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jueves, 1 de diciembre de 2011

El Club de los Corazones Rotos 7: Interludio (Marco)

Más que verlo lo sintió, el frío viento de la puerta al abrirse, remanso de una conocida borrasca de sentimientos. Era un viento frío, húmedo como las lágrimas, como el aullido que se colaba por el resquicio de una herida reciente y que tardaría en cicatrizar. En el tiempo que Marco llevaba trabajando en "El Club de los Corazones Rotos" había aprendido a reconocerlo, el gemido de un alma que llegaba perdida en busca de consuelo.

Lentamente alzó la vista de la bandeja de plata que había estado puliendo y sus ojos recorrieron el camino hasta la puerta. El corazón se le cayó a los pies al ver allí de pie al mismo fantasma del despecho. 

Era una mujer joven, no podía tener más de 20, de mediana estatura y delgada. El largo cabello castaño le caía chorreante sobre el rostro ocultando sin duda un mar de amargas lágrimas. Vestía un largo abrigo azul marino empapado por la lluvia que abrazaba su desvalido cuerpo tiritante, tembloroso, mojado, frío y dolorido. A sus pies un charco de agua comenzaba a formarse, como un pozo de penas que se extendía y amenazaba con inundar la tierra bajo sus pies, el mundo sobre el que se sostenía. Y la puerta abierta a sus espaldas aullaba con el llanto de la tormenta.

"Y es Nochebuena"-pensó con tristeza.

No es que importara mucho, en aquel club cualquier día era lo mismo y las navidades eran la época idónea para que los corazones rotos llegaran a él, algunos en busca de protección, otros huyendo del mundo. 

Marco se limpió las manos en el delantal negro, se puso de pie y se apresuró hacia ella. Llevaba el suficiente tiempo trabajando allí para reconocer aquella angustia tan profunda que hacía temblar los cimientos de la propia existencia. Era una mentira piadosa, en realidad trabaja allí precisamente porque era capaz de reconocer a aquella vieja compañera, pero siempre se le había dado bien mentirse a si mismo. Era su forma de mantener la tierra bajo sus pies en calma. Y tal vez ahora podría equilibrar la tierra de otra persona, la de aquella muchacha cuyo llanto sin voz resonaba en su conciencia como una llamada.


domingo, 13 de noviembre de 2011

El Club de los Corazones Rotos 6: Interludio (Joseph)


Sintió el frío de la puerta al abrirse a sus espaldas. Sus dedos se detuvieron un instante sobre el piano temblorosos. Reconocía aquella ráfaga fría de viento, no era obra del gélido invierno sino de un nuevo corazón roto que llegaba buscando refugio. Por alguna razón aquel conocido sentimiento lo golpeó de lleno, pero sin ni siquiera volverse a ver quién había llegado sus dedos volvieron a deslizarse sobre el piano continuando su improvisada melodía como si nunca se hubieran detenido sin saber que un corazón había empezado a resonar al son de su canción.


domingo, 6 de noviembre de 2011

El Club de los Corazones Rotos 5: La melodía de un corazón roto (Ariadna)

¿En que momento había volado mi paraguas rojo? ¿Fue cuando reconocí su rostro? ¿O fue cuando nuestros ojos se encontraron? ¿O fue en un instante entre ambos mientras la sorpresa, el horror y la comprensión hacían mella en lo más hondo de mi confuso corazón? No lo sé, pero en un momento de ese eterno instante el paraguas  voló de mis manos, el enorme paraguas rojo que tantas veces nos había refugiado, el que había sido testigo de nuestras risas y nuestras pequeñas discusiones, el paraguas rojo que reflejaba nuestro amor en mis recuerdos... voló como si todo lo que representaba no hubiera sido sino una mentira, un sueño, la ilusión de una tarde de verano que se evaporaba con la primera tormenta otoñal.

¿Fui yo quien lo dejé caer o fue el viento quien me lo arrebató? ¿Fui yo quien dejó escapar el amor o fue la vida quién se lo llevó? Como si aquel paraguas lo representara todo, cuando mis dedos dejaron de sostenerlo, mi mundo se quebró, se se confundió en un amasijo de promesas perdidas, luces de colores y villancicos de navidad que prometían alegría, amor y paz. Todo una gran mentira. Aún hoy escucho el sonido de cristales rotos que hizo mi corazón al perder su soporte y caer, y caer y caer...

