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viernes, 9 de septiembre de 2011

Interludio I: Recuerdos que se mecen

Pasea despacio por el Jardín de Rosas, sin prisas, dejando que el tiempo fluya sin expectativas, como solo saben hacer aquellos que tienen la eternidad por delante. Inconscientemente sus pasos le guían a lo más profundo, de regreso al balancín de sus recuerdos. Oculto entre frondosos rosales y espinos aún se alza aquel viejo roble, por su tronco aún trepan los jazmines y de su rama aún cuelga un columpio de gruesas enredaderas y ramilletes de florecillas blancas. Pero ahora está vacío, siempre solo y cansado, tan solo juegan en él el inmenso peso de los recuerdos pasados. 

Alza la vista y durante un instante su mente le juega una mala pasada y se imagina a una niña vestida de blanco, dibuja sus tirabuzones al viento y el suave balanceo de sus piernitas pálidas. Después se esfuma, se disuelve en la realidad y el visitante regresa a contemplar atormentado un columpio que tan solo se mece en su memoria

El Jardín de Rosas y todos sus secretos persisten testarudos al paso del tiempo, aun si la Niña de Blanco ya no pasea por ellos, aun si el traidor regresa cautivo de sus recuerdos. Aquel jardín reclama siempre un nuevo prisionero.


Secretos en lo profundo

Recordaba vagamente que entre la fuerte fragancia de las rosas se filtraba fugitivo un suave aroma a jazmín, tan leve e insignificante que tan solo sus agudos sentidos inmortales hubieran podido captarlo. Por alguna razón desconocida aquella ínfima fragancia le resultó intoxicante. La primera vez que la había seguido fue cuando encontró el secreto del jardín. En lo más profundo de un laberinto bordeado por frondosos rosales y espinos se alzaba un roble que parecía tan viejo como la señora de su jardín. Los jazmines crecían en torno a su tronco, lo abrazaban y amenazaban con ahogarlo con una cascada de fragantes florecillas blancas. Y de él colgaba un viejo columpio construido con gruesas enredaderas y adornado con ramilletes de jazmines. Y en él se balanceaba la Niña de Blanco siempre descalza, con sus bucles dorados al viento y el vuelo vaporoso de su vestido claro. Vista así parecía la más inocente de las criaturas, limpia como las primeras nieves de invierno, pura como los ángeles que nunca descienden del cielo... Una visión ilusoria. 

La Niña de Blanco bajó la vista y sus miradas se encontraron y se entrelazaron como viejas compañeras. Lo que vio en aquellos ojos cristalinos fue una oleada de emociones que no creía capaz existieran en aquella pequeña de cáscara cruel. Aquellos ojos celestes lo miraron cautivos de la soledad, torturados por la tristeza, embrujados por el lamento...

Todo hubiera sido mucho más fácil si nunca hubiera visto aquellos ojos cargados de tormento.



jueves, 8 de septiembre de 2011

Cautivo de la Rosa

La Niña de Blanco le susurró con una voz tan dulce como la miel palabras tan afiladas como puñaladas y rió al ver su rostro atormentado por la culpa. El cuerpo de su última víctima yacía roto sobre el césped, pálido, frío, vacío... carente de vida. Cuando bajó el rostro vio sus propias manos manchadas de sangre, sus ropas salpicadas de carmesí... y se asqueó de si mismo cuando voraz se llevó los dedos a los labios y lamió con avidez. Sintió horror y nauseas y su cabeza comenzó a dar vueltas enloquecida por el tintineante sonido de una risa conocida. 

Con un rugido se arrancó la camisa y la arrojó sobre el cuerpo, para que cubriera aquel rostro inexpresivo que desde el suelo lo acusaba de su muerte. La Niña de Blanco volvió a susurrar palabras crueles y él se dejó caer de rodillas y se cubrió los oídos con las manos como un loco. Pero en vano, las palabras que escapaban de aquellos dulces labios se clavaban en su mente y profundizaban en su conciencia.

Había intentado recordar sus rostros y sus vidas, atesorar los recuerdos fugaces de sus víctimas, pero ya hacía tiempo que había perdido la cuenta y los rostros comenzaban a difuminarse en su memoria, los ojos a confundirse con otros ojos. ¿Cuánto tiempo había pasado en aquel maldito Jardín de Rosas? ¿Días? ¿Meses? ¿Tal vez años? Era imposible saberlo en aquel jardín donde las rosas florecían todo el año y con aquella niña de mirada adulta que jamás envejecía. Y ahora tampoco él. ¿Cuál era su nombre? ¿Cómo había sido su vida? ¿Por qué había llegado a aquel lugar sin tiempo? No lo recordaba. Hacía tiempo ya que era otro eterno prisionero del jardín y sus rosas.



viernes, 2 de septiembre de 2011

Tóxico de Sangre

La primera vez que probó el dulce néctar de la sangre fue el día en que perdió el último rastro de humanidad que le quedaba.

La Niña de Blanco le guió por el jardín con sus juegos de palabras y secretos, bailando entre sus rosas y ocultándose tras sus espinas, riendo con voz cristalina e inocente y unos ojos crueles y antiguos cautivos de estremecedoras historias.

