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lunes, 22 de octubre de 2012

El Hilo Rojo 17: Bailando bajo la lluvia

Las horas se encadenaban unas tras otra y Rose yacía completamente despierta sobre la cama contemplando el juego de luces y sombras que danzaba sobre el techo. A lo lejos bramaba la tormenta, cada vez más y más cerca y más feroz. Con cada trueno se estremecía el mundo y Rose con él. Podía oler la humedad de la tierra, casi incluso la electricidad que cargaba el aire tras cada relámpago. Era sobrecogedor.

Si abría su mente cientos... miles de voces... las miles y miles de voces de los habitantes de la ciudad inundaban su mente y amenazaban con volverla loca. Requería un gran esfuerzo el aislar cada una de aquellas voces y separarse a si misma de ellas, pero si lo hacía y se concentraba en una podía oír incluso las conversaciones al pie de la calle. Era agotador. 

Otro trueno resonó en la distancia y Rose dio una patada molesta al edredón y se libró de él. Estaba claro que aquella noche no iba a lograr pegar ojo, no merecía la pena seguir intentándolo. Aunque por la hora ya debía de andar más cerca de la madrugada.

Se puso en pie lo más sigilosamente posible y aguzó los sentidos. Ni un solo sonido en la mansión aparte de los propios de una casa vieja: el crujido de un escalón, el suspiro del viento, el fru-fru de una cortina al mecerse... Ni rastro de sus guardianes aunque dadas las circunstancias dudaba que anduvieran muy lejos. Lo más probables es que hubieran montado guardia, una guardia sigilosa, cuan estatuas en una cripta. O que hubieran caído en ese estado de inconsciencia tan parecido a la muerte a la que ellos eufémicamente se referían como dormir. Después de todo también necesitarían recuperarse de la batalla, incluso habían perdido sangre que deberían de reponer. 

Rose se estremeció de nuevo pero esta vez no debido a la tormenta sino al recuerdo de unos colmillos afilados y el sabor nauseabundo de la espesa sangre roja. Sacudió la cabeza para espantar aquellos pensamientos. No podía vivir con el miedo infundado en el cuerpo.

Se acercó a la ventana. La alfombra ahogó el sonido de sus pies descalzos contra el suelo. Necesitaba aspirar una bocanada de aire. Se sentía aprisionada, cautiva de sus propios pensamientos, de las decenas de preguntas que revoloteaban incesantes en su mente.  Necesitaba aclararse las ideas.

Subió la persiana y abrió la ventana de par en par. Fuera la noche aún se cerraba sobre el mundo y resistía a dejar paso a la madrugada, el cielo encapotado no dejaba lugar al más mínimo rayo de luna, pero a pesar de la oscuridad imperante Rose distinguía cada detalle del jardín con toda claridad. La electricidad cargaba el aire y a lo lejos resonaba la tormenta aunque las primeras gotas de lluvia aún no habían alcanzado la ciudad. La tormenta había refrescado el calor bochornoso del verano y la humedad se adhería a su piel. 

Se apoyó sobre el alfeizar y se inclinó hacia delante aspirando una larga bocanada de aire. Abajo el césped parecía fresco y mullido. Una súbita asaltó la mente inquieta de la muchacha. Recordó el día en que la sangre de Cecil le había salvado la vida tras saltar de un quinto piso. ¿Qué no podría hacer la sangre de Innana? 

Antes de percatarse de lo que hacía se había subido al alfeizar y contemplaba el suelo dos pisos más abajo con interés. De pronto estaba absurdamente segura de que podía saltar y no sufrir ninguna consecuencia. 

"Estás loca, Rose"- la criticó la voz de su conciencia.

Pero no le prestó atención porque comenzaba a sentir el conocido cosquilleo de la emoción en la boca del estómago. Quería saberlo, hasta dónde era capaz de llegar. Quería saberlo, lo que podía hacer con su nuevo poder. Y estaba convencida de que un salto de dos pisos era un juego de niños. Lo sabía, simple e irracionalmente lo sabía.

"No bien sales de una situación de vida o muerte que te quieres meter en otra"

Rose acalló la voz de la razón en su mente. Contempló el césped fresco y mullido bajó su ventana a tan solo dos pisos de distancia, flexionó las rodillas y saltó. El tiempo se detuvo y Rose se vio suspendida en el aire. O mejor dicho, sus sentidos se agudizaron y extendieron más allá de la comprensión mortal del tiempo y fue consciente de cada detalle de su entorno. Como si el tiempo se hubiera ralentizado se dejó caer. No tenía nada que ver con la forma torpe en que se había lanzado de un quinto piso hacia unos días huyendo de Los Limpiadores segura de que iba a morir. Aquella forma de caer era suave, casi como si levitara, como si no pesara más que una pluma. Aunque sabía que en realidad no era más que una ilusión de sus nuevos y mejorados sentidos que hacía parecer que caía a cámara lenta. 

Sus pies descalzos se posaron con suavidad sobre el suelo, con elegancia felina. Ni siquiera sintió el impacto. Contuvo el aliento impresionada y alzó la vista a la ventana de su cuarto abierta de par en par. La ventana se mecía contra el viento. Había saltado dos pisos con la facilidad con que un niño salta un escalón. La verdad la golpeó con todas sus fuerzas. ¿Qué era aquel inmenso poder? ¿Por qué se lo había querido compartir Innana? ¿Quién era ella? Innana... el nombre jugueteó con alguna sinapsis de su memoria. Estaba segura de haber oído aquel nombre antes. ¿Pero dónde? Por más que intentaba recordarlo la memoria se le escurría. Pero ahora estaba convencida de que había algo más, algo importante que debía saber y se escapaba a su comprensión.

Un trueno resonó en la distancia y la primera gota de lluvia, gruesa y fría, restalló contra el suelo. Rose se echó a un lado para esquivar una nueva gota y para su sorpresa con un movimiento apenas perceptible lo logró. Levantó los ojos impresionada. La lluvia había empezado a caer precediendo a la tormenta que se acercaba y ante sus ojos asombrados las gotas parecían detenerse en el aire, ralentizar su caída y quedar suspendidas en el ambiente. Era otro efecto óptico de sus sentidos agudizados, podía distinguir perfectamente el trayecto de cada gota. 

Dio un paso al frente al tiempo que evitaba otra gota solo para que una segunda se estrellara contra su cabeza. Una risita tonta estuvo a punto de escapar sus labios. Aquello era divertido, predecir donde caería cada una de las gotas. ¿Cuántas sería capaz de esquivar? 

Antes de darse cuenta de lo que hacía se lanzó a aquel juego infantil. Girando sobre si misma, dando saltos hacia delante y hacia atrás, corriendo y deteniéndose de golpe mientras sentía las gotas repiquetear contra la piel desnuda de sus brazos, las gotas que se escapaban a sus sentidos o que no era lo bastante rápida para evitar. Era un como un baile ridículo e infantil pero la hacía sentir viva, un poco niña otra vez, y sin darse cuenta la lluvia comenzaba a lavar sus miedos, a arrastrar los malos recuerdos a un segundo plano menos importante. No fue consciente de lo tensa e inquieta que se había sentido hasta que sus músculos comenzaron a relajarse y una engañosa sensación de paz anegó su corazón.

"Qué extraño que ni Cecil ni Marcus hayan salido a regañarme"- pensó de pronto al tiempo que echaba un rápido vistazo al rededor casi esperando encontrar el rostro preocupado y consternado de un vampiro.

Pero no encontró nada y una gran realización la golpeó con sorpresa. Una certeza. ¡No la habían oído! ¡Había logrado engañar los sentidos vampíricos de sus guardianes! No solo era rápida y sus sentidos agudos sino que también sigilosa, tan silenciosa como un vampiro, lo suficiente para lograr lo imposible: pasar inadvertida para sus padres adoptivos.

Sintiendo de nuevo el cosquilleo de la emoción dio una nueva vuelta sobre si misma. Un relámpago iluminó el cielo de tonos azules y de pronto Rose se detuvo en seco. Porque iluminado por aquel pequeño instante de luz al otro lado de la calle, arropado por la falsa protección de una farola fundida, acababa de ver una figura alta y trajeada con un anticuado sombrero de bombín. Algo que ni siquiera sus nuevos y agudos sentidos habían logrado captar y que en lo que duró el relámpago volvió a desaparecer. Pero allí había estado, alto e inmutable, vestido completamente de negro. Un agente del destino.


martes, 9 de octubre de 2012

EL HILO ROJO 16: Preguntas, respuestas y más preguntas

Rose despertó sobresaltada con un grito de angustia que le surgió de la profundidad de la conciencia. Se llevó la mano a la garganta, allí donde una mano muerta había dejado su marca, y luchó por respirar. 

Al instante dos hermosos rostros consternados se cerraron sobre ella. Rose vio la preocupación reflejada en los ojos de Cecil y Marcus y se supo a salvo. Pero no se tranquilizó porque aunque eran los rostros conocidos con los que había crecido desde la más tierna infancia era como si los viera por primera vez. ¿Había tenido Marcus siempre aquella diminuta cicatriz en forma de media luna, apenas del tamaño de una uña, sobre la ceja derecha? ¿Desde cuando resplandecía suavemente la piel marmórea de Cecil y el pálido oro de sus cabellos? ¿Había habido antes motas doradas en sus iris azules? Era como ver lo conocido, lo cotidiano, con nuevos ojos, con una nueva lente de mejor resolución. El mínimo detalle cobraba vida y un nuevo significado. 

Alzó la vista confusa de aquellas caras conocidas y a la vez extrañas y echó un vistazo alrededor. De algún modo se encontraba de vuelta en su dormitorio, a salvo en su propia cama, protegida en el abrazo del conocido peso de sus sábanas, con el aroma habitual a libros, polvo y rosas. ¿Rosas? ¿Desde cuándo la fragancia de las rosas del jardín trepaba por su ventana? Si se concentraba podía oler también la tierra húmeda... alguien había regado... la madera recién cortada... el jardinero debía de haber podado el seto... e incluso la tormenta en la distancia. Era una sensación extraña pero estaba convencida de que iba a llover.

La habitación estaba sumida en la semipenumbra con las persianas fuertemente cerradas pero Rose era capaz de distinguir cada detalle en aquella opresiva oscuridad. Sin forzar la vista, sin dificultad, tan claro como si fuera de día o incluso mejor. La huella de un dedo en el espejo, el imperceptible balanceo de la lámpara, una mota de polvo atrapada en el aire, la cuenta de un collar que había rodado tras el escritorio... 

Tomó una larga bocanada de aire.

-Tranquila, Rose, tranquila. Estás a salvo, estás en casa, aquí nadie te hará daño- habló Marcus con delicadeza confundiendo sin duda su estado de agitación con  miedo y desorientación.

Rose lo oyó pero no le prestó atención porque oía... también oía... el runruneo de un coche en la calzada, el maullido de un gato en el tejado vecino, el ulular de un búho en el bosque, el llanto de un niño en la mansión de enfrente...

Y veía las motas de polvo suspendidas en la oscuridad.

Y olía que se avecinaba la tormenta.

Y entonces el trueno retumbó en la distancia pero con tanta fuerza que pareció retumbar en su propio tímpano.

Con un gesto de dolor y sorpresa la muchacha se llevó las manos a las orejas y gritó.

-¡Rose!- la voz de Cecil le llegó alarmada y cercana- ¿Qué ocurre?¿Te duele algo? ¿Dónde? ¿Qué?

Rose abrió los ojos y lo miró, solo entonces fue consciente de que los había cerrado con fuerza. Pero aún así no necesitó acostumbrarse de nuevo a la oscuridad, era casi como si le perteneciera. Vio el miedo atrapado en la mirada azul del vampiro.

-Te... te veo- susurró la joven con voz ronca.

