Buscar

miércoles, 5 de octubre de 2011

El Club de los Corazones Rotos 1: antes del 24 de Diciembre (Ariadna)

Llegué al Club de los Corazones Rotos sin pretenderlo una no tan lejana noche de invierno, con el corazón roto en una mano y la lluvia lamiendo mis lágrimas. Y entonces escuché la quejumbrosa melodía de un piano viejo que parecía  llamar a la puerta de mi corazón y olí ese reconocible aroma de la soledad, la tristeza y el despecho. Puede que solo fuera casualidad, pero a mi me gusta pensar en el destino, una fuerza invisible y misteriosa que nos unió a los corazones rotos en su seno, a los amantes perdidos, y nos acogió sin preguntas en su reconfortante silencio. 

Pero para que comprendáis mi historia, cómo y qué me trajo hasta aquella puerta lacada en rojo un triste 24 de Diciembre, he de comenzar mi relato desde el principio. Desde antes de que entrara en juego el destino, desde cuando aún tenía un corazón completo que latía con esa inamovible fuerza que llamamos amor. 

Llegué a la gran ciudad cuando no tenía más que 18 años. No era más que una niña ingenua llena de sueños que dejaba atrás una parte de mi vida y creía con ciega inocencia que lo que había por venir no podía ser sino mejor. Para una joven tímida e introvertida proveniente de una pequeña localidad portuaria, la capital era el epitomo de la tecnología, un mar nuevo en el que aún había de aprender a nadar. Me fascinaban los rascacielos, las galerías y las luces que nunca se apagaban, me mesmerizaba aquella ciudad que nunca dormía; pero también me asustaba. Sobretodo me asustaba la gente, esas conglomeraciones de personas desconocidas corriendo de un lado a otro sin prestarte más atención que una simple mirada de soslayo.

Ni que decir tiene que me costó adaptarme. A aquel nuevo mundo, a los sonidos y los olores, a los colores, a la universidad, a la impersonalidad, y a vivir en un piso compartido con extraños, más incluso que a valerme por mí misma. 

En aquella época de confusión lo conocí. Al hombre que había de cambiar el rumbo de mi vida.





lunes, 3 de octubre de 2011

La niña de los ojos negros

Me miró con unos ojos negros demasiado sabios para una muchachita de su edad. Una mirada nostálgica y triste, pero tan serena como una laguna cuyas aguas habían dejado de correr. Aun así estaba seguro de que en lo profundo de aquellos pozos de serena calma, bajo la superficie de sus aguas negras, se desataba una terrible tormenta, un maremoto de emociones secretas que no encontraban respuesta.

Sin saberlo quedé cautivado por los ojos negros de aquella niña de mirada turbulenta.



Lost love

You said goodbye
even though
I didn't wanna hear
those words
coming from the lips
I once loved.

I thought I was going to die
as your back fade away
and melt in the sky,
as I heard your last words
stabbing my heart
once and once.

But I'm still standing here,
I'm still breathing
as my mind is replaying
again your last words,
but something is dying,
withering in my heart,
is it our song
dying down?
the last sparkles of love.

Sonata para mi piano

Sentada junto a mi piano
las horas pasan en blanco
y yo compongo esta melodía
que sin palabras cuenta mi vida,
tecla a tecla la desgrana,
tan sencillo es escucharla,
tan difícil fue vivirla
pero para mi piano
solo son notas perdidas
en un pentagrama en blanco,
reflejo de horas marchitas
que se funden en su abrazo.

domingo, 2 de octubre de 2011

El Club de los Corazones Rotos: El Piano (Joseph)

Estaba siempre solo, acurrucado en aquella esquina semioculto en la penumbra, viejo, ajado, cansado...pero no roto. Era como el reflejo de un amor marchito, como un enamorado que había perdido su mitad, como una sombra que aguardaba al amante que se había fugado y lo había dejado atrás.

A Joseph aquel viejo piano le recordaba a si mismo. 



viernes, 30 de septiembre de 2011

Meetings

Our eyes met,
was it a coincidence?
just chance?
I like to think
it was destiny
playing with our threads

But who are you
that with just one look
make me dizzy?

Who are you
that my locked eyes
can't just let go?

This chance meeting,
this destiny play,
just one look
and my heart would throbbe
and if I'd look away
the spell chance cast on us
will brake,
so I don't want to look away,
I want to keep living
in the fantasy
our meeting eyes
built for me.

Our eyes met
and let go,
destiny walked away
and chance went on her own,
but my heart can't forget
that spell your eyes
cast upon me,
that second of mistery and love.

Life is not a drama

I walked away,
I left without a word,
if life was a drama
you wouldn't have let go,
if life was a film
you'd run after me
but life is not a drama,
but life is not a film,
I left and you,
you didn't look for me
and as my dreams fade
I understand again
that life is not a drama
and I am not actress,
life is not a film,
there's not a pink ending,
I run and you never came for me,
I know someday
It'll be a bittersweet memory
but now it hurts knowing
that was all our love was ment to be,
and this is a goodbye
so bitter, no sweet
'cause life is not a drama
'cause life is not a film.

jueves, 29 de septiembre de 2011

El Club de los Corazones Rotos

Si te adentras en la oscuridad del callejón, al fondo lo encontrarás. No es más que una vieja puerta de madera lacada en rojo sobre una pared de ladrillos ensombrecida por el tiempo, el humo y los sueños perdidos de una gran ciudad. No tiene ningún nombre, ni hay cartel que se meza sobre ella, pero tiene un aroma propio. Bajo el olor a tabaco, alcohol y perfume habitual de cualquier bar, aletea una fragancia tan sutil que confunde los sentidos y tan solo la reconocerá aquel que la haya olido antes. Es el olor de los corazones rotos, de las ilusiones apagadas, de las esperanzas marchitas... 

Si lo reconoces, adelante, abre la puerta y bienvenid@ al Club de los Corazones Rotos donde habitan los extraviados, los pedazos de algún amor perdido, los hombres solitarios. Algunos buscan compañía, otros ahogar sus penas, algunos tan solo dejan descansar a su alma abatida antes de emprender otra vez el viaje por la vida, unos pocos escapan de la realidad. ¿Y tú? No temas, si has llegado hasta aquí es porque este es tu lugar, el Club nunca se equivoca. Aunque no lo busques él siempre te encuentra, te envuelve y te refugia.

Yo misma llegué aquí sin pretenderlo una no tan lejana noche de invierno, con el corazón roto en una mano y la lluvia lamiendo mis lágrimas. Y entonces escuché la quejumbrosa melodía de un piano viejo que parecía  llamar a la puerta de mi corazón y olí ese reconocible aroma de la soledad, la tristeza y el despecho. 

El Club de los Corazones Rotos me daba la bienvenida.


Fuego

No me gusta el fuego
porque el fuego quema
y el amor es fuego,
no me, no me prendas

No me gusta el fuego
porque, porque quema
y tú eres fuego
no me, no me prendas

No,
no quiero más amor
que las cicatrices del corazón
ni en tiempo las curó
y las quemadura de pasión
ni el llanto apagó,
cenizas para el sol

No me gusta el fuego
porque el fuego quema
y el amor es fuego,
no me, no me prendas

No me gusta el fuego
porque, porque quema
y tú eres fuego
no me, no me prendas

No,
no quiero volver a jugar
perdí ya la última mano
así que deja intentarlo
que estoy en la bancarrota,
sin fichas y sin sonrisas,
no queda ni el amor

No me gusta el fuego
porque el fuego quema
y el amor es fuego,
no me, no me prendas

No me gusta el fuego
porque, porque quema
y tú eres fuego
no me, no me prendas

No,
no intentes grabarte en mí
que el nombre que otro tatuó
aún perdura en mi corazón
y ni un nuevo fuego podrá borrarlo.