¿Cuál fue la expresión en el rostro de Alex? ¿Se contrajo en una mueca de sorpresa? ¿Reflejaba culpa, remordimientos y dolor? ¿O acaso dibujaba el alivio de haber sido descubierto y poder acabar con el engaño? Hasta el día de hoy no lo sé y probablemente no lo sabré nunca. La realidad se coló en mi corazón como una ciencia confusa y el frío arremetió contra mi pecho con dedos de metal que dejaron una huella tan honda en mi corazón que aún hoy llevo su marca. La lluvia repiqueteó contra mi cabeza y cada gota resonó como una campana que me devolvía al mundo, al igual que las doce campanadas para cenicienta y al igual que la sirvienta que despertó de su sueño de princesa, desperté a un mundo sin promesas, di la vuelta y eché a correr, sin ningún pensamiento, sin ningún destino, tan solo huyendo de la realidad que amenazaba con enfrentarme a aquel amor que había muerto y arrastrarme lejos de las tierras de cuento que yo misma había inventado.

Corrí sin rumbo, sin pensamientos sin pararme a escuchar si Alex me llamaba o me dejaba ir... tan solo corrí con una sola imagen que se repetía en mi mente como una paisaje navideño dentro de una bola a la que algún niño cruel no hacía más que dar la vuelta una y otra vez como si mi vida se tratara de un juego. Y en mi mente bailaba una y otra vez el brazo de Alex en torno a la cintura de otra mujer, su gabardina dándole cobijo y sus labios refugiándose en el abrigo de otros labios que no eran los míos. Pero ante todo me desgarraba la mirada dulce de sus ojos cuando la miraba como si yo jamás hubiera existido en su corazón, como si ella fuera la única mujer sobre la faz de la tierra, la única existencia verdadera... y aquella miraba me ahogaba poco a poco al comprender que aquellos eran los ojos del amor y que él jamás me había mirado de aquella manera. Todo, incluso los dos, habíamos sido una mentira. Lo único real había sido mi estúpido amor.

Mientras corría sin rumbo lejos, muy lejos, de aquella escena que se repetía en mi memoria, lejos, cada vez más lejos, de las calles iluminadas, de los villancicos, de las risas y las promesas... comencé a sentir que me faltaba el aliento. ¿Pero era a causa de la carrera o era por el puño frío que me atenazaba la garganta?

Y el frío que se adhería a mi piel y me penetraba hasta el alma ¿era causado por la lluvia gélida de finales de diciembre o era el último suspiro de un corazón que luchaba contra la muerte?

En el revoltijo de mi menta confusa no quedaba lugar para la razón. Mentiras, verdades, promesas... sueños y realidades... cuentos... todo se arremolinaba en un huracán que amenazaba con  arrasar con todo; incluso con mi corazón. Y en medio de la tempestad, sin saberlo, llegué a su ojo, al centro que había de darme un remanso de paz que aunque falsa me sería necesaria para sobrevivir. Como una balsa a la deriva a la que te aferras en la esperanza de que te lleve a puerto, así llegué yo como un naufrago que ha perdido incluso la brújula que le marcaba el rumbo y es incapaz de distinguir el brillo de la estrella polar entre los nubarrones negros de tormenta... que busca sin saberlo ese trozo de madera que lo mantenga a flote. Y me aferré a él con la desesperación de quien no quiere despedirse de la vida, de quien no quiere dejar marchar el amor...

Así llegué a aquel callejón sin salida de ladrillos oscurecidos por el humo, el tiempo y los sueños perdidos de aquella gran ciudad. Puede que sin saberlo aquella noche mis sueños rotos hubieran traído una mancha más a su pared. Si hubiera estado en mi sano juicio, o en un estado en que pudiera llegar a ver algo más que el brillo de mis lágrimas mezclarse con el llanto de la lluvia y cristalizar en mis pestañas antes de despeñarse hacia su muerte... nunca hubiera puesto un pie en aquella siniestra callejuela donde en cada rincón parecían acechar los fantasmas y los hombres que habían perdido todo. Una calle que estoy segura los corazones sanos y enteros evitan sin pararse a pensar, por puro instinto de supervivencia... pero mi corazón estaba roto y su herida aún abierta supuraba un dolor que podía llegar a envenenarlo. Pasarían muchas noches antes de que coagularan las esperanzas que se estaban empezando a desangrar.