Cecil parpadeó sorprendido y compartió una mirada preocupada con Marcus. 

-Bueno, bien, me alegro de que me veas pequeña rosa. No estás ciega-contestó el rubio con suavidad forzando una sonrisa. Pero Rose lo vio, la preocupación en sus ojos. No la había entendido. ¿Se estaba preguntando si se había vuelto loca?

Espera... ¿Tal vez se había vuelto loca?

Sacudió la cabeza y centró la vista en ambos vampiros.

-No, no es eso...- la voz le falló carraspeó y volvió a intentarlo. A lo lejos retumbó otro trueno y Rose se estremeció- Puedo oír, ver y oler con una claridad que nunca antes había experimentado. Es... es... sobrehumano.

Otra mirada cómplice y esta vez un brillo de comprensión se reflejó en los ojos de ambos vampiros.

-Es la sangre- explicó Marcus con suavidad.

-¿La sangre?- repitió Rose confusa, aún sentía la mente confusa y algo embotada, como si acabara de despertar de una larga y terrible pesadilla que no quería recordar.

¡La sangre! Lo recordó de improviso. Con toda suerte de detalles. El líquido espeso y nauseabundo descendiendo por su garganta. El miedo, las náuseas, la sensación de ahogo y le sobrevino una arcada. Se llevó una mano a la boca para acallarla y se preguntó si aún estaría a tiempo para vomitarlo todo, purgar su cuerpo de aquel asqueroso recuerdo. ¿Cuánto tiempo llevaba inconsciente? Un momento... ¿cómo había llegado a su cuarto? ¿Cómo habían logrado salir con vida de la cripta, de las garras de dos vampiros ancianos y psicóticos? 

-¿Cómo he llegado aquí? ¿Qué ha pasado? ¿Cómo es que estamos vivos? ¿Por qué me dio a beber su sangre? ¿Es Amaury un traidor?- las preguntas escaparon de sus labios a borbotones sin darle tiempo apenas a respirar entre frase y frase.

Cecil la miró, sus ojos chispearon con un baile de motas doradas que Rose nunca había visto antes y echando la cabeza hacia atrás dejó escapar una sonora carcajada. La muchacha lo contempló asombrada. ¿Siempre había sonado tan melódica y cristalina la risa de Cecil?

Marcus le dirigió una mirada de reproche.

-¿Crees que ahora es el momento?

-Lo siento, lo siento- el vampiro rubio levantó una mano en señal de paz al tiempo que se secaba cómicamente una lágrima imaginaria del ojo como lo haría un humano- Es solo que me alegro tanto de ver a nuestra pequeña rosa tan curiosa como siempre que no he podido evitarlo.

Marcus no pudo disimular la sombra de una sonrisa.

-Es un alivio- suspiró- Por un momento allí temí que llegáramos demasiado tarde...- se cortó de lleno y lanzó una mirada cautelosa a Rose.

Esta vez fue el momento de Cecil para lanzarle una mirada cargada de reproche.

-Siempre tan negativo...- gruñó a media voz y antes de que el moreno tuviera tiempo a contestar se giró hacia Rose y le dedicó una sonrisa apaciguadora- Pero será mejor que hagas las preguntas de una en una, pequeña rosa. Bien... ¿cuál era la primera? ¿Por dónde empezamos? 

-Nos dejó marchar- interrumpió Marcus con tono severo.

-¿¡Qué!?- Rose se volvió hacia él como una exhalación- ¿Qué quieres decir con que nos dejó marchar?

-Ay, Marc, siempre tan directo. ¿No puedes ayudar a crear un poco de ambiente antes de revelar nuestra gloriosa huida?- protestó Cecil con tono jocoso utilizando a propósito el diminutivo afectado que al moreno tanto desagradaba.

Marcus pasó su crítica convenientemente por alto. 

-Innana nos dejó marchar.

-¿Así sin más?- exclamó la joven incrédula- ¿Solo nos dejó ir?

-Sí, después de que perdieras el conocimiento nos dijo que te cogiéramos y nos fuéramos. 

-¿Sin pedir nada a cambio? ¿Sin una pelea?

De algún modo había imaginado una batalla épica de colmillos y garras hasta el borde de la muerte. Su último recuerdo era el de dos feroces Marcus y Cecil con un acorralado Amaury, dispuestos a arrancarle el corazón de cuajo y sin un pestañeo. ¿Cómo habían pasado de aquella voraz escena a una anodina separación?

Los ojos de Marcus se ensombrecieron.

-Si hubiéramos peleado no estaríamos aquí en estos momentos. Innana tiene la capacidad de reducirnos a cenizas con poco más de lo que tú necesitarías para prender una cerilla. 

-Oy, tampoco nos quites todo el mérito- se quejó Cecil- También teníamos a su querido hijo entre la espada y la pared. ¿o debería decir entre la pared y la estaca?

Marcus se volvió a mirarlo con gravedad.

-¿Crees que eso hubiera detenido de verás a Innana?- lo reprendió- Si hubiera querido ahora mismo no quiero pensar lo que pudiera quedar de nosotros.

-¿Entonces todas esas amenazas no eran más que un farol?- preguntó Rose de pronto sobrecogida al comprender la magnitud del lío en que se había metido. 

-Oh no, me hubiera asegurado de arrastrar a ese maldito bastardo traidor conmigo al infierno- Marcus le dirigió una torva sonrisa, torcida y amarga.

Rose se sobresaltó. Jamás había oído a Marcus hablar de aquella manera, al pacifista y sereno Marcus... Pero comprendió que no mentía, había un odio profundo en cada una de sus palabras.

-Por suerte antes de llegar a eso Innana nos dejó marchar.- intercedió Cecil con tono apaciguador- Nos ordenó sería el término correcto imagino.

-¿Pero por qué? ¿por qué después de todas las molestias dejarnos marchar así sin más?- Rose estaba cada vez más confusa.

-Supongo que ya había conseguido lo que quería- contestó Cecil encogiéndose de hombros.

-¿Pero el qué?- Rose pensó desesperadamente en todo lo que había ocurrido, en cada detalle. ¿Qué había pasado? Nada, Innana tan solo le había dado a beber su sangre, entonces...- ¿Quería que bebiera su sangre? ¿Por qué?

-¡Qué me zurzan si entiendo lo que piensan esos vampiros milenarios!- gruñó Marcus, su gesto cada vez más sombrío.

Cecil le palmeó la espalda con ademan tranquilizador.

-Al menos eso responde a tu primera pregunta- comentó el vampiro rubio con una media sonrisa de disculpa- La sangre que bebiste parece que te ha dado poder. Igual que cuando te administro mi sangre. 

-¿Qué quieres decir con que le administras sangre?- se escandalizó Marcus girándose hacia él con gesto amenazante. Enfadado resultaba realmente aterrador, pero a favor de Cecil ha de decirse que apenas se inmutó.

-Sabes lo inquieta que es nuestra rosa. Te sorprendería la cantidad de veces que mi altruista donación de sangre le salvado la vida o al menos de algún hueso roto.

"Hace apenas unos días sin ir más lejos"- recordó la muchacha pero no dijo nada- "Y así empezó todo"

Marcus lanzó a Cecil una mirada fulminante que contrarrestó con su sonrisa más inocente.

Rose los ignoró a ambos.

-Pero cuando bebo tu sangre no siento esta diferencia. Es más como un leve cosquilleo pasajero y una cura urgente en caso necesario, pero no cambian mis capacidades. Ahora... ahora...- miró alrededor como intentando encontrar las palabras adecuadas, como si la explicación pendiera del aire- es como si tuviera sentidos superfinos, como si fuera de alta definición... casi...casi vampírico.

Se heló al pensarlo. ¿Vampírico? ¿Así que así era como veían, olían y oían los vampiros? Hasta el detalle más nimio, el suspiro más insignificante era absoluto para ellos. ¿Sentidos vampíricos?

-Son vampíricos- corroboró Marcus- La sangre de Innana es mucho más poderosa de lo que la de Cecil puede llegar a ser. Por eso las capacidades que adquieras con ella también son proporcionalmente mayores. 

Rose pestañeó y lo miró alucinada. ¿Mayores? ¿Cuánto mayores? De pronto sintió el cosquilleo de la curiosidad bullir en su interior. ¿Cuánto podría lograr con sus recién adquiridos poderes? ¿Y por qué querría Inanna que los adquiriera? Cada pequeña pregunta que respondía no daba sino pie a nuevas y más complejas preguntas. Y seguía sin saber qué era exactamente ella y porque la vampiresa había querido atraerla. Amaury le había prometido respuestas que nunca le había dado. No había sido sino una trampa aprovechándose de sus debilidades, su sed por desvelar el misterio tras su existencia y ella había caído de lleno en ella. ¿Pero y si Amaury sabía algo de verdad?

-Pero por suerte el efecto es pasajero.- continuó el vampiro malinterpretando una vez más su silencio- No tienes de que preocuparte, pronto volverá todo a la normalidad. 

¿Pronto? ¿Cómo de pronto?


miércoles, 26 de septiembre de 2012

EL HILO ROJO 14

PARTE 14: Tormenta de colmillos



Rose tragó.

El líquido oscuro, espeso y nauseabundo descendió por su garganta y lo sintió arder. Desesperada luchó por respirar pero una nueva oleada de sangre llenó su paladar y tuvo que volver a tragar. Una... y una y otra vez. Bocanada a bocanada, trago a trago de muerte, mientras los ojos de esmeralda de la vampiresa la embebían con una mirada casi lunática. Amaury gritaba detrás pero era un sonido tan lejano que bien podría pertenecer a otra dimensión ajena a su realidad. 

Se sintió desfallecer cuando una nueva oleada de líquido rojo bañó su boca y asqueada se obligó a volver a tragar. La mano sobre su cuello la obligaba a mantener la boca abierta y la apresaba contra la pared y la sangre no cesaba de manar de la herida abierta de la muñeca de la inmortal. Mareada sintió el hilillo húmedo que descendía lentamente por su barbilla y la mirada febril de la vampiresa siguiéndola. Se inclinó y la lamió suavemente con una medio sonrisa escalofriante que hizo estremecer a Rose. Aquella lengua húmeda, fría y áspera contra la calidez de su piel humana.

Y entonces algo calló sobre ellos. Por el rabillo del ojo Rose tan solo distinguió una sombra de cabellera dorada abalanzarse contra ella a velocidad vertiginosa. Sin poco más que una mueca de molestia la vampiresa hizo una floritura con su mano ensangrentada y mandó volando al atacante contra la pared de enfrente. Golpeó de lleno contra el muro entre un amasijo de telas y crujido de huesos rotos. Aliviada al sentir la boca libre, Rose tomó una larga bocanada de aire mientras trataba desesperadamente de desembotar sus sentidos y ser consciente de lo que estaba ocurriendo. Solo entonces volvió a fijarse en la figura desmadejada sobre el suelo que entre gruñidos de dolor y el crujido de huesos rotos comenzaba a moverse. Y gritó al reconocerla.

-¡CECIL!

Al escuchar su nombre el vampiro rubio volvió a ponerse en pie dificultosamente, mientras se iba a recolocando los huesos rotos entre desagradables chasquidos, y le dedicó una pícara sonrisa que no logró enmascarar su mueca de dolor. 

-Buenas noches, pequeña rosa, lamento la tardanza. Unos pequeños aunque muy molestos problemillas sin importancia nos han entretenido.- al hablar echó una furiosa mirada de reojo a Amaury, una mirada gélida en la que ardía una ira helada y poderosa. Rose nunca había visto al inmortal enfadado antes pero era un panorama digno de temer.

