cultural, y no era poca la gente que pasaba por allí.

Mientras sorbía la última gota de su batido la silueta alta y esbelta de un hombre le llamó la atención por el rabillo del ojo. Giró la cabeza para que entrara en su campo de visión al tiempo que él pasaba de largo frente al escaparate. Su mano se detuvo en el aire a medio camino de llevarse el vaso a los labios y por un momento se olvidó de todo lo demás. El hombre continuó su camino ajeno a ella por completo. Era alto y atlético y rondaría los 30 aunque su forma de vestir lo hacía parecer mayor. Una cazadora de cuero marrón con pelo blanco en el cuello a pesar del calor veraniego, un pañuelo azul marino anudado en torno a la garganta y una gorra de marinero sobre el cabello de un rubio tostado peinado hacia atrás. Aun con su extraño estilo era atractivo, muy atractivo de una forma madura, y más importante aún, era un vampiro. Un vampiro antiguo y poderoso. Muy poderoso. Rose lo podía sentir en el cosquilleo de cada poro de su piel, en cada vello que se erizaba a su paso, en el nervioso hormigueo que ascendía por su espina dorsal...

Dejó un billete sobre la mesa, recogió el bolso y se puso precipitadamente en pie. Salió del café casi a la carrera bajo la mirada sorprendida de Carl y se detuvo en medio de la calle. Miró a un lado y otro frenética buscando desesperada la espalda del hombre. Nada. Ni rastro. Parecía haber desaparecido en el aire. Se pasó una mano distraída por el cabello mientras se mordisqueaba el labio inferior nerviosa.

-Te has dejado el cambio- le dijo Carl con suavidad apareciendo a su lado. Al parecer la había seguido.

Rose aceptó las monedas que le tendía sin prestarle atención y murumró algo que esperaba que se pareciera a "gracias".

-Rose... ¿te encuentras bien? - preguntó el camarero despacio, su voz denotaba preocupación.

-Umm... Sí, claro, no te preocupes- contestó la muchacha automáticamente mientras sus ojos continuaban buscando frenéticamente la silueta del hombre- Solo... solo me ha parecido ver a... a alguien.

Pero su mente estaba lejos de allí, volaba hacia el misterioso desconocido.

Había un vampiro nuevo en la ciudad. Un vampiro antiguo y poderoso. Eso solo podía significar dos cosas: secretos o problemas. Y en experiencia de Rose con los vampiros probablemente significara una buena ración de los dos.


viernes, 13 de julio de 2012

6- Rose

La madrugada la sorprendió hecha un ovillo bajo el edredón y con los ojos abiertos de par en par como un búho. No había logrado conciliar el sueño en toda la noche y no creía que al amanecer fuera a tener mejor suerte. Empezaba a lamentar su apresurada decisión de seguir a la Muerte en una tarde tan maravillosa de verano como la de ayer. Parecía que aquel pequeño capricho insensato había puesto en marcha la Rueda del Destino. No era bastante con que un hada muerta le hubiera echado los dados y encima la cara hubiera salido blanca, lo que no tenía ni idea de que significaba pero por alguna razón la hacía sentir inquieta. Estaba seguro que Los Limpiadores estarían buscándola y por si fuera poco la había visitado el Destino en plena noche.