Así que me gusta creer que fue el destino, como una llamada que tan solo los desesperados podemos escuchar, el que me guió hasta aquella calle de mala muerte y a aquella misteriosa puerta lacada en rojo sin letrero ni cartel, ni marca que la identificara. Pero realmente lo que me invitó a entrar fue la melodía quejumbrosa de un piano que resonó con mi corazón; una canción que reconocí pese a jamás haberla oído, la sonata de un piano solitario, la melodía de un corazón roto... los dedos que lloraban la pérdida del amor.

Y mi mano hizo algo que jamás hubiera hecho de haber estado lúcida, sostener temblorosa el pomo de una puerta desconocida, girarlo y empujar con suavidad para revelar el interior de un bar de paredes negras, muebles rojos y personas grises. El olor a alcohol, perfume y tabaco; la música y el tenue aroma de la soledad que acompaña a los corazones rotos me invitaron a pasar.

El Club de los Corazones Rotos me daba la bienvenida.


martes, 18 de octubre de 2011

El Club de los Corazones Rotos 4: Sonata para un piano solitario (Joseph)

Sin saber como se había vuelto una costumbre.

Noche tras noche sentarse en la esquina más alejada del club, protegido por la semipenumbra, y sorber en silencio meditabundo una taza de café negro que se iba enfriando poco a poco, como su corazón a medida que pasaba el tiempo. Le gustaba contemplar las volutas de vapor desvanecerse como sus recuerdos sin que nadie derramara una lágrima por ellas. 

Y el piano siempre estaba en su punto de mira. Oscuro, viejo, ajado, cansado... siempre esperando al amante que lo había abandonado y nunca regresaría a buscarlo. A medida que pasaban las horas solitarias y vacías sus pensamientos se iban confundiendo en torno a aquella única taza de café y se empezaba a preguntar si cuando miraba al piano no se veía a si mismo, si aquel instrumento que ya nadie tocaba no sería un reflejo de si mismo, un fantasma que se sentaba a acecharle siempre en aquella vieja esquina, para recordarle todo lo que había amado y todo lo que había perdido.

Al principio había intentado huir, escapar de su imponente presencia. Se había sentado noche tras noche dándole la espalda, deliberadamente pretendiendo ser un cobarde. Pero podía sentirlo allí detrás, esperando que volvieran a acariciar sus teclas, añorando los días de gloria en que la melodía nacía de sus fauces. Y le dolía. Imperceptiblemente sus manos se movían buscando unas teclas imaginarias que habían muerto y solo habitaban en su recuerdo. Quería tocar. Después de todo, o quizás a pesar de todo, la música era parte de si mismo, la innegable esencia de su alma, la sustancia de sus días... Pero lo que una vez había sido el sumun de la alegría ahora no era sino un muñón sangrante, doloroso, supurante de nostalgia. Ella se lo había robado todo, incluso su música, incluso su alma...

Y a pesar de que se había prometido no volver a tocar, estar frente a frente con aquel viejo piano abandonado y no acariciar sus teclas era tan doloroso como hubiera sido hacerlo. Lo añoraba. Lo amaba. Lo vivía. Era una parte de si mismo que no podría dejar morir hasta que él mismo dejara de existir y exhalara su último suspiro. Y aún así prefería continuar agonizando, compartiendo su silencioso dolor con el vaho de una taza de café y un piano sin nombre, que con las mágicas melodías que podían llegar a crear sus dedos, hacer danzar en su piel.

Hasta que un día un hombre cualquiera había tocado el piano, aquel viejo piano que era su compañero de infortunios. Joseph había sentido un dolor desgarrador en el alma al ver aquellos dedos que no eran los suyos deslizarse por sus teclas con torpeza, arrancando una melodía a trompicones que no lograba nunca sonar completa. A los oídos de un aficionado aquella música hubiera sonado bien, pero a los oídos de un maestro del piano era casi como un llanto, una llamada de auxilio de un camarada herido. Después de todo aquel piano era como un reflejo de si mismo, aguardando incansable el regreso del amante que lo había abandonado, y de pronto siendo acariciado por unos dedos inexpertos que no sabían de ternura... era como una infidelidad. 