Sin embargo, su corazón se vino abajo al ver el estado en que había quedado el vampiro tras el golpe. Aunque sus huesos habían regresado a su lugar y se habían vuelto a soldar su aspecto por lo general pulcro se había venido abajo. Su camisa de seda lavanda colgaba hecha jirones de sus pecho desnudo y sus vaqueros preferidos estaban rasgados a la altura de las rodillas y salpicados de sangre fresca. ¿Qué clase de poder tenía aquella loca vampiresa pelirroja para dejar a su guardián en aquel estado con un solo ademan de mano? Se estremeció al imaginar la magnitud de aquel poder.

La vampiresa apenas le dedicó una mirada desdeñosa a Cecil, como quien mira a una mosca particularmente molesta, antes de volverse de nuevo hacia Rose. La muchacha bajó la mirada hacia el antebrazo ensangrentado de la mujer y no pudo evitar que un suspiro de alivio escapara sus labios al ver que la herida había cicatrizado por completo, dejando en su lugar un reluciente tramo de piel. Pero el alivio no duró mucho al ver como volvía a llevarse la muñeca a los labios y de un mordisco sus afilados colmillos volvían a rasgar su carne. Rose dejó escapar un gemido ahogado de puro terror.

Cecil, con los ojos ardientes y su hermoso rostro helado en una expresión de puro odio dio un paso hacia ella, pero al instante Amaury le salió al paso.

- ¿De verás crees que tienes alguna oportunidad contra Innana?- le preguntó con una sonrisa sarcástica. En sus ojos ardía una devoción que rozaba en la locura.- Eres poco más que una hormiga para ella.

-Te equivocas- contestó Cecil dedicándole una sonrisa que no llegó a tocar sus ojos- Soy una cucaracha, persistente e inmortal.

Y sin previo aviso se abalanzó sobre el vampiro. Con un solo y fluido movimiento Amaury se echó hacia atrás y esquivó el ataque con elegancia. En un amasijo informe de garras y colmillos Cecil volvió a arremeter contra él. Rose hubiera jurado ver una sonrisa torcida de placer macabro desfigurar su bello rostro pero pasó tan rápido que no pudo confirmarlo. Justo en el instante en que Amaury se disponía a volver a esquivarlo algo cayó del techo sobre él. Rose apenas pudo distinguir el vuelo de una larga gabardina oscura y el brillo mortal de unos ojos azabache antes de que Marcus cayera sobre ambos. Amaury rodó por el suelo en el último instante y logró hacerse un lado, pero sin perder un instante y perfectamente coordinados Marcus y Cecil le cerraron el camino, atacando cada uno por un lado. Los tres salieron propulsados hacia el frente y chocaron contra el muro de piedra en un amasijo de brazos y piernas. La cripta se estremeció por el estruendo y tembló el suelo. Rose se sintió sobrecogida ante aquel poder que se equiparaba al de una tormenta en una plácida noche de verano mientras los tres vampiros, ajenos al terror que estaban causando, volvían a enfrascarse en una batalla feroz en la que pronto lo único que Rose pudo distinguir fue un borrón de colores y formas.

Como si aquello no fuera con ella, Innana (así había llamado Amaury a la vampiresa) les dio la espalda y volvió a la tarea que tenía entre manos. Rose volvió a sentir la muñeca ensangrentada pegada contra sus labios y abrirse camino hacia el interior de su boca. Intentó zafarse en vano mientras la sangre volvía a abrirse paso hasta su garganta. Ya ni siquiera le quedaban fuerzas para luchar. Asqueada trató desesperadamente de ignorar el líquido oscuro que descendía por su esófago, espeso y pegajoso, sin mucho éxito, mientras las nauseas la consumían y la cabeza le empezaba a dar vueltas. 

Y entonces, en medio de la marea roja que la inundaba, del estupor y el miedo, la voz de Marcus, alta y clara, cortó el aire.

-Alto si no quieres que despedacemos a tu querido hijo.

Aquello al fin logró llamar la atención de la vampiresa que se volvió como una exhalación. Rose abrió la boca de par en par y aspiró una larga bocanada de aire al tiempo que escupía los últimos rastros de sangre y las piernas temblorosas le fallaban. Se dejó caer, casi agradeciendo la comodidad fría del suelo, y respirando aún con dificultad contempló la escena frente a ella.

De algún modo Cecil y Marcus se las habían arreglado para inmovilizar a Amaury. Atrapado contra la pared con ambos vampiros sobre él, la expresión de Amaury era de pura incredulidad. Estaba claro que los había subestimado y Rose se sintió secretamente orgullosa de ellos, aunque su corazón dio un vuelco al ver a Innana centrar su atención en ambos. No importa cuán poderosos fueran, eran poco más que niños al lado de la pelirroja. Y la vampiresa estaba furiosa.

Era una ira silente que rezumaba cada poro de su piel, en cada ángulo de su postura, en la férrea inmovilidad de su porte... Una furia aterradora...

-¿Quién te crees que eres para amenazarme, Marcus?- la voz de Innana fue poco más que un susurro ronco cargado de rabia, una ira ciega y sorda. Rose se estremeció al escucharla. Era una voz gastada y rota, áspera, como quién no la ha utilizado en demasiado tiempo y ha olvidado de cómo hablar- ¿Se te ha subido el poder a la cabeza en mi ausencia? Todo lo que necesito es un solo dedo para aplastaros como a insectos.

Y Rose supo que era verdad, que tal era su poder. Lo sintió en la aspereza atemporal de su voz ronca.

Pero Marcus no se inmutó. Al contrario, con una seguridad casi marcial colocó su mano desnuda sobre el pecho de su presa y atravesó a la vampiresa con una mirada feroz. Sus ojos oscuros eran dagas desafiantes preparadas para matar y morir en cualquier momento, un arma de doble filo. Rose sabía por experiencia que el vampiro moreno enfadado podía dar miedo pero entonces comprendió que lo que había visto hasta entonces no era más que una versión pálida y diluida del verdadero terror.

-Puedes intentarlo- habló con una voz carente de emoción- Veremos quién es más rápido. Si tú en aplastarnos o yo en arrancarle el corazón.

Sus uñas rasgaron la piel del pecho de Amaury a modo de advertencia y un hilo de sangre roja comenzó a descender lentamente por su torso medio desnudo. El rostro del cautivo se contrajo en una máscara de puro odio e intentó zafarse con todas sus fuerzas. Pero Cecil lo retuvo entre sus brazos con una sonrisa salvaje, en sus ojos celestes bailaba una mirada lunática que sorprendió a Rose. Nunca hubiera esperado que el rostro habitualmente apacible y sonriente de su guardián pudiera dibujar aquel tipo de expresión, un poema de locura casi psicótica.

Y entonces, de pronto, Rose fue consciente de toda la situación con una claridad desconcertante. No solo de la batalla mortal que estaba a punto de desatarse ante sus ojos, sino de cada minúsculo detalle. De la araña que correteaba por la pared de enfrente, de la gota de humedad verdosa que rodaba por la grieta de una piedra, de cada partícula de polvo atrapada en el aire rancio de la cripta...

Innana dejó escapar un chillido gutural, más parecido al de un animal salvaje que a un grito humano. Y Rose se llevó las manos a los oídos con un gesto de dolor porque el estridente sonido se clavó como una aguja en las profundidades de su mente.

-¿Qué... qué me has hecho?- se oyó preguntar, su voz poco más que un murmullo acongojado.

Como si el tiempo se hubiera detenido la escena frente a si se heló y todos a una los vampiros bajaron la vista hacia ella. Vio el miedo reflejado en los ojos de Marcus y Cecil, los labios de Amaury curvarse en una mueca de asco y desprecio y el brillo triunfante en la mirada esmeralda de Innana.

Y entonces cayó la oscuridad.


lunes, 17 de septiembre de 2012

EL HILO ROJO PARTE 13

PARTE 13: 

Rose gritó.

Un grito animal, un chillido histérico de puro terror. 

Una mano fría y dura como una garra se cerró en torno a su garganta, muerta y huesuda como la de un esqueleto apenas recubierta por un guante de piel humana. Se sintió asqueada al recordar que hacía apenas un segundo había considerado hermosa a aquella mujer, ahora comprendía cuán antigua era, cuán poderosa, cuán inmortal... Su poder le cosquilleaba la piel del cuello casi de forma dolorosa, como una lengua de fuego de hielo allí donde le tocaban sus dedos.

Apenas hacía presión pero Rose sintió que le faltaba el aliento. Como viniendo de muy lejos escuchó la exclamación entrecortada de Amaury, como un gorjeo de pura debilidad, pero la muchacha no fue capaz de comprender una palabra. De pronto todo había dejado de importar. El vampiro, el sabor a hierro y óxido de su boca, la penumbra de aquella húmeda e inhumana cripta... Todo lo que existía era ella y la mano que apretaba su garganta y aquellos inmensos ojos de esmeralda que se cerraban sobre ella, cerca... cada vez más cerca... unos ojos sin vida, unos ojos muertos que la embebían, unos ojos que amenazaban con tragarse el mundo entero.

Y de pronto la vampiresa estaba de pie frente a ella, alta, esbelta y terroríficamente bella. La fina tela de la túnica blanca que vestía apenas si cubría pudorosamente su desnudez. La mujer dio un paso hacia Rose aún con su mano cerrada sobre la garganta de la muchacha y la chica retrocedió aterrorizada. Un nuevo paso y volvió a retroceder. El rostro de la inmortal era completamente inexpresivo, carente de la mínima emoción. Rose retrocedió un poco más y sintió la fría y húmeda pared de piedra contra su espalda. Entró en pánico al saberse sin escapatoria. No es que importara mucho ya que si aquel par de vampiros querían acabar con ella les costaría lo que a un humano matar una mosca, solo que menos molesta. Pero no podía pensar de zona racional. Le costaba respirar, le quemaba la piel allí donde los dedos de la mujer tocaban y el miedo se agarraba como una serpiente venenosa en torno a sus sentidos. El sudor frío comenzó a recubrir su cuerpo y abrió la boca intentando desesperadamente inspirar una larga bocanada de aire fresco, pero solo consiguió marearse con el olor a cerrado y humedad de la cripta y sentir un pinchazo de dolor en la herida del labio que volvió a romper a sangrar.

La vampiresa, erguida cuan larga ella frente a ella a apenas un palmo de distancia, siguió con la mirada el hilo de sangre y se inclinó sobre ella. Lentamente, con una lentitud casi agónica, alzó la mano que le quedaba libre y con el dedo índice acarició el labio inferior de la muchacha hasta limpiar la sangre. Con ojos imperturbables contempló en silencio el rastro carmesí sobre su dedo pero en vez de llevárselo a la boca lo limpió sobre su túnica blanca dibujando una línea discontínua y escarlata.

Rose dejó escapar una bocanada de aire y fue por primera vez consciente de que había estado conteniendo la respiración. La vampiresa alertada por aquel débil sonido volvió a centrar su atención en ella. Se inclinó hasta que sus narices casi pudieron rozarse y la observó con la cabeza ladeada. Si hubiera sido un mortal Rose hubiera podido oler su aliento pero no había vida en aquel cuerpo, ni el menor rastro de aroma humano. Olía  a humedad y polvo al igual que las piedras de la cripta, olía a tierra y tiempo como olería una estatua particularmente antigua. 

Amaury volvió a balbucear algo en el trasfondo, Rose no sabía donde estaba, todo lo que entraba en su campo de visión era el rostro inhumano de la mujer; pero esta vez comprendió las palabras.

-Madre, te la he traído... Su sangre es poderosa... su sangre te dará fuerza... Bebe, madre, si tienes su sangre serás imbatible... Ya no deberás continuar tu sueño eterno... Bebe, madre, bebe...