Le señaló la muchacha con un dedito pequeño, pálido y frágil y le sonrió con la dulzura propia del más mortal de los venenos. Pudo ver la muerte grabada en su mirada.

La muchacha alzó los ojos hacia ellos y sonrió con la ignorancia propia de la juventud. No era más que una chiquilla cautivada por la belleza de aquel jardín de rosas perennes, pero al haber puesto el pie en él había firmado su sentencia, al haberse embriagado con su perfume intoxicante y haberse perdido entre las caricias de los suaves pétalos de colores.

Se acercó a él sonriendo con inocencia, atraída irremediablemente hacia la belleza inmortal como un insecto a la luz que iluminará su funeral. Intentó apartarse, escapar de aquella criatura rebosante de vida y juventud, de su tersa piel color nieve y el fragante aroma de la sangre que corría por sus venas, que palpitaba en sus arterias, que intoxicaba sus sentidos. Pero la Niña de Blanco giraba en torno a ellos, sonriente y aterradora en su hermosura sin edad. Y con cada giro sus diminutos labios rosados pronunciaban una frase prohibida y con cada palabra la muchacha entraba en trance y se acercaba insinuante y sus ojos se nublaban con un presagio espectral.

De pronto estuvo entre sus brazos, joven y viva, un corazón palpitante aleteando en su pecho. Intentó zafarse, pero los ojos fríos de la Niña de Blanco lo detuvieron.

"Bebe"-le dijo, un susurro quedo y aterciopelado en su cabeza. Sugerente e irresistible.

Y la muchacha le ofreció su cuello, largo, delgado y pálido como un lirio. Tan fácil de quebrar...

"Bebe"-repitió el susurro al borde de su conciencia.

Y la muchacha se apretó contra él, sus ojos vidriosos, y se inclinó desvelando sugerente el comienzo de sus pechos.

"Bebe"

Y bebió.

Perdió la rienda de sus sentidos que se desbordaron como una cascada de loca sed roja sobre ella. Abrió la boca y sus colmillos se extendieron. Ladeó la cabeza y besó con suavidad el comienzo de su cuello. Saboreó el aroma a rosas salvajes que desprendía su piel. Enredó los dedos en su cabello y la obligó a ladear la cabeza. La locura extendiéndose roja por su cabeza, arrasando los últimos vestigios de conciencia en una marea que lo ahogaba con su perfume a sangre.

Y sus colmillos rasgaron inseguros la piel de la garganta y de golpe los ojos cristalinos de la muchacha regresaron a la realidad y se desenfocaron por un terror sin nombre. Pero la primera gota de sangre ya había rodado entre sus labios y el frenesí se apoderó de él, despojándolo de lo que pudiera haberle quedado de humanidad. Sus caninos se clavaron en su suave cuello y la primera bocanada de líquido carmesí embriagó su cordura. Dulce, intoxicante, venenoso... Un deseo irrefrenable nubló sus juicio y bebió con avidez, excitándose con el beso de la muerte.

Los ojos de la muchacha se perdieron en el infinito y su cuerpo languideció entre sus brazos. Sus labios se entreabrieron y un suspiró que sonó como un jadeo placentero escapó extinguido.

Y en su locura roja, drogado por el tóxico carmesí y rememorando los días de una vida que se extinguía;  recordaría escuchar aquella risa histérica y cristalina como un macabro concierto de cascabeles.

La Niña de Blanco reía.




jueves, 1 de septiembre de 2011

Víctima de la Rosa

El Jardín de Rosas era tan hermoso y traicionero como su señora, después de todo él lo sabía mejor que nadie. Dulce como el vino, intoxicante y venenoso; no era más que un muchacho inocente e ignorante cuando había puesto por primera vez el pie en aquel jardín maldito y se había perdido para siempre en sus aromas sugerentes. La Reina del Jardín le había recibido mimosa como los suaves pétalos de sus rosas, pero al igual que en sus flores sus espinas eran afiladas y traicioneras. El beso dulce e intoxicante se había transformado en un mordisco y no fue hasta que sintió los fríos colmillos rasgar su piel como veneno que comprendió que estaba perdido. No había salida del Jardín de Rosas, todo lo atrapaba en su inmortal belleza.

La sangre tiñó la palidez de una piel blanca, joven y tersa; y las rosas bebieron sedientas y se vistieron de carmesí para festejar su llegada.

-Ahora habrás de jugar conmigo la eternidad- le había dicho la Niña de Blanco con una sonrisa inocente y ojos de invierno.

Sus labios vestidos con el rojo de la sangre.


miércoles, 31 de agosto de 2011

La Niña de Blanco

Siempre la recordaría caminando descalza por El Jardín de Rosas acompañada tan solo por el fru-fru de su vestido blanco. Aquella niña que jugaba a esconderse entre las espinas. Aquella niña de mirada adulta y sonrisa cruel. Aquella niña que como su jardín nunca envejecía.



Jardín de Rosas

Regresó a pasear por el jardín temiendo que las rosas se hubieran marchitado en su ausencia, que el rocío de las lágrimas de sangre hubiera coagulado sobre heridas aún abiertas. Pero lo encontró todo como lo recordaba, como lo había dejado dos siglos atrás.

"El tiempo se ha detenido"-comprendió-"Pero yo ya no soy el que era"