No,
no me mires así,
con esos ojos prendidos
que yo todos los sueños
los apagué en el cenicero del olvido

No me gusta el fuego
porque el fuego quema
y el amor es fuego,
no me, no me prendas

No me gusta el fuego
porque, porque quema
y tú eres fuego
no me, no me prendas

No me gusta el fuego
porque el fuego quema
y tu amor es fuego
no me, no me prendas

No quiero tu amor
porque es fuego y quema,
apaga tu pasión,
no me incineres en ella


martes, 27 de septiembre de 2011

El Fruto Prohibido

-¿Por qué?-preguntó el primer hombre alzando sus ojos suplicantes- ¿Por qué si Dios me hizo a su imagen y semejanza...? ¿Por qué si he seguido cada uno de sus designios...? ¿Por qué ahora me abandona?

El Arcángel lo miró impasible y respondió:

-Porque has mordido el fruto prohibido. Osaste amar a la hija de Dios.



lunes, 26 de septiembre de 2011

Love Melody

I was playing with the threads of destiny
and composed this love melody,
the only thing I want to do now
is sing it,
sign it
for you!

sábado, 24 de septiembre de 2011

La silueta de un amor imposible

Me enamoré de un hombre cuyos ojos solo miraban a otra mujer, la sombra de un amor que ya no pertenecía a este mundo. Tal vez por ello, por aquella mirada embrujada por el dolor y el vacío de la pérdida, aquel amor incondicional que desafiaba a la misma muerte, fue por lo que quedé cautivada. Más que del hombre, de la pasión que profesaba, de la profunda herida de su alma, del deseo secreto de ser amada con tal intensidad y devoción.

Recuerdo su figura solitaria paseando junto al río cada noche. Recuerdo su espalda recortándose contra el horizonte. Parecía tan abatida y triste cuando los últimos rayos del sol se ponían sobre ella... que mis brazos inconscientemente salían a buscarle. Y a pesar de que nunca me miraba le daba consuelo con mi cuerpo, a pesar de que sus ojos buscaban en mí a una mujer muerta, a pesar de que sus labios nunca pronunciaban mi nombre... porque en secreto anhelaba ser amada como tan solo él sabía amar, soñaba con un amor perenne.

Sabía que antes o después me rompería, víctima de mi propia codicia, pero no podía dejar de seguirlo con la mirada y cuando cerraba los ojos aún lo veía, como si su solitaria silueta se hubiera grabado a fuego en mi retina. Y poco a poco lo iba conociendo, el ritmo de sus pasos y la ternura de sus caricias, cada pequeño detalle de cada una de sus manías y cuanto más lo conocía más lo amaba y cuanto más lo amaba más deseaba que aquella mirada vacía, pérdida en un infinito que yo nunca podría alcanzar, se volviera a mirarme, aunque fuera por solo un instante, que solo fuera mía. Y cuanto más anhelaba más moría. 

Mirando atrás supongo que realmente lo quería, a aquel hombre que me daba la espalda cada atardecer en busca de una mujer que nunca volvería.



jueves, 22 de septiembre de 2011

Dreamer

That room where we used to love
still stays,
that bed which we used to mess
keeps fresh
those memories of us,
lovers hand in hand.

All the dreams we made,
promises never kept,
as time flows by
I keep asking myself
were you ever there?
were you just a dream
that my loveless heart
made up?

Will you keep me warm
as winter nights walk pass
and summer never comes back,
as love never falls appart,
only in my heart
as dreamer I am
living in the past
between sweet memories of us,
as a dreamer I am.

martes, 20 de septiembre de 2011

A medias

Y me confundes con medias verdades
y me engatusas con medias mentiras,
si no me quieres sé sincero
y dímelo ya, vida mía.

¡Basta de este juego!
de ahora puedo,
ahora no puedo,
basta de andar siempre a medias,
alimentando al corazón con migas de verdad,
y si no me quieres dímelo,
por una vez haz algo pleno,
basta de medias naranjas,
dame un zumo entero,
dime "no te quiero"
....
dime "no te quiero."

jueves, 15 de septiembre de 2011

El primer encuentro

-Si me das la mano no te dejaré caer-me dijo el demonio mirándome fijamente con aquellos ojos rojos desbordantes de confianza y extendiendo su mano hacia mí.

Y yo al borde del precipicio, a punto de despeñarme a mi propia muerte, acepté aquella mano que me tendía.

El demonio sonrió y así fue como empezó todo.



miércoles, 14 de septiembre de 2011

Dark Knight

On the realm
of endless nights
a lonely knight
walks on his path,
destiny played
hard with his cards
and made him loss
all that he was,
now he just walks,
liveless and hurt,
loveless and lonely
in search of his heart
that once flead
and never came back.

Will some day
light shine
on his dayless realm?

Princesa cautiva

Prisionera de mi misma,
princesa cautiva
entre los muros
de mi decadencia,
en el palacio de mi vida,
rodeada por un foso
de aguas desconocidas,
presa de la soledad
que me silencia,
de la inseguridad
que me aprieta,
encadenada al peso
de mi propia conciencia

Hace tiempo que no espero
príncipe que despierte mi verdadera esencia.

Ruidosa soledad

En esta ruidosa soledad
rodeada de desconocidos
y sin poder hablar,
la nostalgia crece en el corazón,
me estrangula
y no me deja marchar.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Nunca sabrás cuál de mis palabras fue una mentira y te acabarás por preguntar si alguna fue verdad.


viernes, 9 de septiembre de 2011

Petals path

That old promise
slowly fades away
just like a dream,
you are letting go
of that hand
you should hold

When you say goodbye
I'll just fake a smile,
you won't see me cry
as you walk forward
never look back,
you can't see
my silent tears
kissing the lips
you once owned.

As you walk away
I'll scatter petals on your path,
each a memory of us
that will never fade,
so you will remenber
even as love dies,
withers within your heart,
that once a flower blossoned
on your lonely realm

When time comes
you'll say goodbye
and I'll see you off
with a smile,
you'll never see
my falling tears
'cause my eyes
are already dry,
tired from useless cries.

As you walk away
I'll scatter petals on your path,
each a tear I shed for both us,
but this poem shall be the last flower
I grow on your heart,
a silent requiem for a lost love
that once was.

Interludio I: Recuerdos que se mecen

Pasea despacio por el Jardín de Rosas, sin prisas, dejando que el tiempo fluya sin expectativas, como solo saben hacer aquellos que tienen la eternidad por delante. Inconscientemente sus pasos le guían a lo más profundo, de regreso al balancín de sus recuerdos. Oculto entre frondosos rosales y espinos aún se alza aquel viejo roble, por su tronco aún trepan los jazmines y de su rama aún cuelga un columpio de gruesas enredaderas y ramilletes de florecillas blancas. Pero ahora está vacío, siempre solo y cansado, tan solo juegan en él el inmenso peso de los recuerdos pasados. 