Rose sintió que cada vello de su cuerpo se erizaba con cada palabra mientras la comprensión calaba en lo más hondo de su ser. Era... era comida... ¿Era así como iba a morir? Pensó en Marcus y Cecil a quienes había amado como a un padre, una madre, un hermano, un amigo,  un compañero inseparable... y se preguntó si así tratarían a sus víctimas. ¿Cómo se alimentaban? ¿De qué? Tantas preguntas que nunca se había atrevido a hacer... ¿Pero para los vampiros se reducía la raza humana a aquello? ¿Comida? ¿Cómo se sentirían cuidando de ganado? Recordó la preocupación que tan a menudo se reflajaba en los ojos de Marcus, el cariño en las palabras de Cecil... y supo que no era verdad. Ellos la querían. ¿Entonces cómo se sentirían al descubrir que había perecido a causa de alguien en quien confiaban y respetaban? ¿Cómo se sentirían al descubrir que había desaparecido? ¿Al encontrar su cuerpo drenado y sin vida? Si es que lo encontraban claro... Los vampiros eran después de todo expertos en hacer desaparecer cualquier rastro de su existencia.

Ahora el corazón le retumbaba dolorosamente contra el pecho, casi podía oírlo. Y la vampiresa se inclinó  más sobre ella. Rose pudo sentir el roce de su cabello de fuego contra la mejilla y contuvo el aliento. Entrecerró los ojos asustada. ¿Dolería? Según creía el mordisco de un vampiro era tan solo un breve y desagradable pinchazo seguido de una oleada de éxtasis que iba hundiendo a la víctima en un estado letárgico hasta que su corazón dejaba de latir. Era una forma dulce de morir.

Pensó en la energía negativa que flotaba en el cementerio. ¿Se convertiría ella también en un alma en pena incapaz de aceptar su muerte? ¿Rondaría por el camposanto sin razón ni destino? Al menos tendría a los antiguos nativos para hacerle compañía. ¿Pero serían agradables y comprensivos con los extraños después de haber sido masacrados? De algún modo los seres humanos eran capaces de guardar rencor por mucho tiempo.

La ridícula desconexión entre sus pensamientos casi logró hacerla sonreír. Si no tuviera una poderosa y antigua bebedora de sangre a punto de perforarle el cuello es decir. Su mente tenía la impresionante habilidad de divagar en los momentos más inesperados. Era un mecanismo que la protegía de los horrores del mundo. Había visto tanto para su corta edad que el sarcasmo y la ironía las envolvían como una segunda piel. De algún modo era incapaz de creer que iba a morir allí así, que todo iba a acabar para ella en un instante... de algún modo no era capaz de imaginar un mundo sin ella. Aunque sabía que el mundo seguiría adelante completamente indiferente y ajeno a su tragedia, incluso aquellos que la lloraran seguirían adelante y en algún momento la dejarían de llorar. Y el mundo continuaría como si ella nunca hubiera existido. Una vida humana era así de importante y a la vez carente de importancia. Frágil. Tal vez por ello los seres humanos se aferraban a ella con tanta fuerza, por eso buscaban una razón de ser, algo que diera sentido a sus vidas, alguien que los considerara importantes y los recordara...

La profundidad de su pensamiento le caló hasta dentro al tiempo que una voz gritaba en su mente que no quería morir. Se revolvió nerviosa, intentando en vano zafarse, pero tan solo consiguió que la mano en torno a su garganta se volviera férrea e inamovible y aún más dolorosa. Se sintió apretada con fuerza contra la frialdad de la pared, absolutamente indefensa, y no pudo evitar estremecerse.

Ajena a ella la inmortal alzó lentamente la mano libre que le quedaba y apoyó el dorso contra la mejilla cálida de la muchacha. Rose sintió un calambre, el cortocircuito de aquel poder ancestral contra su piel. La mujer entreabrió los labios, de una palidez casi mortal, y dejó entrever sus afilados colmillos. Rose tembló al tiempo que la fuerza abandonaba sus piernas. Lo único que la mantenía en pie era el fuerte agarre de aquella mano sobre su cuello.

La inmortal se agachó aún más sobre ella y Rose se preparó, en contra de su voluntad, presa del terror, se preparó para lo inevitable. Pero para su sorpresa aquellos afilados caninos no se cerraron sobre su garganta. En vez de esos observó con los ojos desorbitados por el miedo y la sorpresa como la vampiresa mordía su propia muñeca y se rasgaba la piel. Como rubíes la sangre comenzó a brotar, oscura y espesa. 

Antes de que la muchacha pudiera reaccionar tenía aquella muñeca ensangrentada apretada con fuerza sobrehumana contra su boca entreabierta. Sorprendida trató de zafarse pero la mano la mantuvo inmóvil y la muñeca se abrió sitio entre sus labios. La sangre comenzó a llenar lentamente su paladar con un sabor a muerte y viejo. Sintió nausea y trató desesperadamente de escupir pero no fue capaz siquiera de hacer el ademán. Y aterrorizada comprendió que no podía respirar, mientras la sangre continuaba llenando su boca y la mano contra su garganta la apretaba cada vez con más fuerza. Si no tragaba se ahogaría. Si no tragaba aquel líquido espeso y nauseabundo moriría...

La voz de Amaury volvió a llegarle esta  vez más cerca. Un grito de alarma. No logró comprender sus palabras pero sonaron a algo entre un horrorizado ¡No! y ¿Pero qué haces?

Y Rose sintió desesperadamente que necesitaba respirar. El aire ya no le llegaba a los pulmones y si no tragaba moriría. Si no tragaba se ahogaría...

Así que tragó.