Tal vez debería visitar algún experto en dados y azar. En toda la gran ciudad debía de haber al menos alguna pitonisa genuina y no un engañabobos para clientes ingenuos. Esos sí abundaban pero con el sexto sentido de Rose para lo paranormal suponía que no le costaría encontrar una fuente de fiar. El problema de las "Fuentes de Fiar" era que a pesar de que la información era fidedigna y no un engaño para mortales, el precio a pagar podía ser bastante alto. Como un ojo por ejemplo o una gota de sangre... y dios sabía que de cosas se podían hacer con una gota de sangre. Y pocas de ellas eran buenas. Eso por supuesto si existía un dios. Ella al menos nunca había visto uno y en sus dieciocho años había visto muchas cosas, la mayoría inexplicables para los simples mortales. Pero Rose no era una simple mortal aunque para ello tampoco tenía explicación. Alguien le había dicho una vez que su tercer ojo, ese que según dicen se encuentra en la frente entre los otros dos, estaba completamente abierto. La mayoría de las personas lo tienen completamente cerrado, hay quién lo puede abrir parcialmente de vez en cuando, pero en el caso de Rose era como otro ojo más, un ojo vigía y siempre alerta. Como el sexto sentido de un perro. Y ese ojo le permitía ver cosas que otros no veían, admirar ese otro universo fantástico que cohabitaba los recovecos oscuros del mundo mortal. Cosas que ni siquiera sus guardianes, sus adoptivos padres vampiros podrían nunca percibir. Cosas tales como la Muerte, los fantasmas o el mismo Destino. Cosas contra las que no se podía luchar y que la hacían sentir completamente desvalida e insignificante. Innegablemente mortal. 

Y a pesar de ser mortal Rose no era en absoluto corriente. Y tampoco había tenido una vida corriente. Eso saltaba a la vista. Adoptada y criada por dos vampiros desde que tenía memoria y con otros dos guardianes inmortales a los que no conocía, Rose había crecido intentando llevar una vida lo más común posible entre un sinfín de fenómenos paranormales. No era de extrañar que no tuviera muchos amigos, amigos humanos al menos, aunque había descubierto que hacer amigos con los inhumanos tampoco era tarea nada fácil. Era perfectamente consciente de que su misma existencia era antinatural, más antinatural aún que sus padres adoptivos chupasangre, y siempre vivía con ese pequeño temor a que los Limpiadores la encontraran, esa anormalidad en el Orden Natural de las cosas y decidieran limpiarla. Es decir, quitarla del mapa y devolver las cosas a su lugar original. Por suerte tenía unos poderosos guardaespaldas centenarios como "padres" más que dispuestos a protegerla y uno podría pensar que con semejantes guardianes Rose no tendría nada que temer. Pero había cosas en el universo que incluso escapaban al control de Marcus y Cecil, cosas que sus agudos sentidos no podían percibir, cosas que aun si pudieran percibirlas contra las que no podrían luchar... cosas tan antiguas y absolutas como la creación del mundo y puede que incluso el nacimiento del mismo Universo. Cosas como la Muerte y el Destino.

El recuerdo de El Destino sentado impecable en su traje y bombín negros observándola impasible desde la esquina de su habitación le provocó un escalofrío. Racionalmente pensó que era estúpido comportarse así, preocuparse por cosas inevitables que escapaban a su comprensión. Pero no podía evitarlo. Nunca le había gustado el Destino, la idea de que una fuerza ajena a ella controlara y decidiera su vida. Quería creer que con su propia voluntad podría coger las riendas de su propia existencia aunque sin duda alguien o algo superior a si misma hubiera preparado el escenario. Ella sería quien diera los pasos y decidiera que dirección tomar. Y por ahora podía empezar por reunir el valor para dejar de temblar y salir de la cama.

Reunió el suficiente para asomarse y aventurar un rápido vistazo a su dormitorio por entre las sábanas. Nada inusual. Los primeros rayos del amanecer se colaban por los resquicios de su persiana entre abierta y dibujaban los contornos de los objetos conocidos  en la penumbra de su habitación. La montaña de papeles sobre el escritorio, el portátil abierto al lado, la bola de ropa sobre la butaca, la silla de mimbre felizmente vacía junto a la ventana... Todo cotidiano y completamente normal. Respiró aliviada y sintió los latidos de su corazón ralentizarse. No había sido consciente de lo nerviosa que estaba hasta que la luz del día y la normalidad la habían tranquilizado. Sintió todos sus músculos relajarse y recobrar su habitual compostura. Aún así comprendió que no sería capaz de conciliar el sueño por hoy. Afuera amanecía un precioso y soleado día de verano que amenazaba con ser caluroso, un día ideal para levantarse temprano y salir a dar una vuelta por la ciudad en busca de algunas respuestas. Y de paso a ver si se le refrescaban las ideas.