Alza la vista y durante un instante su mente le juega una mala pasada y se imagina a una niña vestida de blanco, dibuja sus tirabuzones al viento y el suave balanceo de sus piernitas pálidas. Después se esfuma, se disuelve en la realidad y el visitante regresa a contemplar atormentado un columpio que tan solo se mece en su memoria

El Jardín de Rosas y todos sus secretos persisten testarudos al paso del tiempo, aun si la Niña de Blanco ya no pasea por ellos, aun si el traidor regresa cautivo de sus recuerdos. Aquel jardín reclama siempre un nuevo prisionero.


Secretos en lo profundo

Recordaba vagamente que entre la fuerte fragancia de las rosas se filtraba fugitivo un suave aroma a jazmín, tan leve e insignificante que tan solo sus agudos sentidos inmortales hubieran podido captarlo. Por alguna razón desconocida aquella ínfima fragancia le resultó intoxicante. La primera vez que la había seguido fue cuando encontró el secreto del jardín. En lo más profundo de un laberinto bordeado por frondosos rosales y espinos se alzaba un roble que parecía tan viejo como la señora de su jardín. Los jazmines crecían en torno a su tronco, lo abrazaban y amenazaban con ahogarlo con una cascada de fragantes florecillas blancas. Y de él colgaba un viejo columpio construido con gruesas enredaderas y adornado con ramilletes de jazmines. Y en él se balanceaba la Niña de Blanco siempre descalza, con sus bucles dorados al viento y el vuelo vaporoso de su vestido claro. Vista así parecía la más inocente de las criaturas, limpia como las primeras nieves de invierno, pura como los ángeles que nunca descienden del cielo... Una visión ilusoria. 

La Niña de Blanco bajó la vista y sus miradas se encontraron y se entrelazaron como viejas compañeras. Lo que vio en aquellos ojos cristalinos fue una oleada de emociones que no creía capaz existieran en aquella pequeña de cáscara cruel. Aquellos ojos celestes lo miraron cautivos de la soledad, torturados por la tristeza, embrujados por el lamento...

Todo hubiera sido mucho más fácil si nunca hubiera visto aquellos ojos cargados de tormento.



jueves, 8 de septiembre de 2011

Locked words

I was trying so hard
I couldn't breath,
when you came my way
I would just freeze,
I wish you had
seen through me,
but you never looked,
never got it

I close my eyes,
go back in time
when your smiles
made me warm,
you never knew,
I never told
we were both
just kids secretly in love

I wish all those words
which were never born
will find their home

I wish I could go back
and say just once
what I locked in my heart

I wonder how would it sound
saying "I love you"

I tried to tune
I thought I knew your song
but when I sang
I missed my part
and from that on
everything went wrong

You wanted more,
I was too slow,
I didn't know
how to say love,
you never knew,
I never told,
we were both
just kids secretly in love


I wish all those words
which were never born
will find their home

I wish I could go back
and say just once
what I locked in my heart

I wonder how would it sound
saying "I love you"



Cautivo de la Rosa

La Niña de Blanco le susurró con una voz tan dulce como la miel palabras tan afiladas como puñaladas y rió al ver su rostro atormentado por la culpa. El cuerpo de su última víctima yacía roto sobre el césped, pálido, frío, vacío... carente de vida. Cuando bajó el rostro vio sus propias manos manchadas de sangre, sus ropas salpicadas de carmesí... y se asqueó de si mismo cuando voraz se llevó los dedos a los labios y lamió con avidez. Sintió horror y nauseas y su cabeza comenzó a dar vueltas enloquecida por el tintineante sonido de una risa conocida. 

Con un rugido se arrancó la camisa y la arrojó sobre el cuerpo, para que cubriera aquel rostro inexpresivo que desde el suelo lo acusaba de su muerte. La Niña de Blanco volvió a susurrar palabras crueles y él se dejó caer de rodillas y se cubrió los oídos con las manos como un loco. Pero en vano, las palabras que escapaban de aquellos dulces labios se clavaban en su mente y profundizaban en su conciencia.

Había intentado recordar sus rostros y sus vidas, atesorar los recuerdos fugaces de sus víctimas, pero ya hacía tiempo que había perdido la cuenta y los rostros comenzaban a difuminarse en su memoria, los ojos a confundirse con otros ojos. ¿Cuánto tiempo había pasado en aquel maldito Jardín de Rosas? ¿Días? ¿Meses? ¿Tal vez años? Era imposible saberlo en aquel jardín donde las rosas florecían todo el año y con aquella niña de mirada adulta que jamás envejecía. Y ahora tampoco él. ¿Cuál era su nombre? ¿Cómo había sido su vida? ¿Por qué había llegado a aquel lugar sin tiempo? No lo recordaba. Hacía tiempo ya que era otro eterno prisionero del jardín y sus rosas.



5- Cita con El Destino

La oscuridad era negra, fría e indolora. Sobretodo indolora, carente de emociones ni sensaciones, flotando en ella se sentía liviana.

Estaba sola en medio de una habitación sumida en la penumbra. El suelo, el techo e incluso las paredes eran todas negras y en aquella cueva no había luz. En cierto momento se dio cuenta de que no se encontraba en un cuarto de paredes, techo y suelo negro, sino que no había ni techo, ni suelo, ni paredes y flotaba en la nada, en un espacio sin luz y sin sombra, sin frío ni calor... incapaz de escapar. No veía, no oía, no sentía... todo lo que había era aquella insondable oscuridad como si hubiera perdido cada uno de sus sentidos y como si nunca los fuera a recuperar. Se abrazó las rodillas en posición fetal y se dejo girar y girar en aquella nada sin sentidos. Y de pronto lo comprendió: Estaba muerta y más allá no había nada, absolutamente nada más que ella misma y poco a poco se desvanecería su propia consciencia hasta olvidarse de si misma y de que alguna vez existió.

Rose despertó de golpe en la cama, aterrorizada y cubierta de sudor frío. El corazón le latía a mil por hora, tanto que parecía estar a punto de escapársele por la garganta. Y en un abrir y cerrar de ojos un rostro hermoso e inmortal se inclinaba sobre ella, el cabello negro despeinado y las facciones afiladas suavizadas por la preocupación.

-¿Estás bien?-preguntó Marcus en un susurro quedo, su voz quebrada por el miedo.

De sus padres adoptivos siempre había sido el más sobreprotector. Y es que si para cualquier vampiro la existencia humana era breve y frágil como el cristal, para Marcus ella era como una muñeca de porcelana, siempre a punto de quebrarse y siempre estaba atento al más leve cambio en el ritmo de su respiración, en los latidos de su corazón, en el tono de su voz... Desde que tenía memoria cada vez que despertaba asustada tras un mal sueño, el vampiro estaba sobre ella, con aquel bello y severo rostro compungido, teñido de un temor sin nombre arraigado en lo más profundo de su propia existencia.

-Estoy bien-murmuró Rose improvisando una sonrisa- Solo era una pesadilla.

Marcus la observó con los ojos entrecerrados nublados por la sospecha, pero Rose tenía 18 años de experiencia en tratar con el vampiro y le sostuvo la mirada sin pestañear hasta que con un suspiro se dio por vencido. Asintió, se puso en pie y tras posar un beso en su frente tan leve como el aleteo de una mariposa salió por la puerta. Rose lo siguió con la mirada hasta que se desvaneció en la penumbra del corredor. Un instante después Cecil asomó la cabeza, su rostro pálido y fantasmal parecía envuelto por un resplandor místico casi como una aureola.