domingo, 9 de septiembre de 2012

EL HILO ROJO: PARTE 12

Parte 12: Los muertos nunca duermen
Rose se sobresaltó cuando la puerta se cerró a sus espaldas, pero se cuidó bien de demostrarlo. Ajeno a ella, su particular anfitrión hizo un ademan para que lo siguiera y dándole la espalda echó a andar con paso elegante por el cementerio. Sin un segundo de demora la muchacha se apresuró a trotar tras él.
Era noche cerrada. La luz en el camposanto era escasa y debía apresurar el paso para no perder de vista la esbelta espalda del vampiro. A medida que sus ojos se acostumbraban a la oscuridad Rose comenzó a distinguir las siluetas de las lápidas, las flores secas que las adornaban y los altos cipreses que aquí y allá bordeaban en camino, un bonito sendero pavimentado en piedra que abría la marcha colina arriba entre arbustos y rosales. De vez en cuando una vieja estatua o una pequeña fuente amenizaba la vista. Era un lugar agradable para dar un paseo... a la luz del día y en compañía viva a ser posible.
Pese a todo su acopio de valor y raciocinio, Rose no podía dejar de sentir cada vello de su cuerpo erizarse en alarma. La magia allí era poderosa y antigua, tan vieja como los huesos que reposaban bajo tierra o incluso más. Y aunque sutil palpitaba en cada uno de los objetos allí presentes: en sus piedras y en sus rocas, en las lápidas, los árboles, las flores e incluso las estatuas. Se enredaba sinuosa en torno a los vivos, cómo queriendo arrastrarlos a su sino, queriendo desvelar el misterio de su vida. Y Rose era la única mortal presente y viviente en los dominios de aquella magia ancestral. Creía recordar que aquel cementerio se remontaba a una época previa a la fundación de la ciudad, cuando los nativos salvajes de aquellas tierras habían enterrado a sus muertos bajo itinolitos. Imaginó a todos aquellos espíritus furiosos y confusos, los que habían sido masacrados por los invasores que habían construido la ciudad, removiéndose en sus tumbas por la injusticia. Si lo pensaba su ciudad había sido erigida sobre un baño de sangre. Aquello siempre atraía muchas malas vibraciones. Tal vez por ello había tal número de criaturas sobrenaturales pululando por sus calles, la vieja magia de la sangre y la justicia era un imán poderoso. No pudo evitar estremecerse.
-¿Frío?- inquirió Amaury volviéndose hacia ella con una ceja enarcada, sin duda malinterpretando su temblor. Se movía por el cementerio como por su propia casa y Rose se preguntó cuántas veces habría estado allí- No te preocupes, ya casi estamos.
 No se molestó en contradecirle. Prefería que pensara que se estremecía de frío y no de miedo. En vez de eso alzó la vista y observó los alrededores con renovada atención. Habían llegado a la parte más señorial del cementerio, donde se erguían los grandes panteones familiares de las familias adineradas y poderosas de la ciudad. Algunas parecían antiguas, se remontaban a la fundación del primer pueblo y estaban construidas en piedra adornadas por imponentes estatuas variadas: las había con ángeles, vírgenes y santos y también los que habían elegido unas figuras más paganas en general mitológicas como esfinges o caballos alados. Pero todas estaban bien cuidadas y resultaban innegablemente hermosas, se alzaban ante el visitante como grandes señoras de tiempos antiguos que guardaran celosas los secretos de sus muertos. Rose se sintió sobrecogida ante su poderosa y trabajada belleza.
A medida que se adentraban más y más los mausoleos se iban volviendo más antiguos, algo descuidados incluso, algo más sencillos, pero no menos sobrecogedores en absoluto. Amaury se detuvo frente a una cripta de piedra gris, cuadrada y sin apenas adornos, por cuyos muros desnudos había comenzado a trepar una espesa mata de hiedra verde oscura, gruesa y fuerte por el paso de los años. Rose se detuvo tras él sobresaltada y alzó los ojos para contemplar la misteriosa construcción. Se sintió trasladada a un mundo mágico como los que habitan en las leyendas célticas y los cuentos de hadas. 
-Aquí es- repuso Amaury con suavidad pero con un tono que no dejaba lugar a réplica.
-¿Aquí?- repitió algo confusa. ¿Qué diablos iban a hacer en una cripta que parecía abandonada hace al menos un siglo a medianoche? Sintió que el vello de su cuerpo se erizaba, allí la magia era aún más antigua y poderosa, parecía manar de cada resquicio entre las piedras casi como si llorara. Miró a su anfitrión con cierta aprehensión. Puede que aquello no fuera tan buena idea después de todo.
-En efecto, hemos llegado.- el inmortal sonrió apaciguador y con una elegante floritura de mano la pesada puerta de la cripta se echó a un lado dejando una abertura cuadrada en la roca, casi como una herida.
- Adelante, Rose, no tengas miedo. Sabes que nunca te haría daño.
Rose se estremeció ante la familiaridad con que pronunciaba su nombre. ¿Nunca la haría daño? ¿Lo sabía? Pensándolo bien... ¿qué sabía de Amaury en realidad?
- Adelante-insistió el vampiro- Alguien está esperando para conocerte.
¿Alguien más quería conocerla? ¿Quién?- Rose pensó- ¿Tal vez el cuarto guardián al que no conocía? Una extraña emoción burbujeó en su interior. Quería conocerlo, quería saber la verdad sobre si misma. ¿Por qué tenía el don de ver lo sobrenatural? ¿Por qué había cuatro vampiros a su cargo? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Las mil preguntas sin respuesta martilleaban en su cabeza, las preguntas que se había hecho desde que tenía uso de razón y que nadie jamás había contestado. Esa duda existencial con la que cargamos todos los seres humanos pero que en Rose era más poderosa que nunca. ¿Quién soy?
Pero si iba a conocer al último de sus guardianes... ¿por qué a espaldas de Cecil y Marcus? ¿Por qué no debían enterarse sus padrastros? ¿Había alguna razón por la que no debiera conocerlo? ¿Alguna razón peligrosa?- murmuró una vocecita tímidamente en la parte trasera de su conciencia.
-Entra- repitió Amaury y esta vez Rose pudo sentir el poder ancestral en sus palabras. No era una petición sino una orden.
Y de pronto Rose no tuvo ninguna duda de que debía entrar, de que quería entrar... de que deseaba saber con todas sus ansias lo que había allí abajo. 
"Y la curiosidad mató al gato"- sonaron las palabras de Cecil en el fondo de su cabeza pero la parte consciente de su mente se apresuró a apagarlas.
-Con permiso- murmuró la muchacha cohibida a media voz y dando un paso adelante, se agachó y entró.
Dentro estaba oscuro y olía a humedad, antigüedad y cerrado; como una tumba en la que no ha puesto pie un ser vivo en los últimos trescientos años. Incapaz de ver nada más allá de un palmo de su propia nariz, Rose se apoyó con la pared en busca de una guía. Al instante la apartó al sentir la piedra fría y húmeda recubierta de musgo pegajoso.
Amaury entró tras ella sin reservas y chasqueó los dedos. Al instante se hizo la luz. Decenas de velas colgadas de las paredes se encendieron lanzando un juego de sombras y luces anaranjadas sobre la estancia. Se encontraban en una habitación rectangular completamente vacía y desnuda, cuyos muros de piedra se habían oscurecido por la humedad y el tiempo y estaban recubiertas aquí y allá de musgo oscuro y otras plantaciones menos reconocibles. Las velas continuaban por un hueco en el suelo para descubrir unas empinadas escaleras que parecían haber sido labradas directamente en la roca y descendían al subsuelo.
Amaury tomó una de las velas de la pared y como quién camina por su propia casa lideró el camino escaleras abajo. Tras un breve instante de duda Rose lo siguió. No escuchó el chasquido de la piedra cuando la puerta se cerró a sus espaldas.
-Creía que eso de los vampiros y las criptas no eran más que leyendas urbanas- comentó en parte porque se sentía intrigada y en parte por iniciar una conversación que matara aquel silencio opresor que amenazaba con aplastarla. Cualquier cosa por distraerse de aquella sorda inquietud que comenzaba a trepar como un ejército de hormigas por su espina dorsal.
-Y lo son en general- contestó Amaury sin volverse- Todo eso sobre dormir en ataúdes, vivir en tumbas o en castillos abandonados llenos de murciélagos y telarañas... - el vampiro hizo un ademan como si espantara un insecto particularmente repugnante- es puro cuento inventado por humanos. Piénsalo, pudiendo dormir en mullidas camas de plumas y vivir en cómodas mansiones modernas o grandes apartamento con vistas increíbles a la ciudad... ¿quién querría dormir apretujado e incómodo en un ataúd? Salvo esos neófitos que han sido influenciados demasiados por la cultura mortal y creen que un féretro y una cripta son el último grito vampírico... Las juventudes siempre han estado un poco locas- su voz denotaba cierto desdén amargo pero se volvió seria cuando prosiguió- Claro que tampoco es como si realmente durmiéramos. Tú debes saberlo que los vampiros no necesitamos dormir, no físicamente al menos. Pero a veces necesitamos descansar de nuestras vidas, de nuestras mentes, de nuestra carga moral... es cuando entramos por voluntad propia en ese estado catatónico al que llamamos sueño aunque cualquiera que nos viera nos creería cadáveres. Bueno, técnicamente lo somos. Cadáveres- se encogió de hombros- Algunos "sueños" duran poco, apenas unas horas, unos días, unos meses... años incluso. Pero algunos vampiros muy antiguos, los que han vivido más de lo que su mente es capaz de soportar, entrar en lo que llamamos "el sueño eterno" y pueden estar en ese estado inconsciente durante siglos, algunos dicen que incluso la eternidad. Son generalmente los que se han cansado de vivir pero no pueden morir. Sabes lo difícil que es que muramos, sobre todo si somos poderosos y centenarios. Imagina lo que un vampiro milenario debe acarrear sobre sus espaldas...- Rose se lo imaginó y se estremeció sobrecogida. Siglos y siglos de muerte, de matar y ver morir, de ver cambiar el mundo pero donde las guerras nunca acaban y la naturaleza humana sigue igual. Para un mortal era una idea a partes iguales fascinante como espeluznante- Para esos vampiros que buscan el descanso un mausoleo, un cementerio, una cripta... es un buen lugar porque difícilmente nadie lo molestará allí. Para el resto de nosotros, los que aún tenemos voluntad de vivir, preferimos las múltiples comodidades que ofrece la vida contemporánea.
Pensó en Marcus y Cecil. Nunca les había preguntado por su edad pero calculaba que se remontaba a al menos varios siglos atrás. Para un vampiro era un asunto muy íntimo hablar de su muerte y su vida antes de ella, el tiempo cuando había sido un humano mortal. ¿Se sentirían a veces cansados, atormentados por los años y las vivencias? Estaba segura de que sí, especialmente el siempre protector y serio Marcus. ¿Aunque cuántos secretos podía albergar la sonrisa fácil de Cecil? Aquella sonrisa que no siempre tocaba sus ojos celestes...
-Cuidado con el último tramo de escaleras- comentó Amaury.
Con el corazón retumbando contra su pecho por la emoción y la inquietud de lo que pudiera esperar abajo, Rose casi salto los últimos escalones y se detuvo para contemplar al tiempo que Amaury se hacía a un lado. La empinada escalera terminaba en una pequeña estancia rectangular idéntica a la anterior e igual de desnuda pero a varios metros bajo tierra. Pero ésta no estaba vacía. En su centro un largo sarcófago de mármol descansaba abierto y tenuemente iluminado por la luz danzarina y anaranjada de las velas que colgaban de las paredes de la cripta. El sarcófago era hermoso en su sencillez, sin grandes pretensiones y complicadas estatuas, estaba bien pulido y resplandecía bajo la luz de las velas con un millar de intrincados grabados en una lengua que la joven desconocía.
Atraída por una fuerza extraña Rose dio un paso al frente y luego otro. Cuidadosa, fascinada y casi temerosa, hacia el féretro. Se detuvo a escasos centímetros y se asomó a él. En su interior yacía una mujer, la mujer más hermosa que Rose hubiera visto nunca, una que haría palidecer de envidia a Lucrecia Borgia o la mismísima Elena de Troya y muchas otras que se habían considerado bellezas a los largo de la historia. Alta y esbelta, su piel morena relucía bajo las velas como el mármol de su sarcófago en contraste con la larga melena de rizos rojos que caía como una cascada de fuego sobre sus hombros desnudos. Ni el mismo Miguel Ángel podría haber podido jactarse de esculpir aquel rostro ovalado y hermoso, de pómulos altos y nobles, nariz recta, cejas finas y curvadas sobre sus ojos cerrados de largas y espesas pestañas oscuras y unos labios rojos y jugosos que incluso incitaban a Rose a besar siendo ella misma mujer. Era el tipo de belleza que describen las Odas griegas y que embelesa a los mortales, esa que nunca debería existir en este mundo por peligrosa, la belleza de un inmortal.
Su único atuendo era una sencilla túnica blanca que se abrazaba a sus curvas como una amante celosa y sin mostrar nada dejaba poco a la imaginación. No llevaba joyas, maquillaje ni adornos, ni tan siquiera sandalias, pero tenía el porte de una gran reina, una que pudiera haber regido sobre el mundo entero, una que hubiera podido someter a cualquier hombre con una sola mirada.  Y Rose sospechaba que así habría sido una vez.
-¿Quién es?- preguntó en un susurro ronco, sobrecogida. El poder palpitaba crudo y fuerte bajo la piel de la mujer, dormido pero ansioso, sediento y devastador.
-Mi madre- respondió Amaury a sus espaldas, su la voz áspera por una emoción que rozaba en la más absoluta devoción.
Rose supo que no se refería a su madre biológica, sino a la que lo había convertido en vampiro, la que le había dado su sangre y despertado a la vida eterna. Si es que se le podía llamar vida a la muerte. Era extraña la relación entre un bebedor de sangre y su creador, era un lazo irrompible y poderoso que los ataba durante toda la eternidad el uno al otro. Algunos vampiros odiaban a aquel que los había convertido, lo culpaban de todos sus crímenes y pecados, como la fuente de todas las desgracias y aun así no eran capaces de dejar de adorarlo. Otros los veneraban como a dioses, los amaban como a padres, y a pesar de todo a veces se sentían repugnados por su presencia. Estaba claro que Amaury era del tipo que adoraba incondicionalmente a su madre, hasta la misma destrucción. Era una clase de amor debastador y peligroso donde a menudo los límites y las líneas no eran claras. A veces eran creadores y amantes, otras señores y siervos, otras hijos, amigos, confidentes, esclavos o incluso mascotas. Realmente era una relación más compleja de lo que una joven e inmadura mente mortal pudiera comprender.
-Está... está...- tartamudeó Rose sin encontrar las palabras adecuadas, inclinándose más sobre la mujer hasta que casi pudo tocar su hermoso rostro.
-Está "dormida"- contestó Amaury con suavidad, con una dulzura que no lograba empañar del todo la amargura de su voz- Por eso te he traido aquí, porque tal vez tú puedas ayudarme a despertarla...
-¿Yo?- inquirió Rose sorprendida sin poder apartar la vista fascinada del rostro de la mujer dormida- No lo entiendo... ¿Cómo puedo ayudarte yo?
No sintió al vampiro acercarse, moverse sigiloso a sus espaldas y cerrarse sobre ella.
-Porque madre quería conocerte- musitó. Esta vez más cerca, casi en su oído, pero hipnotizada como estaba por la mujer del sarcófago no se dio cuenta.
-¿A mí?- repitió Rose confusa.
-A alguien como tú- susurró y su aliento acarició la piel de su mejilla e hizo erizarse el vello de su nuca.
Se sobresaltó, de pronto completamente despierta e hizo ademan de volverse al tiempo que comenzaba a exclamar un breve "¿Pero qué..." 
Todo ocurrió tan deprisa que no fue capaz de reaccionar. Aunque de haber podido tampoco hubiera sido capaz de evitarlo. Con una mano férrea el vampiro inmovilizó su rostro y le plantó un beso en los labios, un beso rápido pero rudo y fuerte. Sintió sus labios duros y fríos apretarse contra los suyos, muertos, y su boca entreabrirse para dejar paso a su lengua. No había ni un deje de pasión ni sentimiento en aquellos labios. Aterrorizada con los ojos abiertos de par en par y el corazón a punto de desbocarse contra sus costillas Rose se sintió absolutamente atrapada, incapaz de moverse e impotente, a completa merced del inmortal y aquellos ojos aguamarinas inexpresivos fijos en ella pero que no la miraban. Y en aquella décima de segundo cayó en la cuenta por primera vez de algo, que las sonrisas dulces y paternales de aquel hombre en ningún momento habían alcanzado sus ojos. ¿Cómo no lo había visto antes? Porque era un maestro del engaño, un actor con siglos de experiencia en el arte de la mentira. Los había engañado a todos, incluso a Cecil y Marcus... si tan solo hubiera confiado más en ellos... si tan solo... Pero ahora lo veía claro, con claridad cristalina, aquellos labios gélidos que la besaban, aquellos ojos indiferentes que la miraban sin ver... para Amaury ella no era sino un objeto, un utensilio a utilizar. ¿Pero para qué?
Sintió una breve punzada en el labio cuando un colmillo afilado lo rasgó sin miramientos. Quiso gritar de dolor pero le faltó el aliento y en aquel instante terminó el beso. Pero lejos de soltarla el vampiro la sostuvo por la nuca con fuerza sobrenatural y obligándola a girar, la hizo inclinarse sobre el féretro, sobre la mujer que descansaba en él, tan cerca que casi tocaba su rostro inexpresivo con sus propios labios. Aterrorizada la observó, la inexpresividad con que los muertos descansan por la eternidad, completamente serena y ajena a la lucha que se llevaba a cabo sobre su lecho. Sintió una gota de sangre, cálida y con olor a óxido resbalar desde su labio y con ojos horrorizados la vio caer sobre la mejilla de la pelirroja. Descendió roja y resplandeciente como una lágrima dejando un surco carmesí sobre su piel tersa y perfecta. 
Por un instante que pareció eterno no sucedió nada, absolutamente nada, y todo lo que pudo oír Rose fue el sonido irregular de su propio corazón en la garganta mientras el sabor salado de la sangre llenaba su boca.
-No lo entiendo... - musitó Amaury, su voz sonaba cansada, vieja, rota y vencida- Esto debería funcionar... Estaba seguro de que esto funcionaría...
La garra que la apresaba se volvió más débil y Rose respiró aliviada al verse casi libre. Pero las piernas le temblaban a incapaz de levantarse permaneció durante un instante allí quieta y en shock, medio tendida sobre el sarcófago. Mientras la gota de sangre continuaba su lento descenso hasta los labios y el rostro dormido de la vampiresa continuaba ajeno e inexpresivo. Y mortalmente bello. 
Y entonces abrió los ojos. De par en par. Unos ojos grandes y verdes. Como esmeraldas. Inexpresivos como la muerte. Unos ojos vacíos como los de una muñeca de cristal. Y antes de que Rose pudiera siquiera gritar, la mujer de los ojos muertos se abalanzó sobre ella.


miércoles, 5 de septiembre de 2012

EL HILO ROJO: PARTE 11

Parte 11: En el hogar de los caídos.