Sin percatarse, sus dedos se habían crispado conteniendo el urgente deseo de correr hacia el instrumento y reclamarlo como suyo, de bailar sobre sus notas y llorar juntos. Porque era tan doloroso ver otros dedos que no eran los suyos sobre su teclado, escuchar aquella canción que él no tocaba, aquel quejido, aquella súplica, aquella llamada... Y como un cobarde había huido. Había salido a toda prisa del club, tropezando con la puerta roja que tantas veces le había dado la bienvenida y bajando a trompicones la calle como un borracho, un hombre ebrio de dolor. Aquella noche por primera vez en muchos años había bebido, había bebido hasta caer rendido sobre el suelo de un apartamento vacío, hasta que sus dedos crispados dejaron de tocar las teclas de un piano imaginario...

Le había costado varias noches reunir el valor para regresar, temiendo volver a encontrarse con un pianista aficionado en su piano. Pero había vuelto empujado por la fuerza de la costumbre o tal vez porque aquel era su único refugio, el único lugar donde dejar descansar a su corazón roto.

La vieja puerta roja le había dado la bienvenida como cada noche y se había vuelto a sentar en su rincón apartado de cara al piano. El camarero de siempre, cuyo rostro no se había molestado en recordar, le sirvió sin una palabra su acostumbrado café. Y allí estaba ahora, dejando que las volutas de vaho se desvanecieran sin que sus labios bebieran ni siquiera un sorbo. Los ojos fijos en el piano, dolorosamente fijos en su viejo compañero de infortunios, que en silencio continuaba esperando.

Ni siquiera se dio cuenta. Como si sus pies se movieran por voluntad propia, se puso en pie y caminó despacio hacia el piano. Sus dedos se posaron sobre las teclas tentativos y temblaron. Presionó y nació una nota, luego otra y se juntaron en una melodía torpe y sin sentido. Algunas cabezas se volvieron a mirarle, unos pocos ojos buscaron el origen de la intromisión... pero pronto volvieron a sumergirse en sus asuntos. Aquello era lo bueno del Club de los Corazones Rotos, nadie te prestaba atención. Pero Joseph no se percató de nada, absorto como estaba en su piano. ¿Cuándo se había sentado? ¿Cuándo habían calzado sus pies los pedales? No lo sabía y no le importaba. Tan solo existían él y su instrumento, el mundo milagroso que su música creaba. Al principio sus dedos se movieron con la torpeza de quien no ha practicado en largo tiempo, con la inseguridad que dan el miedo y el dolor... pero poco a poco encontraron su ritmo, el latido que marcaba su corazón, y dejó fluir todas sus emociones, dejó que todos los recuerdos amargos y los pensamientos nostálgicos volaran de su conciencia, hasta quedarse a solas con su música y el mundo que nacía de ella. Su mundo, un mundo viejo que le sonaba nuevo.

Y sus sentimientos se desbordaron sobre las notas, sus dedos rompieron las ataduras y volaron sobre los sueños perdidos, creando sin darse cuenta el comienzo de una nueva melodía; la canción de un corazón abandonado.

Tiempo más tarde alguien la llamaría "Sonata para un piano solitario", pero aquella noche no era más que una melodía sin nombre en manos de un hombre que huía del pasado.


miércoles, 12 de octubre de 2011

El Club de los Corazones Rotos 3: 24 de Diciembre (Ariadna)

En mi tercer año de carrera Alex se licenció con éxito y logró su primer empleo. Cuando me pidió que viviera con él escuché campanas, como si estuviera a punto de cumplir el mayor sueño de mi vida. Estaba segura de que tenía toda la vida por delante y alguien con quien compartirla, que aquel era el primer paso hacia el resto de mis días. Como veis era poco más que una niña enamorada.

Alquilamos un pequeño ático en el centro de la ciudad. No puedo decir que fuera lujoso, ni siquiera pudimos amueblarlo nosotros ya que yo aún dependía del dinero que me mandaban mis padres cada mes y Alex acababa de dar su primer paso hacia la independencia. Pero aquel apartamentito de una sola habitación donde entrábamos poco más que los dos era nuestro nidito de amor, nuestro refugio y nuestro hogar. O eso creía yo. Durante aquel primer año experimenté un nuevo tipo de felicidad, una clase de amor especial, sereno, confortable y apacible como debe de ser una familia y un hogar. Me recreaba en las pequeñas cosas y encontraba alegría en los más nimios detalles como esperar estudiando sabiendo que pronto Alex llegaría, cuando oía sus pasos al otro lado de la puerta y saltaba a recibirlo cuando la llave giraba con un simpático clic en la cerradura. El aroma del café en las mañanas, el olor de su aftersave refrescando el baño, la fragancia de su piel en mis sábanas...Levantar la vista del libro que estaba leyendo y encontrarme con su mirada, resguardarme en sus brazos mientras veíamos la televisión, buscar con los dedos a mi lado y encontrar su mano... 