"Te dije que tendrías pesadillas, pequeña rosa"-leyó que le decían sus labios sin voz.

Rose puso los ojos en blanco y con una sonrisa llena de picardía el inmortal se esfumó.

Lentamente la muchacha recorrió su dormitorio con la mirada, esperando encontrar consuelo en las viejas cosas conocidas como las estanterías repletas de libros o la bola de ropa del día anterior sobre una butaca, pero sus ojos resbalaron sobre un rostro desconocido que la observaba en silencio amparado en las sombras que dibujaba la noche en su alcoba. Su corazón dio un vuelco y durante un angustioso segundo temió que Marcus corriera de nuevo a su lado, porque ni siquiera el poderoso inmortal podría hacer nada contra aquella silenciosa presencia. Ni siquiera sería capaz de verlo como ella lo veía, sentado cómodamente en su antigua silla de mimbre en una esquina sin luz, impecable en su traje negro y cubriendo su incipiente calvicie con un anticuado bombín. Su rostro pálido e impasible fijo en ella, sus ojos calculadores midiéndola...

Rose cerró los ojos con fuerza y respiró hondo. Cuando volvió a abrirlos el hombre había desaparecido y en la esquina  se mecía sola la vieja silla de mimbre. Sintió miedo. Un miedo irracional. La acababa de visitar El Destino y todos sabían que una visita de El Destino nunca auguraba nada bueno. 

Un hada muerta le había echado los dados y la rueda del destino había empezado a girar.



miércoles, 7 de septiembre de 2011

Adiós

Tus labios me dicen adiós,
tus ojos me suplican
que no me vaya,
doy un paso al frente
y me alejo un poco más,
mi corazón se quiebra
y aunque juré no mirar atrás
mis ojos te siguen
tras el cristal
y te veo solitaria
de pie en la estación,
tus hombros caídos
me dicen adiós
y las lágrimas que
en tus ojos coagularon
forman esferas de vidrio
donde el tiempo se detiene
y quisiera poder perderme
en ellos por siempre,
como un insecto
cautivo de la resina,
quiero ser su prisionero,
pero se alarga la carretera
y se acortan los recuerdos
y desde la distancia
se desvanece tu silueta,
se desvanece la estación,
se desvanece la ciudad
y yo me vuelvo un fugitivo,
huyendo de mi propia tempestad,
y me pregunto si cuando regrese
tú allí aún estarás,
con tus ojos suplicantes,
tus esferas de cristal.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Se llamaba Sara

La última vez que la vio salía de un café con paso ligero. Era una tarde fría de invierno y vestía un largo abrigo de color blanco sobre unos vaqueros ajustados y las botas altas de cuero negro que le había regalado por su cumpleaños. Cuando abrió la puerta el frío viento invernal la golpeó de lleno e hizo flotar juguetón su largo cabello dorado. Entonces giró la cabeza un instante y sonrió. Le sonrió. Jamás olvidaría sus mejillas suavemente arreboladas por el frío, ni el brillo chispeante de sus ojos azules. Después dio un paso al frente y la puerta se cerró tras ella devolviéndolo al maremoto de ruidos y olores propios de un bar. Lo último que vio de ella fue el vuelo de su bufanda rosa pasar junto a la ventana.

Aquella fue la última vez que vio a Sara. Si es que aquel era su verdadero nombre.



sábado, 3 de septiembre de 2011

Decir que no

Quisiera decir que no,
que no te quiero
pero eso de mentir
no está en mi fuero,
por eso confieso
que aún te quiero
pero en mi corazón
no entra otro remiendo
por eso me esfumo
como un buen recuerdo,
meto en las maletas
nuestros momentos
y luego me pierdo.

En la guerra del amor
soy ya todo un guerrero
pero nadie me dará
una medalla al honor
por romperme el corazón.

Tu disparo fue certero,
te clavaste en mi interior
siempre fuiste el mejor
francotirador,
me pusiste en la mira
y me atravesaste el corazón
y ahora la sangre coagula
pero no cicatriza la lesión
y me desangro por amor.

Tu lengua siempre fue afilada
esgrimías te quieros como espadas,
nunca he sido tan buena en la batalla,
pero he aprendido del mejor
después de todo tú me has enseñado
a pelear en la guerra del amor.

Ahora me pinto la cara
y me visto de misión,
ésta será nuestra última cena,
la última batalla
y las normas
las dicto yo.

Quisiera decir que estoy anestesiada
contra toda forma de dolor,
que soy inmune a tus espadas,
a las palabras disfrazadas de amor,
pero mentir no es lo mío
y lo sabemos los dos,
por eso...


por eso confieso
que aún te quiero
pero en mi corazón
no entra otro remiendo
por eso me esfumo
como un buen recuerdo,
meto en las maletas
nuestros momentos
y luego me pierdo.



Quisiera alzar el vuelo,
volver a empezar desde cero
y ahora ya no tengo miedo
de extender las alas
y volar lejos
de este frente de tormenta
donde la guerra es eterna.

Esto es una despedida,
adiós,
recojo mis armas
y  me voy.



viernes, 2 de septiembre de 2011

Tóxico de Sangre

La primera vez que probó el dulce néctar de la sangre fue el día en que perdió el último rastro de humanidad que le quedaba.

La Niña de Blanco le guió por el jardín con sus juegos de palabras y secretos, bailando entre sus rosas y ocultándose tras sus espinas, riendo con voz cristalina e inocente y unos ojos crueles y antiguos cautivos de estremecedoras historias.

Le señaló la muchacha con un dedito pequeño, pálido y frágil y le sonrió con la dulzura propia del más mortal de los venenos. Pudo ver la muerte grabada en su mirada.

La muchacha alzó los ojos hacia ellos y sonrió con la ignorancia propia de la juventud. No era más que una chiquilla cautivada por la belleza de aquel jardín de rosas perennes, pero al haber puesto el pie en él había firmado su sentencia, al haberse embriagado con su perfume intoxicante y haberse perdido entre las caricias de los suaves pétalos de colores.

Se acercó a él sonriendo con inocencia, atraída irremediablemente hacia la belleza inmortal como un insecto a la luz que iluminará su funeral. Intentó apartarse, escapar de aquella criatura rebosante de vida y juventud, de su tersa piel color nieve y el fragante aroma de la sangre que corría por sus venas, que palpitaba en sus arterias, que intoxicaba sus sentidos. Pero la Niña de Blanco giraba en torno a ellos, sonriente y aterradora en su hermosura sin edad. Y con cada giro sus diminutos labios rosados pronunciaban una frase prohibida y con cada palabra la muchacha entraba en trance y se acercaba insinuante y sus ojos se nublaban con un presagio espectral.

De pronto estuvo entre sus brazos, joven y viva, un corazón palpitante aleteando en su pecho. Intentó zafarse, pero los ojos fríos de la Niña de Blanco lo detuvieron.

"Bebe"-le dijo, un susurro quedo y aterciopelado en su cabeza. Sugerente e irresistible.

Y la muchacha le ofreció su cuello, largo, delgado y pálido como un lirio. Tan fácil de quebrar...

"Bebe"-repitió el susurro al borde de su conciencia.