Hay algo en los cementerios. Algo que despierta un temor completamente irracional en lo profundo de nuestro subconsciente. Algo que nos hace sentir inquietos, que eriza el vello de nuestra piel y nos hace querer mantenernos lejos de noche. Por supuesto que en pleno siglo XXI cualquier persona racional te diría que no son más que temores infundados por las viejas creencias y el folclore. Pero a menudo olvidamos que el folclore tiene su raíz en la realidad y es una raíz más profunda de lo que creemos. Por poner un ejempo... ¿Por qué tienen muros de piedra los cementerios? ¿Para protegerlos de ladrones de tumbas? ¿Quién querría robar un nicho? No. Los muros no protegen a los muertos del mundo exterior sino que protege al mundo exterior de los muertos. Es una magia vieja y ancestral que retiene en su interior lo que está dentro. Claro que en su mayoría los espíritus no son sino sombras de las personas que fueron, almas apacibles y perdidas. Siempre hay excepciones. Pero el caso es que los espíritus no son los únicos que pueden habitar en un camposanto, muchas otras criaturas pueden buscar cobijo en su interior. Y Rose lo sabía.
Se consideraba una persona sensata, lo suficiente sensata para saber que en realidad visitar un cementerio de noche representaba poco peligro para cualquier mortal y que la mayoría de los temores humanos eran cuentos nacidos de leyendas urbanas. También sabía que ella no era precisamente una persona normal y eso siempre incluía un riesgo extra, especialmente cuando uno iba a introducirse a medianoche y sin permiso en el hogar de una poderosa magia ancestral donde descansaban los muertos.
Pero a pesar de todo allí estaba, pasadas las doce de pie ante la enorme puerta de hierro que representaba la entrada principal al camposanto. Era una noche oscura sin luna ni estrellas y la única luz de la larga calle provenía de una triste farola parpadeante que amenazaba con dejar de funcionar en cualquier momento. Un poco de niebla y unos aullidos y hubiera sido el escenario perfecto para rodar una película de terror- pensó Rose saltando inquieta de un pie al otro mientras aguardaba la llegada de Amaury.
Tal y como el vampiro había prometido no había tenido problema para salir de casa. Fuera lo que fuera el truco que Amaury había utilizado para despistar a sus guardianas había surtido efecto. De hecho Rose se planteaba pedirle la fórmula, después de todo nunca estaba de más guardar algún as en la manga en caso de que necesitara hacer una escapada nocturna. Claro que suponía que la estratagema utilizada por un vampiro centenario probablemente no estuviera al alcanze de una adolescente mortal. Hay cierto poder y sabiduría que tan solo la dan los siglos y siglos de inmortalidad.
Nerviosa, la muchacha se volvió y observó el gran muro de piedra que rodeaba el camposanto. Erigido en lo alto de una colina, el cementerio tenía las dimensiones de un gran parque y había ido tomando gran parte de la ladera también al tiempo que la ciudad se expandía y con ella la necesidad de espacio para sus nichos. Aunque cada vez eran menos los que se enterraban allí, ya que una diminuta parcela de aquel terrenito costaba un pastón. Con todo era un cementerio elegante y bastante señorial por el que bien merecía darse un paseo de día. De noche ya era una cosa distinta.
Un leve click metálico a sus espaldas la hizo sobresaltarse. Se volvió de un salto con el corazón martilléandole fuertemente contra el pecho y casi dispuesta a saltar sobre lo que fuera que hubiera al otro lado. La enorme puerta negra, que hacía un momento permanecía fuertemente cerrada con llave, se abrió con suavidad, sin un solo chirrido,de una forma muy impropia para un film de terror. Debían de mantenerla bien engrasada- el pensamiento asaltó la mente sorprendida de Rose. 
Justo en aquel momento la farola eligió que era un buen momento para apagarse y la joven quedó sumida en la penumbra mientras la puerta continuaba abriéndose aparentemente sin que nadie la empujara, ni siquiera una ráfaga de viento. Y cuando al fin se detuvo sin un solo quejido Rose se encontró frente a frente con unos grandes y resplandecientes ojos aguamarina. Dio un paso atrás y estuvo a punto de gritar, pero en aquel instante volvió la luz y se encontró cara a cara con el endiabladamente bello rostro de un inmortal de cabello rubio repeinado.
-Amaury- saludó Rose, convirtiendo a medio camino su grito de terror en una exclamación de sorpresa.
No pudo evitar sentirse avergonzada de si misma, del miedo irracional que la había asaltado al encontrarse en un cementerio. Como si no supiera mejor, como si no hubiera hecho o visto cosas más sobrenaturales y terroríficas.
Si el vampiro se había percatado de su sobresalto hizo bien en ocultarlo tras una seductora sonrisa. Rose se fijó por primera vez en él al completo. Había cambiado su ropa y ahora vestía un elegante frak negro y unos resplandecientes zapatos de cuero a juego, un atuendo que parecía anticuado, recién salido de una vieja película en blanco y negro, pero a la vez tan impecable como si fuera nuevo. Poco quedaba del afable marinero al que había conocido sentado en el sillón de su sala aquella misma tarde. Ante ella se erguía un noble listo para atender una cena de gala o un baile de etiqueta, pero desde luego fuera de lugar para un tour por el cementerio. 
De pronto Rose se sintió fuera de lugar con su sencilla camiseta blanca, sus vaqueros y sus viejas deportivas y se preguntó que sería aquello que Amaury quería de ella. ¿Por qué reunirse en secreto en el cementerio? ¿Y que pasaba con sus ropas? ¿Se trataba de alguna ocasión especial? ¿Un botellón con los muertos en el cementerio? La idea casi logró provocarle una sonria y si no se sintiera tan nerviosa, expectante y fuera de lugar probablemente una carcajada hubiera traicionado su propia imaginación.
-Buenas noches, Rose- saludó el vampiro con un leve cabeceo mientras sostenía la puerta con elegancia. No quedaba ni rastro de aquella afabilidad paternal de la que había hecho gala aquella tarde. Ahora era pura cortesía, como un distinguido caballero que acompaña a su dama a un baile- Espero no haberte hecho esperar. Me temor que para un inmoral el tiempo deja de tener el mismo sentido después de siglos de deambular por el mundo.
-No, está bien- balbuceó Rose con torpeza- Acabo de llegar- mintió.
Amaury ensanchó su sonrisa y la joven se sintió transportada por ella.
-En ese caso no voy a hacerte esperar ni un segundo que el tiempo mortal es precioso- parecía haber visto claramente a través de su mentira, pero a Rose no le importó, hipnotizada como estaba por el deje aterciopelado de sus palabras- Adelante, mi rosa, esta noche eres mi invitada. Espero que disfrutes de la velada en el hogar de los caidos.
Y con una exquisita floritura se echó un lado para dejarla pasar. Y Rose entró. Y sin que nadie la tocara siquiera la puerta volvió a cerrarse a sus espaldas completamente silenciosa.


martes, 21 de agosto de 2012

EL HILO ROJO: Parte 10

Parte 10: Una visita inesperada

Las agujas del reloj pasaban de las tres y media cuando Rose llegó a casa. Para su sorpresa ningún atractivo vampiro moreno apareció furiosa en la entrada para darle la bienvenida con una reprimenda. Aquello la hizo sentirse incómoda, nerviosa incluso. A la mañana cuando había salido no había visto a los vampiros y ahora tampoco. ¿Había ocurrido algo?

Extraña abrió sigilosa la puerta de entrada y se coló en el recibidor. Por supuesto, que de haber un inmortal dentro todo el cuidado del mundo sería en vano, no por nada tenían los sentidos más desarrollados del mundo animal. No por nada se les decía los depredadores perfectos. Pero Rose no pudo evitarlo, caminar en puntillas a lo largo del corredor con los oídos atentos al mínimo ruido, consciente de que el aleteo nervioso de su corazón la delataba. Escuchó murmullos provenientes del salón y se acercó. Se detuvo antes de llegar a la puerta y observó el largo espejo en la pared del pasillo, estratégicamente situado frente a la sala, por lo que se reflejaba su interior. Lo primero que la llamó la atención fue Cecil. Estaba sentado sobre su sillón de cuero oscuro habitual, el que olía a violetas, pero su postura era extraña. Extraña para tratarse de Cecil es decir. El vampiro nuevo que generalmente se repanchingaba cómodamente en el sillón con poco miramiento por el decoro pero logrando siempre parecer endiabladamente elegante, y atractivo, estaba sentado muy erguido, con las piernas cruzadas y las manos apoyadas sobre el regazo. Parecía salido directamente de un cuadro de época. En el sillón de enfrente Rose tan solo podía ditinguir la espalda completamente recta de Marcus. Ambos estaban vueltos hacia el tercer sillón de la sala y Rose supo instintivamente había alguien más allí con ellos.

Sabiendo que era en vano seguir allí espiando a unos inmortales que indudablemente la habían oído entrar, la muchacha se separó de la pared y con paso más firme y seguro de lo que se sentía en realidad enfiló hasta la salita preguntándose quién era el invitado que hacía sentarse tan educadamente al mismo Cecil. Se detuvo dubitativa en la entrada.

-Pasa Rose, querida-la invitó Marcus amablemente sin volverse- Tenemos un invitado y está deseando conocerte.

Curiosa ante el tipo invitado que quería conocerla Rose obedeció. Marcus se volvió a mirarla con una sonrisa y al hacerlo la joven entrevio al tercer hombre que estaba en la sala. Alto y atlético, se sentaba cómodamente sobre el sillón con los brazos apoyados sobre el reposabrazos. Rondaría los treinta pero su forma de vestir lo hacía parecer mayor: una gorra marinera sobre el pelo rubio tostado cuidadosamente peinado hacia atrás, una cazadora de cuero marrón forrada con pelo blanco en el cuello muy poco apropiada para las altas temperaturas de agosto, unos pantalones beises perfectamente planchados y en los pies unas náuticas azul marino a juego con el pañuelo anudado a la garganta. 

Rose contuvo el aliento porque lo reconoció de inmediato. Lo había visto aquella mañana a través de una ventana. Era el vampiro antiguo y poderoso que tan inquieta la había hecho sentir. Muy poderoso. Pero viendo que se encontraba plácidamente sentado en el salón de su casa y que el siempre sobreprotector Marcus se lo quería  presentar dedujo que era de los suyos. Sus guardianes no harían nada que la pusiera en peligro. Pero no puedo evitar fijarse en la actitud educada y casi reverente de ambos inmortales hacia su misterioso invitado. Tal y como Rose sospechaba era antiguo y poderoso, más antiguo y poderoso aún que sus padres adoptivos. Y sabía por experiencia que aquello era decir mucho.