Si ahora lo miro desde la distancia era una historia de amor bastante vana, pero para mí y me inexperiencia aquella sencillez era felicidad, aquellos momentos eran los que nos reivindicaban. Tal vez si hubiera mirado más allá o si hubiera querido mirar, si me hubiera quitado el filtro del amor, hubiera podido ver que vivía inmersa en mi propia fantasía, pero como siempre estaba demasiado absorta en mí misma y no fue hasta que la realidad me golpeó sin consideración que logré despertar de mi letargo. Y el regreso fue tan doloroso que aún hoy ando recogiendo los pedazos desperdigados de un corazón que se hizo añicos en un instante.

Aquella sería nuestra primera navidad juntos y quería que fuera especial, o así lo decidí yo. Tomé una decisión difícil pero de la que estaba segura no me arrepentiría: por primera vez en mi vida no regresé a casa por navidad. En vez de eso decidí quedarme junto a Alex y disfrutar del calor de nuestros corazones. En mi imaginación preparé una y mil veces una cena sencilla, prendí mil velas aromáticas y vi danzar las lucecillas de colores de un árbol de navidad...

Para que comprendáis mi sacrificio, lo mucho que aquello significaba para mí, debéis saber que siempre he amado la navidad. Las calles iluminadas de colores brillantes, los escaparates adornados con lucecitas y juguetes, los villancicos resonando en cada esquina, los primeros copos de nieve blanca, la emoción de comprar regalos y preguntarse si le gustarán a la otra persona, la anticipación de recibir regalos y el amor de quien los entrega... Sí, soy una romántica empedernida, siempre lo he sido, y lo he vivido hasta la médula, hasta que se desgastó la fantasía y se hizo añicos la ilusión.

Y llegó al fin el 24 de Diciembre y aunque Alex tuvo que trabajar y no regresaría a casa hasta la noche, no me importó. Al contrario, con toda la ilusión de una inocente recién casada me puse manos a la obra, dispuesta a celebrar la mejor nochebuena de la historia. Como veis nunca he sido demasiado exigente. Me pasé el día en la cocina, preparando platos que había visto hacer mil veces a mi madre pero que eran un mundo completamente nuevo para mí, hasta que logré una cena de la que enorgullecerme secretamente. Canté a media voz mientras montaba el árbol, adornaba la casa, ponía la mesa y prendía las velas. Y cuando terminé las preparaciones me senté frente al televisor  a esperar que el tiempo pasara con el corazón ligeramente desbocado.

Hacia el anochecer me asomé a la ventana y vi que comenzaba a llover. Sin pararme a pensar me puse el abrigo, me calcé las botas, cogí el primer paraguas que tuve a mano y salí de casa casi a la carrera. Era el enorme paraguas rojo que Alex tanto odiaba porque decía que cada vez que lo llevaba parecía una mujer, y a pesar de todo, cuando paseábamos juntos siempre era él quien lo sostenía. Sonreí. Iba a buscar a Alex con aquel paraguas rojo, le iba a dar una sorpresa y le iba a resguardar de la lluvia , y aunque se quejaría con una mueca divertida me recibiría con los brazos abiertos, como siempre, y lo sostendría para mí.

Fuera la calle olía a navidad. Las luces de colores iluminaban a los trabajadores que se apresuraban a regresar a sus cálidos hogares, a los compradores tardíos que se demoraban eligiendo los últimos regalos, a los niños que cantaban villancicos pidiendo una limosna y a las parejas que corrían entre risitas y cuchicheos lejos de la lluvia.

Sonreí inconscientemente al ver a una pareja saliendo abrazada de un restaurante. La viva imagen del amor. Ella era alta y atractiva, como solo lo son las mujeres llenas de confianza en sí mismas, y vestía con la atrevida elegancia de los exitosos: unos altos zapatos rojos de tacón de aguja, unas medias oscuras y un ajustado minivestido negro bajo un largo abrigo blanco. El cabello le caía en ondas azabaches sobre los hombros y mangificaba la palidez de su tez impoluta. Pero sobre todo me llamaron la atención sus labios vestidos de carmín rojo que sonreían seductores a su pareja. Y él la sostenía por su cintura contra su pecho, la resguardaba de la lluvia con su larga gabardina y la miraba como solo saben mirarte los hombres enamorados, como si fuera la única en el mundo. La sonrisa se heló en mis labios.