Y la muchacha se apretó contra él, sus ojos vidriosos, y se inclinó desvelando sugerente el comienzo de sus pechos.

"Bebe"

Y bebió.

Perdió la rienda de sus sentidos que se desbordaron como una cascada de loca sed roja sobre ella. Abrió la boca y sus colmillos se extendieron. Ladeó la cabeza y besó con suavidad el comienzo de su cuello. Saboreó el aroma a rosas salvajes que desprendía su piel. Enredó los dedos en su cabello y la obligó a ladear la cabeza. La locura extendiéndose roja por su cabeza, arrasando los últimos vestigios de conciencia en una marea que lo ahogaba con su perfume a sangre.

Y sus colmillos rasgaron inseguros la piel de la garganta y de golpe los ojos cristalinos de la muchacha regresaron a la realidad y se desenfocaron por un terror sin nombre. Pero la primera gota de sangre ya había rodado entre sus labios y el frenesí se apoderó de él, despojándolo de lo que pudiera haberle quedado de humanidad. Sus caninos se clavaron en su suave cuello y la primera bocanada de líquido carmesí embriagó su cordura. Dulce, intoxicante, venenoso... Un deseo irrefrenable nubló sus juicio y bebió con avidez, excitándose con el beso de la muerte.

Los ojos de la muchacha se perdieron en el infinito y su cuerpo languideció entre sus brazos. Sus labios se entreabrieron y un suspiró que sonó como un jadeo placentero escapó extinguido.

Y en su locura roja, drogado por el tóxico carmesí y rememorando los días de una vida que se extinguía;  recordaría escuchar aquella risa histérica y cristalina como un macabro concierto de cascabeles.

La Niña de Blanco reía.




jueves, 1 de septiembre de 2011

4- Cecil

-Llegas tarde- fue lo primero que le dijo Cecil cuando Rose entró al salón.

Se había repanchingado en su sillón favorito, aquel de cuero negro que siempre olía a violetas, y apoyaba  sus largas piernas sobre la mesita de café con desenfado. Vestía unos ajustados vaqueros deslavados y una camisa azul pálido desabotonada hasta la altura del pecho, dejando entrever una piel blanca, tersa y lampiña en un torso perfectamente plano. El cabello rubio y lacio le caía casi hasta la altura de la nuca, enmarcando un rostro ovalado, de facciones suaves casi femeninas, en que destacaban unos jugosos labios en forma de corazón y unos redondos y relucientes ojos azules. 

Aunque había visto a diario aquel rostro en sus dieciocho años de vida, Rose aún se sentía falta de aliento cada vez que se hallaba cara a cara frente a aquella belleza inhumana, alta y esbelta. En comparación ella con su mediana estatura y su cuerpo que aunque delgado estaba lleno de curvas obscenas, se sentía torpe y pesada. Incluso tan orgullosa como estaba de su corto cabello castaño y sus grandes ojos de chocolate, a veces envidiaba el dorado de Cecil en contraste con su mirada celeste.

-He presenciado algo increíble-declaró la joven dejándose caer sobre el sofá frente al hombre, este también de cuero negro pero sin olor a violetas.

Cecil la miró inexpresivo y aguardó a que hablara, después de todo para un vampiro con siglos a sus espaldas pocas cosas le parecían ya increíbles. Rose era una de las pocas que de vez en cuando aún lograba sorprenderlo. Todo un mérito sobretodo tratándose de una humana mortal. Pero todos sabían que Rose era diferente, demasiado diferente.

-He seguido a la Muerte-confesó Rose en un susurro quedo.

Aquello captó de inmediato la atención de Cecil que se apresuró a bajar las piernas al suelo e inclinarse hacia ella, sus ojos desorbitados por la curiosidad y el ceño dorado fruncido por la preocupación.

-He presenciado el paso de un alma al otro lado- continuó la muchacha en voz apenas audible antes de que pudiera reprocharle su inconsciencia.

-¿No te tenemos dicho que no juegues con la muerte?-protestó el inmortal frunciendo los labios con desaprobación- No es algo que los vivos deberían ver. La última vez tuviste pesadillas por una semana.

-La última vez tenía 12 años-espetó Rose cruzándose de brazos- Y además esta vez realmente merecía la pena...-hizo una pausa dramática en la que Cecil se acercó aún más hacia ella- El alma era feérica. ¡He estado presente en la muerte de un hada?

-¿Un hada?-los ojos del vampiro se abrieron de par en par- Nunca he visto un hada muerta, ya de por si vivas son tan difíciles de encontrar. ¿Y estaba en la ciudad, dices? Eso sí que es extraño. Los feericos son criaturas de la naturaleza.

-Vivía en un viejo apartamento del centro- Rose se abstuvo a propósito de entrar en detalles sobre el nombre o el estado de la calle- Me parece... creo que se dejó morir. Parecía cansada y marchita.

-¿Viste sus alas?-inquirió Cecil curioso.

-Se habían marchitado y caído como las hojas en otoño.

-Es una lástima, pero dicen que el polvo de ala de hada es en verdad milagroso. ¿Cogiste un poco?

Rose negó con la cabeza.

-No tuve tiempo.

-¿No tuviste tiempo? ¿Qué puede ser más interesante e importante que ...? -Cecil se detuvo a media frase, hizo una mueca de disgusto y sus ojos azules se empequeñecieron amenazantes.- Donde hay un rastro sobrenatural llegan Los Limpiadores a borrarlo. -se giró hacia Rose con preocupación y reproche- Eso fue muy temerario, pequeña rosa. Aunque conozcas nuestro mundo y veas lo que otros no ven, ni siquiera yo, no eres inmortal. Jugar con lo prohibido puede ser muy peligroso y no siempre estamos para protegerte.

-Pero pude huir. Aunque tuve que saltar de un quinto piso y se me rompieron huesos que no sabía ni que tenía...- se percató de que Cecil la contemplaba horrorizado- Quería darte las gracias por haberme dado a beber de tu sangre la última vez. Me ha salvado la vida. 

El inmortal bufó.

-Sabía que sería útil aunque los otros se opongan a ellos. Te gusta demasiado el peligro para tu propio bien.

-Pero... ¿Acaso no ha merecido la pena? ¡Piénsalo! ¡Un hada! ¡Una auténtica hada!

Cecil puso los ojos en blanco y suspiró pero una sonrisa divertida bailaba en sus labios. Después de todo él era el más permisivo de sus guardianes, su amigo y confidente.

-Está bien.- susurró tan bajo que Rose tuvo que acercarse aún más para oírlo- Pero será mejor que Marcus no se entere o se podría caer la casa abajo y nuestra amada libertad llegaría a su fin. Así que-le guiñó un ojo cómplice- éste será nuestro secreto.

-¿Qué estáis cuchicheando vosotros dos tan pegaditos?

La voz a sus espaldas los sobresaltó y ambos se giraron al unisono. Apoyado contra el marco de la puerta Marcus los observaba con sus implacables ojos oscuros, majestuoso en su traje negro hecho a medida. Alto y delgado, tenía un porte estricto pero endiabladamente elegante. El negro de sus ropas, sus ojos y su corto y  repeinado cabello contrastaba con la palidez de su piel y acentuaba la ferocidad de un rostro de rasgos afilados y perfectos siempre serios y tenaces, poco acostumbrados a sonreír.