-Ven, Rose, acércate.- habló el inmortal. Sin moverse, ni siquiera pestañear... sino fuera por el apenas perceptible movimiento de sus labios Rose hubiera creído que se encontraba frente a una estatua particularmente hermosa- No tengas miedo. Déjame verte.

Se sobresaltó al escuchar su nombre pronunciado de forma tan íntima en boca de un extraño pero hizo como le decían y dio un paso al frente y después otro hasta colocarse frente a él. Por el rabillo del ojo vio a Cecil removerse incómodo y dedujo que se debía a que no le gustaba rendir pleitesías a nadie.

- Vaya, vaya, cuánto has crecido- repuso el desconocido con placidez, con el tono que utilizaría un tío particularmente encantador al volver a ver a su sobrina favorita tras muchos años.

Rose enarcó una ceja. ¿Significaba aquello que se habían visto antes? ¿Hace cuánto? Estaba segura de que no olvidaría a un hombre así de atractivo.

- Rose, saluda- intercedió Marcus con suavidad- Éste es Amaury, otro de tus guardianes.

¿Uno de sus guardianes? La joven se giró hacia Amaury con renovado interés. Sabía que cuatro vampiros estaban a su cargo, aunque desconocía las circunstancias o razones. Había sido criada por dos de ellos, Marcus y Cecil habían hecho a partes iguales de padre, madre, amigos, hermanos y confidentes. Nunca había visto a los otros dos, pero allí estaba en carne y hueso otro de ellos, y uno particularmente poderoso. Costaba creer que alguien así hubiera accedido a hacer de niñera de una torpe niña humana. Pero allí estaba y al mirarlo Rose sintió una extraña sensación, un pequeño cosquilleo de emoción en la boca del estómago, como quien conoce por primera vez a un familiar o se encuentra por primera vez con un amigo lejano.

-Es un placer conocerlo- repuso inclinándose en una torpe reverencia, no muy segura de cómo debía uno comportarse con un inmortal de tamaño calibre- Muchas gracias por hacerse cargo de mí.

-Oh, levántate, cielo. No son necesarias tantas cortesías cuando estamos en familia- se apresuró a exclamar el vampiro con un ademán de mano- El placer es mío por ver que mi capullo de rosa ha crecido para ser tan bella dama.

Rose sintió que se sonrojaba y se vio reflejada en los chispeantes ojos aguamarina de Amaury. El bebedor de sangre sonreía paternalmente, pareciendo de todo salvo un peligroso vampiro. 

"No te asustes, no te muevas y escucha atentamente. No dejes que Marcus y Cecil se percaten de esto."

Rose estuvo a punto de saltar al escuchar la voz de Amaury en su mente. Pero era fría y seria, nada que ver con la calidez familiar que había impuesto a sus palabras. Contuvo su instinto de retroceder y observó con un semblante que esperaba fuera inexpresivo como el vampiro se volvía hacia Marcus y le hacía un comentario jocoso sobre lo bien que había criado a su hija. A la vez la voz volvió a hablar en su cerebro.

"Tengo algo que mostrarte. Esta noche sal y encuéntrate conmigo frente al cementerio. Yo me encargaré de que tus guardianes no se enteren, son demasiado sobreprotectores y no estarían de acuerdo pero creo que ya va siendo hora de que descubras algunas cosas sobre ti misma ¿no crees? Estoy seguro de que tienes curiosidad. ¿Me equivoco?"

Sintió que Amaury la observaba atentamente por el rabillo del ojo y Rose estuvo a punto de asentir. Se detuvo al recordar que estaban manteniendo una conversación secreta.

"Sí"-contestó también en su mente no muy segura de si el vampiro la oiría.

El inmortal pareció captar el mensaje porque se giró hacia ella con una enorme sonrisa.

-¡Pero mira qué hora es! Tan tarde y seguro que Rose no ha comido- exclamó otra vez con aquel tono paternal- Vamos, querida, debes de tener hambre.

Y al tiempo que se ponía en pie y le hacía una seña para que abriera la marcha hacia el comedor Rose volvió a oír su voz serena resonar en su cabeza una última vez.

"Confía en mí, no te arrepentirás"


domingo, 5 de agosto de 2012

9.- La Pitonisa, El Gato y Los Dados

-Oh, ¡pero qué tenemos aquí! ¡Qué jovencita tan encantadora!- gorjeó Madame Lau Laurie volviéndose hacia ella. 

Rose contuvo el reflejo de dar un paso atrás cuando sintió la ávida mirada de aquellos enormes ojos clavados en ella. Por suerte pudo controlarse antes de parecer innecesariamente maleducada y cobarde.

-¿Y bien? ¿Qué trae a tan encantadora señorita a Madame La Laurie? -continuó la mujer alegremente ajena a la gran impresión que había causado. Su corpachón y su atuendo de colores chillones parecía llenar toda la estancia- ¿Un amuleto de la suerte? ¿Un talismán protector tal vez? O quizás... - se inclinó hacia ella con cara de circunstancias y bajó la voz a apenas un susurro- ¿Una pócima de amor?

Rose no pudo evitar torcer el gesto al oír estas últimas palabras. Era bien sabido que las pócimas de amor no eran más que un cuento bonito para adolescentes crédulas y desesperadas. No había forma de obligar a una persona a amar a otra, por suerte. Aunque siempre podían venderte una substancia afrodisíaca bajo el nombre de "Pócima de Amor". Gracias a dios generalmente no era más que una fragante agua de rosas.

La muchacha entrecerró los ojos y miró a la mujerona con sospecha. ¿Sería la tal madame un fraude? Aunque era innegable que el borboteo de la magia estaba en el aire, sutil pero sin duda presente. Cosquilleante. 

También era más que posible que fuera una mortal con un poder limitado y se aprovechara de ello para su pequeño negocio añadiendo un poco de timo al asunto. ¿Quién decía que los auténticos vidantes no pudieran ser estafadores? Probablemente tuvieran mucho material del que hacer uso para engañar a la gente.

Madame La Laurie la miraba con sus ojos de mosca y sin perder la sonrisa a espera de que respondiera. Rose titubeó.

-En realidad tengo una pregunta...- comenzó insegura.

Los ojos de la mujer se iluminaron de inmediato.

-Oh, una pregunta, por supuesto.¿Quién no tiene preguntas? Y más a tu edad. Aunque entre tú y yo, a cualquier edad se tienen preguntas. - se golpeó la frente con la palma de la mano como si acabara de caer en la cuenta de algo- Pero, por favor, sígueme por aquí. 


Dubitativa Rose se dejó guiar por la extraña mujerona a través de una cortina de tintineantes cuenta de colores a la trastienda. Tuvo que morderse la lengua para no exclamar. Aquel era exactamente el aspecto que había imaginado tendría la oficina de una pitonisa estafadora. Una lámpara de lava iluminaba tenuemente la habitación con tonos escarlata. Era una pequeña estancia cuadrada con un aroma tan intenso a incienso que Rose se sintió inmediatamente asfixiada. Las paredes estaban adornadas por tantos amuletos, figuras, crucifijos, cartas de tarot y afiches de santos, ángeles, demonios, hadas y demás criaturas míticas que apenas era visible el papel florido de la pared. El suelo estaba cubierto por una suave moqueta granate enterrada bajo decenas de cómodos cojines de colores tan llamativos y dispares como la misma Madame La Laurie. Un tocador repleto de libros y otros objetos extraños al fondo y una pequeña mesa redonda con dos sillas eran los únicos muebles del cuarto. Y sobre la mesa... ¡Por los malditos inmortales!- rose abrió los ojos de par en par incrédula- ¿Era aquello una bola de cristal? ¿Una auténtica bola de cristal? ¿Había quién aún usaba hoy en día una de esas?


-Siéntate, querida- le indicó la mujer, apretando sus hombros con fuerza hasta obligarla a tomar asiento sobre una de las dos únicas sillas de la estancia.


Rose se quedó mirando de hito en hito la bola frente a ella. Trató de concentrarse un momento buscando algún místico secreto en ella pero tan solo vio su propio reflejo. Por supuesto-pensó ahogando una risita- ¿Qué había esperado? Todo el mundo sabía que las bolas no eran más que cuentos para niños.


Por un instante se divirtió imaginándose a la Madame inclinada sobre la bola, concentrándose en vano con sus ya enormes ojos de mosca aumentados por diez. La idea estuvo a punto de hacerla soltar una carcajada.


Mientras, la supuesta adivina- Rose comenzaba a albergar serias dudas respecto a su legitimidad- dio una en torno a la estancia encendiendo velas y aumentando el olor intoxicante del incienso. Rose se tuvo que contener para no toser. 


-¿Quieres algo para beber, querida?- ofreció la mujer regresando junto a ella- ¿Un té quizás?


-No, no quiero nada, gracias- se apresuró a rechazar Rose cohibida. Se sentía tan fuera de lugar en aquella tienda como un pez fuera del agua. ¡Incluso le costaba respirar?


La pitonisa asintió para si, dio un último vistazo a la habitación y aparentemente satisfecha con lo que vio se dejó caer sobre la silla opuesta a Rose con un tintineo de sus múltiples joyas y brazaletes.  De modo que quedaron sentadas frente a frente y la muchacha se vio reflejada en los enormes anteojos de la mujer. La Madame cruzó sus largos dedos sobre la mesa y se inclinó hacia ella, durante un largo instante la joven no pudo apartar la mirada de sus largas uñas pintadas de violeta y naranja. Después volvió a levantar la vista la encontrarse con la empalagosa sonrisa de Madame La Laurie dirigida hacia ella.


-¿Y bien? ¿En qué puedo ayudarte, ...?- la mujer hizo una pausa como si estuviera intentando recordar algo importante.


-Rose- se apresuró a interceder la muchacha.


-Rose- asintió La Laurie para si alegremente como si fuera lo más increíble que hubiera escuchado en toda su vida- Un nombre preciosa, querida. Sin duda ideal para una jovencita tan hermosa y fuerte como tú. Tus padres tienen un gusto excelente.


Rose no se molestó en contradecirla.


-Así que Rosa-continuó la adivina alargando deliberadamente la última sílaba de su nombre- ¿Cuál era esa pregunta? ¿Problemillas amorosos tal vez? ¿Un chico? Generalmente siempre hay un chico. Aunque claro, me cuesta imaginar como una jovencita tan encantadora podría tener problemas de esa índole. ¿Quieres que te eche las cartas? ¿Ver que depara tu futuro?


Rose torció el gesto, ya tenía por su parte bastante en su presente como para preocuparse también con el futuro, mejor dejarlo estar y ya llegaría el momento de enfrentarse a él. Al darse cuenta de la mirada de la Madame se apresuró a recomponer el semblante en una máscara de titubeante curiosidad.


-En realidad esperaba que me ayudara con algo.- explicó dócilmente- El otro día me echaron los dados y ...- omitió deliberadamente quién y en qué circunstancias había ocurrido- y me salió un dado con la cara en blanco. Y me preguntaba que podía significar.


-¿Una cara en blanco?- repitió la pitonisa sin comprender y la nimia esperanza que había mantenido Rose de hallar allí la respuesta se le vino abajo hecha añicos. No tenía ni idea de que estaba hablando.


-Sí, una cara en blanco- insistió Rose sacando el dado del bolsillo y dejándolo caer sobre la mesa para que lo viera.


Madame La Laurie lo tomó delicadamente entre los dedos, con una delicadeza que no parecía acompañar a sus maneras empalagosas, y lo hizo girar despacio sobre su palma mientras lo examinaba. Pasó un instante que a Rose se le hizo eterno hasta que la mujer se aclaró la garganta para hablar. 