La mujer se apartó suavemente de él y posó un beso de carmín rojo en sus labios, al principio suave y delicado, después hambriento. Y él le respondió con pasión. Ni siquiera tuvo que ponerse de puntillas como yo hacía cada vez que besaba a Alex. Sus labios se encontraron a la altura perfecta y conectaron como viejos conocidos que se reencuentran en las horas más secretas de la noche. Escuché por primera vez el sonido de un corazón que se quiebra. El mío. Porque aquellos labios que él besaba deberían haber sido los míos, aquel abrazo que la sostenía tendría que haberme rodeado a mí, aquella gabardina que la resguardaba debería de haber sido mi refugio y aquellos ojos que la miraban como si fuera la única mujer sobre la faz de la tierra tendrían que haberme mirado solo a mí.

El hombre alzó los ojos y nuestras miradas se encontraron. Hasta el día de hoy llevo grabado a fuego en la memoria el recuerdo de su cara sorprendida, hasta el día de hoy sigo analizando su expresión en busca de un ápice de culpa... Hasta el día de hoy me pregunto si lo que le hizo alzar la vista y encontrarse con la mía fue pura coincidencia, destino o la llamada agonizante de mi corazón al resquebrajarse.

Voló el paraguas rojo que tantas veces nos había refugiado y con él volaron las ilusiones, los sueños y las fantasías, voló la inocencia de un corazón puro, y el llanto y la lluvia empaparon su recuerdo.

Porque aquel hombre que me miraba con sorpresa, aquel hombre que protegía a otra mujer de la lluvia, aquel hombre que rodeaba a otra mujer por la cintura, aquel hombre que llevaba los labios teñidos por el carmín de unos labios que no eran los míos... aquel hombre era Alex.

Aquel 24 de Diciembre sería el primero y el último que pasaría a su lado. Una nochebuena que duró apenas un minuto, lo que tarda en romperse un corazón.


domingo, 9 de octubre de 2011

El Club de los Corazones Rotos 2: se llamaba Alex (Ariadna)

Alex era todo lo opuesto a mí que alguien pudiera ser. Si yo era tímida e introvertida, él era abierto y lleno de vida, tenía una luz que iluminaba automáticamente toda habitación en la que entraba y una calidez natural que atraía a las personas como imanes, como insectos a la luz. Y yo también fui atraída por aquella fuerza magnética, atraída irremediablemente hacia él como un inocente planeta no puede huir de la órbita del sol.

Lo que Alex vio en mí hasta el día de hoy lo ignoro. Tal vez sintió curiosidad hacia aquella joven sombría que deambulaba siempre sola y con mirada perdida por los pasillos de la facultad. Quizás se sintió interesado hacia aquello que no conocía, lo que era diferente al mundo en que vivía, hacia una personalidad que le era extraña, ajena, misteriosa... un tipo de persona que no comprendía. Puede que simplemente fuera inevitable que como polos opuestos nos atrajéramos.

Por supuesto, el fue quien dio el primer paso, yo en mi infinita ignorancia estaba absorta en mi propio mundo como para percatarme de la existencia de aquel universitario un par de años mayor que me miraba, que giraba la cabeza cuando nos cruzábamos en el corredor y me seguía con miradas de soslayo. La primera vez que reunió el valor para hablarme me tomó completamente por sorpresa y apenas pude balbucear unas palabras algo incoherentes. La segunda vez le di la bienvenida con una sonrisa involuntaria. La tercera era yo quien lo buscaba disimuladamente con la mirada por los pasillos a escondidas. La cuarta fui yo quien di el primer paso hacia él tras rumiar un millón de veces una conversación ficticia que nunca sucedió. En cada ocasión mi corazón se desbocó como un loco enamorado. Lo demás fue inevitable.