-¿Qué estáis tramando?-repitió despacio pasando la vista de un otro con ojos entrecerrados por la sospecha.

-¡Nada!- respondieron Rose y Cecil a una. Se miraron el uno al otro culpables.

-Nada- Marcus frunció el ceño- Me cuesta creerlo cuando los dos os apresuráis a contestar tan pronta y enérgicamente. 

Con una última mirada se apartó de la puerta y siguió su camino.

Cecil y Rose compartieron una mirada cómplice y una sonrisa de alivio. Sabían que no le habían engañado pero por ahora habían sorteado el peligro.


Víctima de la Rosa

El Jardín de Rosas era tan hermoso y traicionero como su señora, después de todo él lo sabía mejor que nadie. Dulce como el vino, intoxicante y venenoso; no era más que un muchacho inocente e ignorante cuando había puesto por primera vez el pie en aquel jardín maldito y se había perdido para siempre en sus aromas sugerentes. La Reina del Jardín le había recibido mimosa como los suaves pétalos de sus rosas, pero al igual que en sus flores sus espinas eran afiladas y traicioneras. El beso dulce e intoxicante se había transformado en un mordisco y no fue hasta que sintió los fríos colmillos rasgar su piel como veneno que comprendió que estaba perdido. No había salida del Jardín de Rosas, todo lo atrapaba en su inmortal belleza.

La sangre tiñó la palidez de una piel blanca, joven y tersa; y las rosas bebieron sedientas y se vistieron de carmesí para festejar su llegada.

-Ahora habrás de jugar conmigo la eternidad- le había dicho la Niña de Blanco con una sonrisa inocente y ojos de invierno.

Sus labios vestidos con el rojo de la sangre.


miércoles, 31 de agosto de 2011

3- Ellos

"Están aquí"- el miedo trepó sinuoso por su espina dorsal.

Rose miró alrededor desesperada, buscando una salida. El puño frío cerrándose en torno a su garganta.

"Corre"-le susurró su conciencia al oído.

"CORRE"-coreó el terror a voz en grito.

Y Rose corrió.

Corrió con la desesperanza de quien sabe que algo peor que la muerte le pisa los talones. Los Limpiadores habían llegado para recoger los restos que Ella había dejado atrás, para ocultar los misterios de la existencia de los Otros. Y si Rose no salía de allí, ella también sería limpiada, eliminada como una mancha molesta en un mantel perfectamente blanco. Porque al contrario de la Muerte Ellos eran implacables y al igual que Ella carecían de conciencia. Después de todo ambos eran fieles devotos a sus oficios.

La muchacha recorrió rápidamente la estancia y echó a caminar deprisa por un pasillo oscuro. No miró atrás ni siquiera cuando escuchó los pasos que subían inexorables por las escaleras. Sin aliento, se coló en la primera puerta abierta que encontró a la derecha y la cerró con suavidad. Se detuvo un instante con la oreja pegada al marco, en silencio, para acompasar los latidos desbocados de su corazón y su respiración acelerada temiendo que pudieran delatarla. Y aguardó.

Poco después los sintió entrar en el apartamento. Lo supo cuando los fríos dedos de un terror irracional se cerraron opresivos en torno a su nuca. Contuvo la respiración y los oyó murmurar.

Como siempre rápidos, silenciosos y eficientes con su trabajo. Con suerte no se percatarían de su presencia-pensó Rose sin atreverse a mover un solo músculo, ni siquiera para alejarse de la puerta y buscar una salida.

Pero entonces sonido cesó y el silencio llenó la estancia inexorable.

Un solo ruido. Alguien olfateando el aire como un animal. Y de pronto una exclamación que sonó más como una maldición. Un siseó furioso:

-¡No estamos solos! Huele a vida.

La alarma en su cabeza se disparó en todas direcciones. De un salto se alejó de la puerta ya olvidando toda cautela y buscó desesperada una vía de escape. Su corazón casi se detuvo cuando se encontró una decena de ojos de cristal contemplándola impasibles. Le costó una milésima de segundo descubrir que no se trataba más que de una colección de viejas muñecas de porcelana mirándola desde una estantería. Se encontraba en un pequeño dormitorio con olor a viejo y mal amueblado con colores dispares. Pero las muñecas eran exquisitas. No es que tuviera tiempo para admirarlas, lo que captó su atención fue la ventana junto a ellas.

Atravesó la habitación a la carrera y la abrió de par en par. Una ráfaga de aire sofocante y ardiente le dio la bienvenida. De algún modo antinatural en contraste con el sudor frío que había empezado a bañar sus mejillas. Se asomó al exterior y... contuvo una exclamación

A cinco pisos de altura la calle parecía burlarse de ella.

"Es un suicidio"-se dijo, pero el repiqueteo de unos pasos lentos acercándose por el corredor la hicieron estremecerse-" Mejor morir en mis manos que en las de Ellos"

Los pasos se detuvieron frente a su puerta.

"Estás loca, Rose"

El click metálico de la puerta al abrirse hizo que se decidiera. Sin pensar contuvo el aliento y saltó.

Saltó.

Saltó al vacío.

Saltó a la muerte.

"Puede que este sea el día después de todo"-recordaría haber pensado.

Lo único que recordaría de aquella caída mientras el edificio ascendía, el viento caliente azotaba sus mejillas, el suelo se acercaba y ella caía. Descendía a velocidad vertiginosa y la sensación de vacío crecía en su estómago.

Y entonces llegó el pavimento.

Cayó de pies y rodó al instante por el suelo con el desagradable crujido de sus huesos rotos y un estallido de dolor tan insoportable que ni siquiera fue capaz de encontrar el aliento para gritar. Sus ojos se arrasaron en lágrimas, pero comprendió una cosa. Si dolía es que no estaba muerta. Aún.

Al dolor y los huesos pulverizados le siguió una vieja sensación burbujeante que recorrió todo su cuerpo. Comenzando desde los pies hasta la misma cabeza. Como cada vez que la había experimentado en su corta vida, la regeneración le resultó desagradable, como un ejército de hormigas trepando por sus sentidos. Pero era muy útil. Y más importante aún: le acababa de salvar la vida. Tendría que darle las gracias a Cecil por haberle permitido beber su sangre.

Rodó sobre si misma, se puso en pie y echó a correr haciendo caso omiso al cosquilleo y el desagradable quejido de sus huesos rotos volviendo a soldarse. Solo miró una vez atrás, cuando alcanzó el final del callejón y una avenida más soleada y concurrida le dio la bienvenida.

Alzó la vista y sus ojos se encontraron con unos ojos inhumanos carentes de expresividad. El rostro pálido la miró con solemnidad y Rose tembló.

Dio media vuelta y se fundió entre la gente que paseaba y charlaba alegremente en un atardecer caluroso de verano. Era el mundo de los vivos y la ignorancia y se sintió al fin al salvo.

Con un suspiro de alivio echó a caminar hacia casa.


La Niña de Blanco

Siempre la recordaría caminando descalza por El Jardín de Rosas acompañada tan solo por el fru-fru de su vestido blanco. Aquella niña que jugaba a esconderse entre las espinas. Aquella niña de mirada adulta y sonrisa cruel. Aquella niña que como su jardín nunca envejecía.