Pateó el edredón a un lado sin muchos miramientos y tuvo que pelearse un momento con el nudo que se había hecho con las sábanas como protección. Una medida estúpida porque no es como si las criaturas sobrenaturales tuvieran un particular impedimento con atravesar sábanas, empezando con sus dos compañeros de piso. Pero era humana después de todo y era asombrosa la falsa seguridad que podían proporcionar un manojo de sábanas.

Cuando al fin se libró de su propia prisión de tela, puso los pies descalzos sobre el frío entarimado de madera y se dirigió hacia el baño. Lo primero en el orden del día era una buena ducha que la ayudara a despejarse y quitarse la capa de frío sudor que la recubría. 

El baño comunicaba cono su dormitorio y era enorme. Y lo mejor de todo, era suyo. Es decir, que nadie más que ella tenía derecho a usarlo. Era una de las ventajas de tener a vampiros centenarios e inmortales como tutores legales. Eran ricos, vivían en una gran mansión y nunca le faltaba de nada. De nada que fuera peligroso al menos. Es decir, que estaba enfrascada en una larga guerra fría con Marcus para que le permitiera tener un coche. Por ahora no había logrado grandes avanzas y estaba en proceso de replantear su estrategia. Aunque teniendo en cuenta lo que le había costado que le comprara una bicicleta la llevaba clara. Como ya había comentado Marcus era ligeramente sobreprotector y cualquier cosa que pudiera implicar un mínimo riesgo para la vida humana estaba fuera de límites. Lo cuál enumeraba ya una larga lista de objetos y experiencias. La vida humana era muy frágil a ojos de un inmortal y Rose quebradiza como un cristal. Le extrañaba que el vampiro moreno no la hubiera envuelto en algodón y metido en una caja aún "por su propia seguridad". Desventajas de tener un padre vampiro, imaginaba. No es como si conociera a alguien en su misma situación con quién poder hacer comparaciones.

Por suerte tenía a Cecil con una filosofía de la vida completamente diferente. Si Marcus la quería preservar lejos de todo peligro, Cecil era de la opinión de que el mejor método para estar a salvo era saber defenderse. Gracias a él Rose había conseguido su tan deseada bicicleta, había aprendido a andar en moto a los 16, se había sacado el carnet de conducir y había tomado clases de autodefensa y diversas artes marciales. Todo a espaldas de Marcus, por supuesto, porque el vampiro era temerario y aventurero pero lo bastante sensato para no hacer enfadar a su compañero y preservar intacta la paz de su extraño hogar.

Otra desventaja de haber crecido con inmortales era que eran tan endiabladamente hermosos que incluso para ella, que los había visto a diario desde antes de que tuviera memoria, era difícil resistirse. A comienzos de sus años mozos había tenido serios problemas intentando decidir quién de los dos sería un mejor partido para su primer gran amor platónico. Después había comprendido que un amante no-vivo no podía traer nada bueno y había tenido que aprender a mantener los latidos de su corazón a raya. Se había sentido preocupada por esos sentimientos no muy adecuados por sus "padres" hasta que en clase de filosofía les habían informado que el primer amor de toda mujer era su padre y el de todo hombre su madre. Por suerte era una etapa pasajera aunque siempre buscaríamos algún rastro de ese primer amor en nuestras parejas. Eso la preocupaba ligeramente. Esperaba que el parecido no fuera por el lado de "no ser mortal". Quien quiera que hubiera escrito esa teoría seguro que no había tenido la suerte de ser hija adoptiva de dos más que atractivos inmortales sino la cosa no le hubiera parecido tan sencilla. Sin embargo ya podía sentirse más tranquila por sus a veces descontrolados instintos electristas. Por suerte había aprendido a controlarlos. Por desgracia, debía echar la culpa a sus dos sexys padrastros de no haber encontrado aún ningún tipo de interés por ninguno de los chicos mortales de su edad. Le habían puesto el listón y las expectativas demasiado altas.