Yo estaba sola y buscaba compañía y en medio del desierto él era como una llama que me deslumbraba y nunca moría. Alex estaba siempre acompañado pero se aburría, quería probar algo diferente y yo aparecí en su vida. Mirándolo desde la perspectiva que da el tiempo supongo que las cosas eran así de sencillas, pero en aquel entonces yo no lo sabía. Para mi inocente yo de 18 años, sola e insegura, Alex se volvió mi vida.


miércoles, 5 de octubre de 2011

El Club de los Corazones Rotos 1: antes del 24 de Diciembre (Ariadna)

Llegué al Club de los Corazones Rotos sin pretenderlo una no tan lejana noche de invierno, con el corazón roto en una mano y la lluvia lamiendo mis lágrimas. Y entonces escuché la quejumbrosa melodía de un piano viejo que parecía  llamar a la puerta de mi corazón y olí ese reconocible aroma de la soledad, la tristeza y el despecho. Puede que solo fuera casualidad, pero a mi me gusta pensar en el destino, una fuerza invisible y misteriosa que nos unió a los corazones rotos en su seno, a los amantes perdidos, y nos acogió sin preguntas en su reconfortante silencio. 

Pero para que comprendáis mi historia, cómo y qué me trajo hasta aquella puerta lacada en rojo un triste 24 de Diciembre, he de comenzar mi relato desde el principio. Desde antes de que entrara en juego el destino, desde cuando aún tenía un corazón completo que latía con esa inamovible fuerza que llamamos amor. 

Llegué a la gran ciudad cuando no tenía más que 18 años. No era más que una niña ingenua llena de sueños que dejaba atrás una parte de mi vida y creía con ciega inocencia que lo que había por venir no podía ser sino mejor. Para una joven tímida e introvertida proveniente de una pequeña localidad portuaria, la capital era el epitomo de la tecnología, un mar nuevo en el que aún había de aprender a nadar. Me fascinaban los rascacielos, las galerías y las luces que nunca se apagaban, me mesmerizaba aquella ciudad que nunca dormía; pero también me asustaba. Sobretodo me asustaba la gente, esas conglomeraciones de personas desconocidas corriendo de un lado a otro sin prestarte más atención que una simple mirada de soslayo.

Ni que decir tiene que me costó adaptarme. A aquel nuevo mundo, a los sonidos y los olores, a los colores, a la universidad, a la impersonalidad, y a vivir en un piso compartido con extraños, más incluso que a valerme por mí misma. 

En aquella época de confusión lo conocí. Al hombre que había de cambiar el rumbo de mi vida.





domingo, 2 de octubre de 2011

El Club de los Corazones Rotos: El Piano (Joseph)

Estaba siempre solo, acurrucado en aquella esquina semioculto en la penumbra, viejo, ajado, cansado...pero no roto. Era como el reflejo de un amor marchito, como un enamorado que había perdido su mitad, como una sombra que aguardaba al amante que se había fugado y lo había dejado atrás.

A Joseph aquel viejo piano le recordaba a si mismo. 



jueves, 29 de septiembre de 2011

El Club de los Corazones Rotos

Si te adentras en la oscuridad del callejón, al fondo lo encontrarás. No es más que una vieja puerta de madera lacada en rojo sobre una pared de ladrillos ensombrecida por el tiempo, el humo y los sueños perdidos de una gran ciudad. No tiene ningún nombre, ni hay cartel que se meza sobre ella, pero tiene un aroma propio. Bajo el olor a tabaco, alcohol y perfume habitual de cualquier bar, aletea una fragancia tan sutil que confunde los sentidos y tan solo la reconocerá aquel que la haya olido antes. Es el olor de los corazones rotos, de las ilusiones apagadas, de las esperanzas marchitas... 

Si lo reconoces, adelante, abre la puerta y bienvenid@ al Club de los Corazones Rotos donde habitan los extraviados, los pedazos de algún amor perdido, los hombres solitarios. Algunos buscan compañía, otros ahogar sus penas, algunos tan solo dejan descansar a su alma abatida antes de emprender otra vez el viaje por la vida, unos pocos escapan de la realidad. ¿Y tú? No temas, si has llegado hasta aquí es porque este es tu lugar, el Club nunca se equivoca. Aunque no lo busques él siempre te encuentra, te envuelve y te refugia.

Yo misma llegué aquí sin pretenderlo una no tan lejana noche de invierno, con el corazón roto en una mano y la lluvia lamiendo mis lágrimas. Y entonces escuché la quejumbrosa melodía de un piano viejo que parecía  llamar a la puerta de mi corazón y olí ese reconocible aroma de la soledad, la tristeza y el despecho. 

El Club de los Corazones Rotos me daba la bienvenida.