Jardín de Rosas

Regresó a pasear por el jardín temiendo que las rosas se hubieran marchitado en su ausencia, que el rocío de las lágrimas de sangre hubiera coagulado sobre heridas aún abiertas. Pero lo encontró todo como lo recordaba, como lo había dejado dos siglos atrás.

"El tiempo se ha detenido"-comprendió-"Pero yo ya no soy el que era"


domingo, 28 de agosto de 2011

2- Los dados

La Sombra se filtró en la semipenunbra de un callejón trasero y se desvaneció. Rose se apresuró tras ella. Se detuvo en seco, durante un instante aterrorizada. ¿La había perdido? ¿Habría presentido que la seguía y desaparecido?

No, aquello era imposible-meditó- Ella no era así. A Ella nunca le importaba lo que ocurriera en el mundo de los vivos. La Muerte tan solo existía para su trabajo. Entonces... ¿Dónde había ido? ¿Se había fundido con la penumbra?

Alzó la vista y contempló en silencio el callejón. Era una de esas callejas oscuras de mala muerte que tanto abundaban en los bajos fondos de la ciudad. La única farola que aún seguía en pie parecía haber dejado de funcionar hace tiempo y nadie se había molestado en arreglarla. La fachada gris de los altos edificios a ambos lados estaba desconchada y las escasas ventanas que no estaban rotas o tapiadas estaban cerradas a cal y canto y miraban ciegas al exterior. Rose sintió un leve escalofrío, pero lo ahuyentó al instante. Debía darse prisa o la perdería y presentía que iba a perderse algo importante.

Cerró los ojos un instante y respiró hondo para relajarse. Después dejó que la guiara su instinto, ese sexto sentido que siempre se filtraba en sus sentidos. Y sin abrir los ojos echó a caminar.

Un paso. Dos pasos. Tres pasos...

Había algo realmente inquietante en andar a tientas, experimentar por primera vez un mundo sin luz ni colores.  Aun si se estaba dejando guiar por sus otros sentidos la incertidumbre la acechaba y la inseguridad rumiaba su consciencia. Estar ciega, aunque solo fuera por un instante, era aterrador.

Por suerte, no tuvo mucho tiempo para rumiar la idea. La sombra inminente de un edificio agazaparse sobre ella trajo de vuelta sus sentidos al plano de los mortales. Abrió los ojos y echó un rápido vistazo alrededor. Estaba en el interior de lo que parecía un viejo edificio de apartamentos parcialmente abandonado. El recibidor estaba polvoriento, la pintura de las paredes había sido arrancada a tiras y cubierta por un arte poco cuestionable hecho con spray y la tarima del suelo parecía haber visto mejores tiempos muchos años atrás.

Cada vello de su cuerpo se erizó. Sí, sentía miedo, miedo de aquel lugar abandonado, de los vivos que merodeaban en el mundo de las sombras; pero no eran los vivos quienes hacían erizar el vello de su cuerpo.  Alzó los ojos hacia las destartaladas escaleras y suspiró. Ella estaba allí.

Comenzó a subir despacio al principio, con cuidado de que el suelo no rechinara bajo sus pies. ¿Pero a quién temía alertar? ¿A los vivos o a los muertos? Estaba segura que a Ella no le importaba que estuviera o dejara de estar allí, aún si Rose era una alteración del equilibrio natural de las cosas. No, a Ella no le importa. Pero a otros sí.

Se llevó la mano al pecho para acallar los fuertes latidos de su corazón y siguió subiendo esta vez más deprisa. Sabía que estaba haciendo algo peligroso, sabía que sus sentidos la gritaban que diera media vuelta y se alejara, sabía que aquel no era lugar para los vivos y sin embargo, no podía dejar de avanzar, como si una fuerza invisible la guiara.

"La curiosidad te acabará matando"-le había dicho alguien una vez. Solo esperaba que aquel no fuera el día.

Se detuvo en el rellano del quinto piso. Una tenue luz se filtraba a través de una puerta abierta.Y Rose hizo aquello que nunca se debe hacer: seguir a la luz.

Dio un paso, luego otro y se detuvo en el rellano de la puerta. Observó.

En medio de un pequeño salón con olor a viejo y cerrado una niña pequeña jugaba a los dados sobre una alfombra raída y descolorida. Era bajita y delgada, con una figura tan frágil y delicada que parecía a punto de romperse si la tocabas. Como una muñeca de cristal. La luz de luna que se filtraba por entre las rendijas de una persiana mal cerrada jugaba con su piel pálida, despertando sombras oscuras bajo sus ojos. Unos ojos inmensos y negros, antinaturales en un rostro enjuto e infantil, pero que de algún modo le daban una belleza salvaje impropia de una niña.

La pequeña lanzó el último dado sobre la alfombra y Rose lo observó rodar en silencio, sobrecogida. Giró y giró sobre si mismo hasta detenerse con un suave bamboleo junto a sus pies. La muchacha contuvo dar un grito sobresaltada.

-Ese es el dado del destino- dijo de pronto la niña con voz melosa e infantil- Ha dejado de girar para mí.

Rose levantó la vista despacio y se encontró con aquellos inmensos ojos oscuros clavados en ella. Un escalofrío recorrió su espina dorsal pero se contuvo de retroceder. Sería de mala educación-pensó. Era prudente temer a lo desconocido, pero dejarse llevar por el miedo se consideraba una fobia que rozaba en el racismo. Aunque Rose no sabía si aquel sería el término correcto a utilizar.

La niña sonrió, una sonrisa infinitamente sabia y cargada de nostalgia.

-¿Puedes verme?-preguntó con inocencia- ¿Has venido a contemplar mi partida? ¿o deseas acompañarme a los parajes de lo desconocido?

-Solo soy una espectadora-balbuceó Rose nerviosa.

La niña asintió despacio.

-Una invitada, pues.-sus ojos se abrieron de par en par como si acabara de recordar algo y su sonrisa se ensanchó, blanca y plácida-Es la primera vez que tengo una invitada en muchos años. Pero tendrás que perdonar mi poca hospitalidad, en estos momentos no estoy en condiciones de ofrecerte nada. De todos modos gracias por venir, no creía que nadie viniera a despedirme. Oh, pero no llores por mí, no soporto las lágrimas, a decir verdad tampoco los adioses. Vosotros siempre consideráis la Hora como un final. Yo que he caminado tanto sobre este planeta que ya he olvidado como contar los años solo lo veo como un nuevo comienzo.

Se puso lentamente en pie, con cansancio infinito y se giró hacia la ventana. Rose siguió instintivamente su movimiento y contuvo una leve exclamación. Allí, recortada contra la luz de la luna, estaba la Sombra, Aquella que no era ni hombre ni mujer, observando sin ojos y en silencio opresivo a la pequeña que caminaba hacia ella.

-¿Deberíamos irnos?- preguntó la pequeña extendiendo su diminuta mano hacia Ella.

La Sombra no respondió, tan solo aceptó aquella pálida manita entre sus guantes de penumbra y poco a poco, la oscuridad de la habitación comenzó a filtrarse, a colarse por cada resquicio y a envolverlas suavemente como un manto. La niña volvió a sonreír mientras la sombras la consumían en silencio.

-Hasta la  vista-dijo- Volveremos a vernos-sus ojos bajaron hacia el dado que había caído junto a los pies de Rose y sus ojos se entrecerraron-O tal vez no.