Abrió el grifo y dejó que corriera un poco el agua mientras se libraba del camisón empapado en sudor y hacía uso del inodoro. Después se metió bajo la ducha y permitió que el agua templada lavara sus preocupaciones. 

Ella era Rose. Le habían puesto el nombre en honor a la flor, una flor hermosa pero fuerte y llena de espinas que sabía protegerse. Ella era Rose, una rosa silvestre en aquel jardín salvaje que era su vida. Fuera lo que fuera que le deparara el destino tendría que estar preparado para sentir el mordisco de sus espinas. El futuro era suyo, así lo había decidido, y ni todos los Agentes del Destino del mundo podrían arrebatárselo.



lunes, 9 de julio de 2012

A veces

De regreso a mi ciudad,
paseando por las calles
que una vez pisamos juntos
de pronto se asoman los recuerdos
al ventanal de mi memoria
y sin quererlo
pienso en ti.

Todos los momentos
que pudieron ser y nunca fueron,
todas las palabras
que sin nacer en mis labios perecieron,
todos los sueños
que cautivos de mis miedos
sin volar se extinguieron...
todos ellos
son cenizas del pasado.

Y me pregunto
si alguna vez piensas en mí,
si soy tan siquiera un recuerdo
o si ya me has dejado atrás,
abandonada en la encrucijada del tiempo.

Para serte sincera
yo ocupada con vivir
raramente te pienso
pero a veces regreso
de paseo
por el jardín de nuestros momentos
y entonces me pregunto
lo que pudimos ser y nunca fuimos,
lo que fuimos y nunca seremos,
en días como hoy
cuando a la deriva navego
por el mar de la nostalgia,
hasta que la realidad llama a la puerta
y te dejo marchar sin lamento,
confío en que llegaremos a buen puerto,
mientras serás siempre una isla en mi océano,
un momento agridulce,
una ráfaga de viento
que hondeó la bandera de mis sentimientos,
las cenizas apagadas de un viejo fuego,
las nubes que algodonaron un sueño,
serás un principio que nunca comenzó
y el punto que puso final a una frase
y dio inicio a un capítulo nuevo.

De regreso a mi ciudad
paseando por los recuerdos
que nunca fueron nuestros
de pronto se asoma la nostalgia
al ventanal de mi memoria
y sin quererlo
me pregunto
si a veces piensas en mí
como yo hoy en ti.


domingo, 1 de julio de 2012

Un milagro llanado destino

Sentada frente a la ventana
ve pasar las horas,
una mujer que se marchita
como una rosa,
la misma rosa que en un vaso de cristal
sobre la mesilla de noche
le recuerda que todo acabó,
esa rosa cuyos pétalos
alfombran el otoño de una relación,
un camino de resquebrajadas hojas
que dan la bienvenida
a un invierno sin amor.

En algún lugar de la ciudad
el carmín rojo de unos labios de amapola
sella con un beso una despedida
y sin lágrimas un hombre la llora,
unos tacones se alejan
por una calle desierta,
mientras el viento arrastra
el último aroma de la primavera
y se apaga la chispa de la esperanza
como en la noche muere una estrella.

En una inmensa ciudad
entre barrotes de frío metal
dos corazones rotos
lloran la ausencia,
no saben que el destino
les ha preparado el escenario
y tan solo falta que ellos mismos
escriban el guión.

Como una balada
las estaciones pasan,
como mariposas atrapadas
en un poema sin poder volar,
un día la mujer se asoma a la ventana
y ve una nueva rosa en el jardín,
un buen día el hombre alza la mirada
y descubre una nueva estrella en el cenit.

En una inmensa ciudad
bajo los rayos del tímido sol
dos corazones rotos
laten a un mismo son,
se encuentran y se funden
y en su abrazo vuelven a ser enteros,
uno lleva las cicatrices
que las espinas de un viejo amor le dejó,
el otro está tatuado
con el carmín rojo que lo estranguló,
puede que necesiten tiempo
para volver a funcionar
pero en esta inmensa ciudad
que se encontraran
y tuvieran el valor de volver a amar
es un milagro llamado destino.