-Rose, cielo- su voz sonaba especialmente dulzona, casi como si quisiera disculparse- Parece que estás algo confusa. Este dado no tiene ninguna cara blanca. Pero si lo que buscas es una segunda lectura podría volver a echarte los dados yo misma...


Pero Rose no la escuchaba. Alargó instintivamente la mano y le arrancó el dado de entre los dedos. ¿Pero qué estaba diciendo? Imposible. Ella mismo había visto la cara blanca en el dado junto a su pie. El recuerdo le quemaba en la parte trasera de su memoria. Así que incrédula pasó a examinarlo. Le dio una vuelta. Después otra. Tragó saliva y volvió a intentarlo. Nada. La adivina tenía razón, aquel no era más que un dado corriente de seis caras cuyos puntos iban del uno al seis consecuentemente. No había cara blanca. Lo hizo girar entre sus dedos de nuevo confusa. Pero estaba segura que la había habido aquella tarde junto a su pie... los ojos de la niña... la sombra de la muerte... el recuerdo la hizo estremecerse. ¿Podía haberse equivocado de dado? ¿Podría haberlo intercambiado? Sacudió la cabeza. No, imposible, no había tenido ocasión, ni otro dado con qué confundirlo. Entonces... ¿qué estaba pasando allí? Sintió la frustración crecer en su interior al comprender que una vez más se enfrentaba a lo inexplicable. No le gustaban las preguntas sin respuesta.


Molesta por su infructuosa búsqueda deslizó el dado de vuelta en su bolsillo y comenzó a ponerse en pié. Parecía después de todo que se había equivocado respecto a aquel lugar, aunque aún podía sentir el aleteo de la magia era tan débil que apenas era perceptible y desde luego no emanaba de la madame. Se detuvo a medio camino cuando de pronto una ráfaga de pura magia azotó la habitación. No fue intensa pero tan repentina y hermosa como el aleteo de una mariposa que dejó a Rose desorientada y confusa. Bajó lentamente la mirada hacia Madame La Laurie cuyos enormes ojos desorbitados se habían perdido en el infinito, su rostro repentinamente relajado e inconsistente cubierto por una sonrisa risueña. Si Rose no supiera lo que sabía hubiera creído que la pobre mujer se había vuelto loca, pero la magia se había apoderado de ella.

-Carece de destino quien al destino sostiene entre sus manos pero el destino aún lo tiene a su merced pues es su destino carecer de destino. - habló de pronto la mujer, su voz ahogada y dulce, sus palabras incoherentes- La rosa que muerde con sus espinas el tronco del destino podrá saborear el futuro. ¿Pero puede una rosa presa del destino que carece cambiar las ruedas del mismo?

Madame La Laurie parpadeó de regreso a la realidad y el breve aleteo de magia se esfumó como si nunca hubiera estado allí. La pitonisa recupero la compostura y la miró con una sonrisa empalagosa, como si nada las hubiera interrumpido. A medio camino entre levantarse o volverse a sentar Rose comprendió que la estaba mirando boquiabierta. Se apresuró a cerrar la boca y recuperar la compostura. ¿Qué diablos había sido eso?

-¿Ya te vas, querida?- preguntó la mujerona como si nada las hubiera interrumpido- ¿Seguro que no deseas que te lea la suerte?

-N... no, muchas gracias- tartamudeó Rose aún confusa echando la mano al bolso no muy segura de qué hacer a continuación- Gracias por sus... umm... esfuerzos. No estoy segura de cuánto le debo por sus servicios...

La pitonisa parpadeó tras sus enormes gafas y ensanchó su ya empalagosa sonrisa.

-Por esto nada, querida. Lamento no haber podido ayudarte. Pero asegúrate de volver cuando quieras conocer tu futuro, estaré encantada de ayudarte.

Rose farfulló algo parecido a un gracias y una despedida y antes de que la mujer tuviera tiempo a levantarse dio media vuelta y salió zumbando de allí. Sintió un millón de dudas aletear en el fondo de su conciencia y sintiéndose ligeramente mareada por el repentino golpe de magia necesitaba urgentemente salir de aquel cuarto atestado de incienso, lejos de los ojos de mosca de Madame La Laurie y sus misteriosas palabras que por alguna extraña razón la hacían sentir inquieta, y respirar una bocanada de aire fresco. No se paró a preocuparse de lo que la adivina pudiera pensar de su extraña cliente, bastante rara era ya la situación al completo.

Salió a toda prisa de la tienda y tan solo se detuvo en el patio al sentir la reconfortante calidez del sol. Alzó la vista al cielo azul añil y aspiró una larga bocanada de aire mientras intentaba poner en orden sus ideas. ¿Qué había pasado exactamente? Estaba claro que la pitonisa no era el fraude que aparentaba aunque parecía que ella misma no era consciente de ello. Había escuchado una profecía, una auténtica profecía, aunque no había sacado nada en claro de ello. Había dicho algo de una rosa y el destino. ¿Una rosa? ¿Se refería a ella? Recordó la visita del destino aquella madrugada y se removió inquieta. Y por si fuera poco el dado había demostrado ser un mayor misterio de lo que aparentaba. En vez de respuestas regresaba con más preguntas y un dolor de cabeza. Procedió a acariciarse las sienes para intentar calmar el golpeteo de sus ideas contra el cráneo.

-No te desesperes demasiado con Madame La Laurie- la sorprendió una voz sobre su cabeza.

Rose se giró sobresaltada a tiempo de ver a un chico de aproximadamente su misma edad saltar de encima de una tapia donde había estado tumbado tomando el sol y acercarse a ella. Era de mediana estatura y delgado y se movía con una elegancia no deliberada que la joven no había visto nunca antes un un mortal. Vestía unos ajustados vaqueros negros, una camiseta de manga corta también negra y unas chancletas a juego. Su rostro triangular era atractivo de una manera extraña con su piel pálida, finos labios sonrientes, su pequeña nariz perfectamente recta y las delgadas cejas azabache que coronaban unos redondos y relucientes ojos de color ambar, unos ojos inteligentes y juguetones, unos ojos sin un ápice de humanidad. El cabello oscuro, sedoso y perfectamente liso cortado en tazón le caía sobre la frente como una cortina que separaba el mundo tras sus ojos de la realidad.

-Madame no es una mala mujer- continuó el muchacho caminando hacia ella mientras se relamía los labios. Rose no pudo sino admirar el ademan elegante de su paso felino mientras se acercaba- Es un poco extraña pero a veces tiene sus momentos de lucidez.

Ahora que estaba más cerca Rose reconocía el suave poder de la magia palpitar en él, el mismo poder que había quedado prendido en la tienda de la pitonisa apenas perceptible pero burbujeante. ¿Cómo no lo había sentido antes? Asintió.

-Sí- repuso- Parece haber tenido uno de esos raros momentos de lucidez.

El joven se detuvo y ladeó la cabeza de forma inquisitiva, de pronto parecía interesado.

-¿De verás? Me pregunto que ha dicho. Me hubiera gustado oírlo pero me temo que algunos de esos momentos solo existen para quien debe recibir el mensaje- los ojos ambirinos del muchacho chispearon con sus palabras.

Rose se encogió de hombros.

-Puede que me hubieras sido de ayuda porque no tengo la menor idea de lo que ha querido decir- hundió la espalda apesadumbrada- Y en vez de conseguir respuesta para mi pregunta solo he logrado más preguntas sin respuesta.

El adolescente asintió comprensivo.

-Suele pasar más de lo que nos gustaría. Tristemente con madame más de lo habitual, nunca puedes estar seguro de cuando tendrá uno de esos momentos y cuando lo hace no hay quien lo descifre. Pero tengo curiosidad... ¿cuál es la pregunta que te ha traído hasta aquí? Tal vez pueda ayudarte.

Rose no dudó. Después de todo no perdía nada por intentarlo.

-Hace poco me echaron los dados-explicó omitiendo de nuevo deliberadamente las circunstancias- Y me salió una cara en blanco. Me preguntaba que podría significar.

-Una cara en blanco- repitió el chico repentinamente interesado pasándose la lengua lentamente por los labios. Parecía estar meditando su respuesta- Si te echaron los dados para conocer el destino solo se me ocurre una cosa que la cara blanca pueda significar. - Rose lo miró espectante- la ausencia de destino.

 -¿Es eso posible?- preguntó incrédula- ¿Alguien sin destino?

Esta vez fue el momento de su interlocutor para encogerse de hombros.

-Lo ignoro- contestó con sinceridad, sus ojos ávidos de respuestas- Nunca he conocido ninguno pero eso no significa que no exista.

-¿Entonces todos tenemos un destino?- inquirió frunciendo el ceño. La idea de que su vida hubiera sido decidida desde el momento de su nacimiento por poderes que escapaban a su comprensión nunca le había resultado atractiva.

-No un destino, sino múltiples destinos- la contradijo el joven- Cada persona tiene tantos destinos como decisiones tome y oportunidades tenga. Los caminos que escoja condicionan el final de su destino, pero siempre tiene una gran plano de oportunidades del que no se puede salir. A ese plano de decisiones le llamamos destino, tanto como a la consecuencia final de las acciones.

-¿Significa eso que yo no tengo plano? ¿Y qué pasa entonces?

-No estoy seguro, nunca he conocido a nadie sin plano. Puede que te pierdas o que dibujes tu propio destino. Puede también que robes los puntos en el mapa de otros.

-¿Robar el destino de otro?- Rose se removió con la idea.

Ajeno a ella, como si acabara de perder su interés, el muchacho sacó un bonito lazo rojo del que colgaba un gran cascabel dorado y comenzó a juguetear con él. Rose sonrió al reconocerlo.

-¿Quieres que te lo ponga?- se ofreció.

El chico enarcó una ceja y sonrió.

-¿Lo harías por mí?- pregunto juguetón tendiéndola el lazo.

Rose se apresuró a cogerlo y colándose tras el adolescente procedió anudarlo a su garganta con un bonito lazo.

-¿Puedo preguntar tu nombre?- inquirió Rose con suavidad.

-Por supuesto.

Aguardó y al ver que no adquiría respuesta suspiró exasperada.

-¿Cuál es tu nombre?-insistió mientras alargaba la mano y lo rascaba distraidamente detrás de la oreja.

- He tenido muchos- repuso el chico con un suspiro que sonaba misteriosamente parecido a un ronroneo- Pero últimamente Madame me llama Noir.

Rose no pudo evitar que se le escapara una risita.

-Madame nos es muy original ¿verdad? Y se ve que tiene cierta preferencia por el francés.

-Puede que no sea original pero me ha dado un nombre.

Rose asintió y volvió a acariciar suavemente su oreja hasta que oyó satisfecha otro suspiro parecido a un ronroneo.

-Encantada de conocerte, Noir, y muchas gracias por tu ayuda,. Yo soy Rose.

-Un placer Rose... el que me has dado rascando tras mis orejas. No muchos tienen ese honor.

Rose sonrió y se dispuso a responder cuando una sonoras campanadas repiquetearon sorprendentemente cerca. La muchacha sobresaltada se giró para comprobar la hora en el reloj. ¡Había pasado el mediodía! Debía volver a casa antes de que Marcus empezara a preocuparse en vano porque no había aparecido a desayunar ni a comer.

Se despidió torpemente de Noir y echó a andar callejón abajo sintiendo los relucientes ojos ambarinos del chico fijos en ella. Se volvió una última vez para despedirse con un ademan de mano para encontrar únicamente a un enorme gato negro desperezándose tranquilamente bajo el sol. Cuando subió de un salto a la tapia el enorme cascabel que colgaba de su cuello en un lazo escarlata tintineó. Rose hondeó el brazo hacia él con una sonrisa antes de seguir adelante.