Despacio, Rose bajó la mirada y contempló en silencio el dado, detenido junto a su zapatilla roja. Una cara blanca, sin puntos, completamente limpia en un dado en blanco.

-¿Qué significa eso?- preguntó la joven confusa alzando la vista, pero solo le respondió el silencio. La niña, La Muerte y el manto de sombras se habían desvanecido. Estaba sola.

Se volvió hacia el sofá. Sobre un pequeño lecho de hojarasca descansaba un cuerpo menudo y delgado de piel arrugada y macilenta. En un rostro enjuto surcado por las marcas de la edad dos inmensos ojos oscuros miraban vidriosos el infinito.

Rose sintió como la congoja se apoderaba de ella y se abrazó  con fuerza para contener un escalofrío.

-Así que es igual para ellos-murmuró- Eso es lo que queda cuando se va el alma.

Se agachó y recogió el dado del suelo. Lo hizo girar sobre su palma y entonces un terror frío e irracional se apoderó de ella. Una sensación gélida y opresiva como un puño de hielo le obstruía la garganta. Se puso en pie de un salto y recorrió toda estancia con la mirada como un animal enjaulado. Conocía bien aquel miedo, demasiado bien.

Ellos iban hacia allí y ella tenía que escapar antes de que se percataran de su presencia. O su nombre sería la próxima entrada en la agenda de la Muerte.


martes, 23 de agosto de 2011

A quien le importa

A quien le importa que pida perdón
si ya no hay nadie para escucharlo,
A quien le importa que entierre el corazón
si ya no hay nadie para reclamarlo

A quien le importa que entregue mi amor
si ya no hay nadie para recibirlo,
A quien le importa que rompa mi voz
si no escucha nadie más que el olvido

A quien le importa que diga que fuiste tú
si tú no estás para confirmarlo.

¿Acaso es un pecado amar?
Aunque no importa ya,
a ti que todo te entregué
y te convertiste en aire

A quién le importa,
a quién le importa,
que ría o llore,
que viva o muera,
que llame
si no habrá respuesta

A quien le importa que sueñe con tus caricias
cuando tus manos son hechas de sueños,
a quien le importa que bese tus labios
si de memorias son hechos tus besos

¿Acaso es un pecado amar?


A quién le importa,
a quién le importa,
que odie o ame,
que sane o hiera,
que llame
si no habrá respuesta.


jueves, 11 de agosto de 2011

1-La Sombra

Era una calurosa tarde de verano, pesada y tranquila, y Rose arrastraba sus viejas zapatilla de tela roja calle abajo con desgana. Embutida en unos shorts vaqueros algo deshilachados y una sencilla camiseta de algodón blanco sin mangas que realzaban su figura esbelta y voluptuosa, ni siquiera la escasez de ropa ni su corta melena castaña conseguían paliar aquella falsa sensación de calor pegajoso y el malestar de un tenebroso presentimiento. Rose pensó que aquel era uno de aquellos días donde el tiempo parecía detenerse aun cuando la vida seguía, una tarde que se fugaba como un espejismo en el desierto.

Y entonces la sombra pasó a su lado.

Antes de verla la presintió, alarmada por cada vello de su cuerpo que se erizaba. Después despacio giró la cabeza. Y la vio. 

Su silueta era humana, pero no podría decirse que fuera hombre o mujer pues su rostro carecía de facciones. Vestía de negro, con una tela tan vaporosa como las tinieblas que juegan con la luz de las farolas en las noches sin luna. Caminaba despacio, con la parsimonia de quien llega siempre puntual a cada cita, con un horario que siempre aguarda su llegada.

Como si hubiera captado su mirada, la Sombra se giró y sus ojos se encontraron y al instante se reconocieron mutuamente. Tan solo fue un momento. Y unas cuencas oscuras cargadas de tinieblas la engulleron. Después la Sombra continuó su camino inexpresiva como si nada hubiera sucedido.

Rose se detuvo en medio de la calle y dudó. Temblorosa a pesar del calor bochornoso. Todos sus instintos le gritaban que corriera en dirección contraria, que se alejara de la Sombra cuanto antes; pero había algo fascinante en ella, el misterio de contemplar lo inexplicable. 

Sus pies tomaron la iniciativa haciendo caso omiso a los reproches de su conciencia, dieron media vuelta y echaron a andar despacio, como perseguidores que deseaban no tener presencia. Su respiración se aceleró mientras acompasaba su paso al de la sombría figura.

Era macabramente excitante seguir a la Muerte.


Preludio

Las cuatro figuras vestidas de sombra se inclinaron sobre la diminuta silueta que yacía silenciosa sobre el suelo.

-¿Es ella?

-Es ella

-¿Es ella la que traerá el final a los nuestros?

-No es más que una niña.

-Una niña humana. Cualquier humano es niño a nuestros ojos...

-...pero ésta es apenas un cachorro.

-Acaba de abrir los ojos al mundo...

-... y el mundo ya ha tomado su futuro.

-¿Qué haremos? 

-Es un peligro para todos nosotros.

-Pero el destino ha querido dejarla a nuestras puertas.

-Entonces el destino es cruel.

-No, tan solo es el destino.

-Ella es nuestro destino. 

-Una humana...

-Y ahora está en nuestras manos.

-El destino está en nuestras manos...

-¿Qué haremos?

-Contemplarlo

-Vivirlo

-Como siempre

-Como todo-corearon las cuatro voces a la vez.

Como todo...


miércoles, 10 de agosto de 2011

Culpa

Aguardó hasta que la noche cayó sobre ellos y los envolvió con su suave manto de oscuro terciopelo. Solo entonces se volvió lentamente hacia la figura inmóvil que reposaba a su lado y con ojos velados de remordimientos la contempló. 

Su piel pálida y desnuda, impoluta como las primeras nieves de invierno, tan solo quebrada por dos diminutas perlas de sangre roja que adornaban su cuello con desgana.

Sus ojos hermosos, carentes de expresión, vacíos, perdidos en algún lugar de un infinito vidrioso que él nunca podría alcanzar.

Se inclinó despacio consciente del silencio antinatural de un pecho en cuyo centro no latía corazón y posó un beso amargo sobre sus labios, fríos y azules como los atardeceres de enero. Suspiró, deseando que su suspiro rompiera el maleficio de sus propios pecados e insuflara vida a aquel cuerpecillo desgastado. ¡Qué ironía! Pensar que la muerte pudiera traer la vida.

Con cuidado, vistiendo el silencio como una mortaja, tomó el último retazo huidizo de ilusión y lo apagó en el cenicero de la realidad. Con un último vistazo al reflejo de su naturaleza se puso en pie y contempló por última vez su obra, aquel cuerpo que había quedado sepultado en vida por sus instintos más primarios. Y una vez más se preguntó porqué todos se desvanecían de su lado y tan solo quedaba él para caminar por aquel mundo cada vez más incierto.

Por fin, dio un paso cansado y se cubrió los hombros con el manto de la culpa, más gélido, oscuro y pesado que la misma noche; y echó a andar cabizbajo, arrastrando los pies por la tierra de los recuerdos y sin dejar huella de su partida.

El caminante solitario continuaba su infinito viaje... hacia un mañana incierto.


domingo, 7 de agosto de 2011

Como un sueño te desvaneciste y ahora recojo los retazos de tristes recuerdos que dejaste atrás.

martes, 2 de agosto de 2011